
Me siento triste y lo malo de ello, es que no tiene explicación. O tal vez sí: los miedos nuevamente se apoderan de mi cuerpo, pero sobretodo de mi alma, sin razón alguna.
Esto es lo que causa mi tristeza.
Por las noches despierto de madrugada, muy exaltada, el corazón palpitando a mil como si fuera a salirse de mi boca, un sudor frío empapa mi cuerpo y mis manos tiemblan.
Tengo la certeza de haber tenido pesadillas, pero no puedo recordar qué sucedió en mis sueños. Si pudiera hacerlo, al menos sabría a qué le temo. Aún así, mi sensación es la firme convicción de que algo trágico está por suceder.
Mi ansiedad crece con la luz del día. Estoy nerviosa. Insegura. Y triste, por supuesto.
¿Qué es lo qué me pasa? ¿Por qué no puedo detener esto? ¿Tan mala persona soy, como para seguir padeciendo estas penas en mi espíritu?
Cuando me invaden estos ataques, me paralizo. No puedo pensar en algo agradable que haga desaparecer estas feas sensaciones.
La luz del sol, el canto de los pájaros, algún que otro botecito que pasa por el agua de los diques con una calma tan apacible que es de envidiar; no logran sacarme de este estado depresivo en el cual me encuentro. Porque esa es la palabra justa: depresión. Una vez más, vuelve a mí la más fuerte, dura y difícil depresión (valga la redundancia).
Sigo siendo una enferma. Eso es lo que más odio. A veces creo que, pasarán los años y seguiré sumergida en estas tinieblas que parecen no tener fin.
¿Por qué no puedo ser como mis hermanas? ¿Por qué no puedo ser como mis amigas? ¿Por qué tengo que seguir siendo la muchacha que derrama lágrimas y que no puede sonreír en realidad? Los que verdaderamente me conocen, saben que nunca río en serio; saben que lejos está de mi alcance la felicidad y que día a día muero un poco más. Me apago en silencio. Estoy hablando de morirme en vida. Perdí la fe hace años y ni hablar de las ilusiones o del amor, que me abandonaron hace tanto tanto tiempo, que ya ni recuerdo cuál es el significado de ambos.
Mientras escribo estas líneas, observo a un grupo de jóvenes pasar por la vereda. Festejan el día del amigo. Yo tengo muchos, gracias a Dios, pero no puedo molestarlos con esto que me pasa. A la vez, rememoro aquellas épocas, en las cuales era absolutamente feliz y alegre y, también salía de paseo festejando lo dichosa que era nuestra amistad y el estar todos juntos y unidos.
El único interrogante que me queda es si volveré a sentir esa hermosa felicidad, una vez más, antes de hacerme polvo y convertirme en abono de bellas flores.
Eleanor.
Escritores anónimos para nosotros mismos, para los que nunca van a saber si lo son, pero escriben ya que las letras son "obreras contra la angustia, amigas de nuestra prisión y el consuelo en los bosques de la desesperación..."(Letras)
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martes, 21 de julio de 2009
Inexplicable
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