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jueves, 2 de junio de 2011
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Despierta... (un relato de 850 palabras)Publicado por Federico 0 comentarios |
domingo, 22 de mayo de 2011
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"Dejando huella" (Un relato de 1.270 palabras)Publicado por Federico |
a las
domingo, mayo 22, 2011
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Etiquetas: Federico Manuel, humor, relato
martes, 17 de mayo de 2011
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Tomar las armasPublicado por Danilo Gatti |
viernes, 25 de marzo de 2011
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Tomar las armasPublicado por Danilo Gatti |
Un hombre se inclina a recoger su lápiz,
Se ha caído.
Se inclina con cuidado, pues el cuerpo (como todo lo demás) ya no es el de antes.
Este hombre se inclina, y al hacerlo, pensamientos lo abordan, imágenes se le cruzan
Delante.
Como electricidad.
De repente, parece ganar vértigo y perder equilibrio.
Le cuesta cada vez más llegar, la vista se le nubla, la mente se puebla.
El hombre sigue allí.
Así.
Inclinado,
Con la mitad de su cuerpo hacia abajo, estirando su mano,
A punto de tomar el lápiz,
Pero no.
Transpira.
El hombre ahora teme, que todos a su alrededor noten lo que le sucede.
Súbitas palpitaciones lo asustan.
El hombre siente que el tiempo se detiene.
Todas las miradas, adivina, sobre él.
Sufre.
Trata de concentrarse, de apurarse. De centrarse en ese lápiz.
Es en vano.
Inventa excusas para el momento de incorporarse. Imagina que cara pondrá, como fingir que nada pasa, que nada paso por su cabeza.
Cuando, en realidad, todo ha pasado.
El aire del lugar ya es irrespirable, la tensión parece apoderarse de todo.
Cree, el hombre, que todo a su alrededor ya es niebla, bruma...
Al menos eso quisiera.
Imagina las risas solapadas, como sobradoras. De costado, pequeñas, con la boca entre cerrada.
Imagina las cargadas, las preguntas inquisidoras.
Ya lo sabe,
Ya lo saben.
El hombre tiene pánico.
¿Notaran, entonces, lo que paso?
Aun peor ¿Sabrán, al fin, lo que verdaderamente piensa? Lo que oculta. Aquello que esconde bien atrás de su mente, de sus ojos.
¿Adivinaran en su rictus el alarido contenido que grito? ¿Verán en sus gestos la cara de espanto que percibió?
¿Y qué hay de las voces?
¿Y qué hay de sus silencios?
¿Descubrirán el peso de sus silencios?
Se dice a sí mismo “eso no debe suceder”,
No puede permitirlo.
El hombre, lento, como una clavija, como un engranaje sin aceitar, se incorpora. Se toma con una mano la base de la espalda pretendiendo dolor.
Una vez incorporado los mira, uno a uno. A todos, a toda la ronda alrededor de la mesa.
Detrás de sus lentes empañados todos parecieran haberlo notado.
(A decir verdad, detrás de esos lentes empañados el mundo entero parece distinto)
En silencio,
Planea su huida.
Un hombre se inclino. Un hombre ha caído.
Para siempre.
Para no volver a ser el mismo.
Danilo Gatti
http://www.unfrioyrotoaleluya.blogspot.com
miércoles, 1 de diciembre de 2010
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Una luminosa clase a oscurasPublicado por Ange Caro Poeta |
Como todos los días de semana Nibaldo sale de casa a las 7 am para llegar a Santiago centro, desde su comuna Padre Hurtado, cruzando como casi siempre media ciudad para alcanzar sus clases por un mes, a menos de una cuadra de la estación de metro Plaza de armas, en la calle del frente, osea Paseo Puente.
La gente que trabajan en oficinas, negocios cercanos y comerciantes ambulantes allí se preguntan que pasa en el edificio Plaza Real, que por qué frecuentan desde hace un par de semanas tantos cieguitos y cieguitas por ahí...
