Oscar Wilde (1854-1900)
La vida, mucho más que el pensamiento primero que al llegar respiramos, más que el primer soplo, bocanada virgen que a golpe seco intuimos, más que regalo inconstante, más que presente y espera, es la vida marca y enseña, distintivo errático y bandera. Te señala, prueba en un camino largo y lleno de espinas; te suspende, es aquello a lo que aludimos constantemente en respuesta al ajeno a nuestra rutina; tan inconstante como falta de respuesta, es la vida hábil y traidora, enterradora al descuido. Sabe improvisar e improvisa, las domina y distribuye, te ciega y encela; la vida te premia y distingue aun advirtiendo que en la esquina siguiente una piedra gira radical y sinsentido doblando de raíz tus ilusiones.
La vida, ese animal, dragón de costumbre al que nunca acostumbrarnos, es regalo y penal, escala y presidio; te atrapa, reinventa y agota; la vida cansa, no admite segundas partes, no concede intermedios ni descansos, exige y reclama, penaliza. La vida es intensa, dulce y perversa, marchamo inconstante y sorprendente, imperfecta y altiva; es bella en sus momentos de belleza y extremadamente innoble y mentirosa cuando burla. Es algo demasiado serio como para hablar de ella (Oscar Wilde), algo tan amargo que, dijo Jardiel Poncela, abre a diario las ganas de comer y, añado, sabe perfectamente cómo arrebatarte el deseo de hacerlo.
La vida es sueño –dicen-, a veces, pesadilla en noches en vela y desarraigo; alegría inconstante, felicidad nunca plena y cruel en momentos de tristeza. Es, la vida, un plazo que se agota, que iguala y envilece, aun a ratos ennoblece y, eso sí, madura, enriquece y enseña.
Es, mágica, rítmica y brillante pese a aquellos momentos en los que todo, sin pudor, color ni remedio, se oscurece. Es... la Vida..



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