Cuando acepté la invitación del ilusionista, lo hice a regañadientes. ¿Por qué desearía ese señor que rompiera mi inercia y accediera al estrado para colaborar como voluntario en el típico truco de magia? Tal vez pensaría que al colocarme en aquella especie de armario, cerrar la puerta y clavar unas cuantas cuchillas daría algo de emoción a mi rutina. Él, por su parte, conseguiría un puñado de aplausos a cambio de mi desaparición. Supongo que ese era el trato. Y después de deconstruir el ritual, volvería a mi asiento de una pieza en medio de la ovación general.
La cosa no me atraía mucho. Pero mi esposa censuró mi inmovilidad: Nunca estás dispuesto a participar. Eres tan soso.
Y yo, por despecho, acepté el ofrecimiento y subí al escenario. Ahora debo reconocerlo, la incertidumbre por adivinar el truco cuando estaba en el cajón me intrigó. Pero al descubrir que el plano espacial al que me había enviado el mago coincidía con el mapa mental de mi niñez, aplaudí y decidí no responder a la llamada de retorno.
Sólo me arrepiento de no haber podido ver la cara de mi mujer cuando abrieron el arcón.
Carlos Gámez Pérez



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