Es algo difícil describir que se siente mirar un lote de 30 novidentes aproximadamente, muy alegres andando medios desparramados y tanteando con sus ruidosos bastones como si nada por el hol del edificio en cuestión y no asustarse un poco al ver que estan como a punto de venirte encima en masa o que van a entrar a tu sala por equivocación.....
Los y las había de todas las edades; portes y contexturas físicas; voces y personalidades; de distintas comunas y estratos socio-culturales; diferentes enfermedades o causales de su ceguera completa o parcial; unos más independientes y seguros, otros más dependientes e inseguros. En general bastante bulliciosos y buenos para la conversa y unos cuantos algo más silenciosos e introvertidos como Nibaldo...
Como se darán cuenta no todos los invidentes son iguales, tienen diferentes historias de vida. Y por lo tanto, variadas maneras de actuar y reaccionar, no son subseres sin identidad ni carácter repetidos como muchos creen...
Eso si, casi todos desarrollan alguna gracia, talento o virtud en particular y bien marcada, es decir por ejemplo: invidentes músicos; artistas; negociantes; parlanchínes; increíble memoria; geniales Hackers (si, aunque parezca no cierto, también los hay ciegos); con ángel o carisma destacado; etc. Es raro conocer un novidente fome o sin ninguna característica en especial..
El joven ciego de nuestro relato es parte también del grupo ya descrito y poco le importa que lo observen a veces con espanto o molestia cuando esta a punto de estrellarte...
Se sentía contento de ser parte de ese curso de Informática avanzada para invidentes seleccionados. Y aunque era un buen resto más tímido que sus pares, ya se había hecho un par de amigos.
La profe también era novidente, pero de esas super ciegas como le llaman ellos mismos, osea de esas que andan sin bastón o guía por la sala y el piso seis sin casi chocar, con una audición biónica que escuchaba por completo hasta los murmullos y una excelente orientación, a diferencia de la mayoría que no se orientaban tan bien por el espacio físico. Quizás por la coincidencia que la mitad del curso llevaba tan sólo un par de años de discapacidad visual.
La ayudante vidente de Marianela (asi le llaman entre ellos a la persona que puede ver...) que impartía las clases con los computadores y Note Books parlantes se llamaba Millarayy desde un primer instante le llamo la atención aquel muchacho alto de ojos azulados, de mirada perfecta... Que no parecía ciego, osea como si pudiera mirar todavía...
Durante el transcurso de las clases era escaso los momentos de poder hablar mucho ó conocerse en profundidad, ya que la intensidad del curso era bastante denso, pero aun asi, Millaray y Nibaldo parecían charlar sin siquiera pronunciar palabras...
Era como si la telepatía fluyera natural entre ellos dos y nadie más.
Tampoco nadie podría imaginar en que terminaría aquella istoria entrelazada de esos enamorados a primera
vista y primer oído.
Autor: Poemi Carolina
jueves, 4 de noviembre de 2010
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Paisaje después de la Victoria (2ª parte)Publicado por José Antonio del Pozo 0 comentarios |
martes, 2 de noviembre de 2010
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Paisaje después de la Victoria (Relato)Publicado por José Antonio del Pozo |
jueves, 18 de marzo de 2010
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Los fallos de Dios.Publicado por mariant iberi 3 comentarios |
Hablaba de un hombre desarraigado, seguro que perteneciente a una familia desestructurada que habría crecido en alguna zona marginal y que posiblemente se creyese víctima de alguna injusticia, de ahí el dibujar una balanza con sangre en el lugar del crimen.
Su mente enferma habría personificado en sus pobres víctimas inocentes a los culpables de ese suceso.
Juan no pudo menos que reír ante los comentarios. Nada más lejos de la realidad. Pertenecía a una familia de lo más tradicional. Sus padres con los que vivía llevaban casados más de cuarenta y ocho años y tenían dos hijas además de él. Se llevaban muy bien y siempre habían vivido en un buen barrio de la ciudad. Jamás fue víctima de ninguna injusticia, testigo sí, de muchas. De eso se trataba.
Comenzó hace dos años. Estaba en el supermercado del barrio haciéndole la compra a su madre. El casero de la esquina se justificaba ante sus vecinos del piso inferior de la noticia de la muerte en un incendio de un inmueble cercano abandonado, de la emigrante peruana y sus dos pequeños a los que había desahuciado en plena ola de frío del mes de enero.
Había leído la noticia en el periódico. La pobre mujer se refugió en los bajos de lo que había sido un viejo almacén de pintura. A causa del frío debió intentar hacer fuego, se propagó y los gases de los restos de pintura los mató aún cuando las llamas no llegarón a ellos.
El casero explicaba a la pareja de viejos que la emigrante debió acudir a los servicios sociales.
Juan pensó con rabia que era viernes por la tarde, en este país no se mueve nada en fin de semana.
Él había hecho lo que tenía que hacer y el viejo matrimonio le daba la razón diciendo que no debía sentirse mal. Solo ella era la culpable.
Supuso que lo mismo debieron decir cuando quince años antes su única hija de dieciocho años recién cumplidos se cortó las venas.
Rosi, con su cara dulce y su risa cristalina. Esa tarde llorando le explicó la conversación con sus padres cuando les contó que estaba embarazada y no quiso revelar la identidad del padre. Le dijeron que si el otro no podía responder ellos no iban a hacerse cargo de ella y el niño. Tendría que marcharse.
Intentó averiguar quien la había dejado en ese estado pero ella, hermética guardó silencio. Lloraba desesperada preguntándose que sería de ella y de su hijo.
Pasó la noche en vela pensando en el asunto. Al levantarse había tomado una decisión. Al volver de la oficina le propondría matrimonio. Él se haría cargo de ella y de su hijo. Resultaría raro y quizá pensarían que era suyo, que el solterón de treinta y cinco del tercero había dejado embarazada a la niña de los del segundo. Le daba igual, las habladurías pasarían y Rosi y su hijo tendrían un hogar.
Aún conservaba nítida en su memoria la imagen del cuerpo de Rosi metido en esa bolsa negra camino del depósito cuando bajaba las escaleras esa mañana.
Los pésames, las palabras de consuelo a los atribulados padres . Durante esos quince años la gente del barrio aún les compadecía por la desgracia de perder a su única hija. Ni un solo domingo faltarón a la misa. Nadie supo la causa que empujó a la muchacha al suicidio, los padres nunca lo contaron, pero él sí lo sabía.
Él y Dios que impasible permitía que esos rufianes tomasen el cuerpo de Cristo tras confesar cualquier cosa menos el terrible pecado de su culpabilidad.
Cuando contempló a varios vecinos más consolando al casero eximiéndole de la culpa se dió cuenta.
Había culpables de crímenes que no figuraban en el código penal de los hombres y que Dios cometía el fallo de no castigarlos. Ninguno se sentía culpable por lo que habían hecho. Gozaban de la consideración y el respeto de sus conciudadanos ignorantes de sus actos.
Fue ahí cuando se le ocurrió. Él enmendaría los fallos, él llevaría a cabo la justicia que a Dios se le escapaba.
El matrimonio fueron los primeros. Aún podía ver su cara de estupor cuando les recordó a la dulce Rosi antes de matarlos. Siempre les contaba a sus víctimas minutos antes de morir la razón de su castigo. Era el momento que más disfrutaba.
Por supuesto fue interrrogado como el resto de los vecinos del inmueble y de la calle. La balanza dibujada al lado de los cadáveres puso en guardia a la policía que ya temía que podía ser el primero de más crímenes.
El casero fue el quinto. Había que ser cauteloso. Había muchos casos, en la oficina a lo largo de los años había oído varios. Otros desayunando en el bar de siempre. Con los amigos, en las partidas de mús de los jueves.
Cuando mató al casero ni siquiera le interrogaron. Quien iba a sospechar del anodino solterón que vivía con los padres. Era un tipo simpático, afable y querido en el barrio.
Solo se mencionó en las noticias que el asesino de la balanza había atacado dos veces en el mismo barrio.
Siempre fue cuidadoso, meticuloso y limpio. No buscaba notoriedad, él solo buscaba justicia, eso evitaba que se volviese descuidado.
La policía no encontraba conexión entre las muertes ¿ Como iban a hallarla?.
Lo de la enfermera solo lo sabía la vieja monja sor Josefina, amiga de la familia, que por lástima a la juventud de ella encubrió su negligencia. Solo con él se lamentaba de la decisión que tomó aquel día cuando arrancó la hoja del libro de incidencias donde la estúpida sin darse cuenta había ido pormenorizando los errores que condujeron a la pérdida del paciente. La pobre mujer pensó que contándoselo y entregándole la hoja aprendería la lección. Seis meses después volvía a cometer otro fallo y esta vez fueron otros los que la encubrieron. Sor Josefina nunca vio en ella culpa o remordimiento.
En él tampoco hubo ninguno cuando le contó porque iba a morir.
Le fastidiaba las noticias sobre él en la televisión. El asesino de la balanza lleva doce asesinatos en dos años. Las pobres víctimas inocentes.
Siempre la misma frase. Hubiese querido que todos supiesen la verdad, que dejasen de llamarle monstruo despiadado. Él había hecho justicia, él corregía lo que a Dios se le escapaba. Verse vituperado e incomprendido era el precio. Su obra era silenciosa.
Doce víctimas, pero habría más, muchas más. Había ido elaborando una gran lista, se tomaría su tiempo, su caso estaba levantando una gran alarma social.
El asesino no sigue un patrón, puede atacar a cualquiera.
No, los inocentes estaban a salvo, él solo mataba culpables insidiosos que por acción u omisión habían provocado la muerte de otro. Él perfeccionaba la obra de Dios.
Ahora, tendido en las escaleras del palacio de justicia trataba de entender el porque del proceder de Dios.
Salió a dar un paseo esa tarde, no vio el camión que perdió la dirección llevándoselo por delante.
¿ Porque el Supremo actuaba así? No había intervenido ante esos miserables pero actuaba para frenar su obra.
No admitía injerencias..
Sentía como la vida iba abandonando su cuerpo. El asesino de la balanza dejaría de matar de repente.
Un misterio para los programas de televisión de años venideros.
En su último instante de vida fijó sus ojos en los rayos de un sol en el ocaso que se reflejaron sobre la balanza que sostenía la figura ciega suspendida sobre su cabeza.
Mariant Iberi
a las
jueves, marzo 18, 2010
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Etiquetas: Mariant Iberi, relato
martes, 23 de febrero de 2010
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Una cuestión de perspectiva (un cuento de 1.295 palabras)Publicado por Federico 0 comentarios |
Miro mi reloj de pulsera, aun sabiendo que yo llegaré antes de que se ponga el sol… Un sol que siempre luce tan especial en este mes de octubre. Diréis que es una tontería, pero desde estas altitudes los rayos parecen acariciar la tierra. Es una impresión casi mística… ¡Lástima que el viaje sea tan corto! Lástima que no estés tú.
Siempre hemos compartido los grandes acontecimientos de la vida, como aquel crepúsculo en las montañas sagradas del Tíbet, cuando en un momento mágico el sol se escondía y la tierra parecía llorar; o cuando comíamos un helado después de hacer el amor. “Un poquito de frío para tanto calor”, decías, ignorando que con cada caricia te daba el alma.
Te limitabas a contar los billetes, porque tú eras mi puta. Mi puta favorita, y no podía haber nada entre nosotros, nada que no fuera sexo y dinero… ¿verdad? Pero fingías, lo sé.
—Nada de besos en la cara… Es más “limpio”.
Y yo acepté con naturalidad.
—Dejemos los besos para los enamorados.
Pero notaba en tus labios un ardor que disipabas sobre mi piel, imprimiendo en ella un rastro de ternura cuando la saliva se secaba. Dejabas huellas de amor, pistas reconocibles en el recuerdo… como miguitas de pan que siempre me llevaban a ti.
Otras putas fingen placer para agradar al cliente que las monta, para acabar pronto con la gimnasia pélvica que tanto cansa cuando no hay pasión. Tú fingías esconder un amor, que realmente no sentías… ¡Qué gran profesional!, conseguiste “correrme” espiritualmente, que te eyaculara mi amor a la cara cuando el preservativo cumplía con su propósito.
Y poco a poco permitías el cortejo. Aceptabas acompañarme en viajes de negocios. Viajes que inventaba para ti, para mostrarte que existía más vida que la que conocías y hombres distintos de los que te compraban.
—Tú eres diferente —me susurrabas. Unos dedos acompañaban su voz por mi cara.
Mientras, yo caía por las espirales doradas que bordean tus pupilas, presintiendo los grandes misterios de la existencia en tu mirada.
—…
—No debes enamorarte de mí, algún día esto se acabará —me advirtió.
Y yo no la creí, no me permití ver la honestidad tras una sonrisa herida.
—Comprendo, hay alguien más…
—No es lo que tú crees.
—No eres libre, ¿verdad?
Todo el mundo conoce historias de ese tipo: mujeres que son llevadas al viejo continente, engañadas con promesas de trabajo fácil y grandes ingresos. Sueñan con lo que todos desean. Y les sobran razones para trabajar en una sociedad envejecida, porque en sus venas palpita con fuerza una sangre valiente… que claudica ante la lascivia que provocan y las amenazas a los familiares que dejaron atrás.
—¿Cuánto necesitas para recuperar tu libertad?
—Mucho, siempre es mucho lo que ellos quieren; y tú no tienes tanto.
—Puedo vender mi casa: ¿te molestaría vivir en un pisito alquilado conmigo? …Creo que nadie sale perdiendo.
—¿Tanto me amas? ¿Incluso sabiendo que me llamarán puta cuando menos te lo esperes; y sientas, cuando me conozcas mejor, que no valgo tanto? No soy tan difícil de olvidar.
No respondí, las palabras no eran necesarias… Como en estos momentos, en los que sólo puedo pensar lo mucho que te amo todavía. Y no dejo de mirar hacia arriba, esperando verte llegar como un ángel arrepentido, envuelta en la luz de los que descienden de los cielos con una mano conciliadora. “Todavía no es tarde”, pienso, “sólo recordaría tu mano, y tu cabello alborotado por el viento”.
Mal vendí la casa que había pertenecido a mis padres, la situación era urgente y no me detuve en detalles mercantiles. Los agentes inmobiliarios sonreían satisfechos: mi firma cerraba un contrato de compra-venta. “El más rápido de los últimos quince años”, aseguraba uno sin saber dónde ocultar la impaciencia de sus manos. “Sí, además, puedo asegurar que a pesar del apremio de la venta, lo hemos vendido en unas condiciones óptimas. ¡Enhorabuena!”, explicaba el otro.
Hacía oídos sordos a una palabrería puramente formal, porque lo único que importaban eran los 180.000 euros que habían transferido a una cuenta bancaria de la que no era titular. “Tendría que bastar”, pensaba mientras me dirigía al aeródromo de Aluche. Son unas instalaciones más modestas en las que los aeroplanos pequeños no entorpecen a los aviones del aeropuerto de Barajas.
Una avioneta esperaba mi llegada con el motor encendido. En la cabina un piloto fumaba un cigarrillo. Afuera, un señor vestido de traje blanco levantaba una mano a modo de visera.
—Eres puntual… —dijo con acento sudamericano.
En sus labios, este comentario, más que un halago, parecía un insulto.
—Ella, ¿está dentro?
—Sí, henchida de amor… Sube.
¿Por qué ignoré el cinismo y desprecio con el que me trataba? “Es mala gente, mi amor, habla lo justo y nunca repliques”, recordaba mientras subía al aparato. Desde la puerta la vi, allí estaba, sentadita con las rodillas juntas, ennobleciendo a esos bellacos con su presencia. El golpe del portón anunció que despegaríamos en unos momentos.
—Póngase cómodo, señor.
En el interior sólo había cuatro plazas, aparte de la del piloto. El único sitio que quedaba libre era el que estaba junto a la puerta. Me senté con reservas, como temiendo que en pleno vuelo se pudiera abrir.
—Si no la tocas no pasa nada —se burló el hombre del traje blanco.
La avioneta empezó a ganar velocidad en la pista.
—Las puertas son como las mujeres, ¿sabe? Sólo se abren con la llave adecuada, si no tienes la llave sólo conseguirás forzarlas.
Al fin el aparato levantó el morro y despegamos del suelo. Me sentía incómodo.
—Sí, otras no se cierran ni dándoles patadas… —añadió otro que no dejaba de mirarme tras unas gafas de sol.
—Espero que estén hablando de puertas —repliqué tratando de ocultar mi ansiedad.
Los sudamericanos rieron a carcajadas.
—¿Oiste al “pendejo”? —interpeló a la chica el hombre del traje blanco.
—Sí, es una buena persona.
—¿Es mejor que yo?
—No, amor. Con ellos finjo… Tú sí que sabes dar placer a una mujer.
En estos momentos, todavía creo que disimulaba… ¡Necesito creer que me amas!, sentir que la atracción de la tierra, sobre mi cuerpo, es algo mayor que lo que has sentido por mí. Me conformo con un instante de amor verdadero, un momento que todavía sorprendo en mi memoria, que recreo antes del impacto final, y hace que todo haya valido la pena.
—Viste. No te quiere… Es porque yo tengo muchos dólares, muchos más que tus 180.000 euros de mierda. ¿Sabes cuánto vale mi tiempo?
Señaló la portezuela del aeroplano, con las cejas, a uno de los secuaces.
—Yo te lo diré… Ni un minuto de mi vida iguala tu vida entera —añadió sopesando sus manos en una balanza imaginaria.
—No comprendo… —dije agarrándome a la silla, mientras la puerta se abría y un viento atronador me azotaba la cara.
—¡No importa! —gritó el hombre del traje blanco—. ¡Ahora demuestra que tienes cojones!
Miré el hueco que dejó la puerta abierta en el fuselaje. Anochecía, apenas faltaban unos minutos para que el sol se ocultara en la línea del horizonte, y miré tus ojos por última vez. En ellos vi reflejada la tristeza del crepúsculo… ¡Sé que hubo algo!
Y me empujaron hacia el vacío. ¿Ves, amor, cómo no es tan fácil olvidarte? Apenas siento vértigo, pero esto se acaba… ya.
miércoles, 2 de diciembre de 2009
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Rostros de (in)felicidadPublicado por calcetinrayado 2 comentarios |
Se pasaba las mañanas y las tardes en el metro de Barcelona, yendo de una línea a otra, tocando con su clarinete canciones alegres, acompañadas del sonido del piano emitido por un cassette que conservaba desde hacía años. Quizás algún día alguien reconociera su talento, pero ese no era su objetivo principal. Cuando entraba en cada vagón, las personas que lo miraban y se daban cuenta de su presencia lo hacían con recelo y cansancio. Pero sus caras cambiaban al oírle tocar. Le sorprendía la infelicidad que mostraba cada rostro, el estrés, el aburrimiento, el cansancio y únicamente les quería mostrar lo sencillo que resultaba ser feliz, como lo era él, a través del sonido que podía crear con su fiel instrumento. No hacían falta palabras antes de empezar, se darían cuenta de su presencia. Cuando llevaba pocos segundos tocando, podía ver, de reojo, cómo los que llevaban auriculares se los quitaban y le escuchaban atentamente, cómo los niños se quedaban con la boca abierta mirándole fijamente o los bebés apagaban sus llantos, cómo los rostros más serios esbozaban una pequeña sonrisa o cómo algunas personas acompañaban el ritmo de la música moviendo uno de sus pies, sus manos o la cabeza. Estos pequeños gestos le llenaban y era lo que le daba energía para seguir viviendo con esperanza.----
Historia ficticia basada en un clarinetista de metro que un día me hizo sonreír, evadirme de mis pensamientos y mover el pie al ritmo de su música.



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