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martes, 21 de diciembre de 2010

Segunda oportunidad

Le verás los ojos secos, barnizados, los mismos ojos que no vieron el rifle ni la luz del reflector. Tratarás de acomodarte en el sillón, de estirar las piernas, de ver por la ventana alguna que otra rareza que aplaque tu curiosidad. Pero él está ahí, tieso en la pared, tan poca cosa sobre el rombo de madera, tan mirándote, que no puedes sacarle la vista de encima.
Quizás nadie de los presentes se fije en la pared que lo soporta, al menos nadie desde esa posición en la que te encontrarás, de frente, en un cómodo sillón, las piernas estiradas, una revista vanamente abierta sobre las rodillas. Puede que alguien te dirija la palabra; alguna de esas pavadas que se dicen en las esperas, como "qué tiempito", o "cómo pasa el tiempo". Tratarás de dar una respuesta breve y definitiva: "sí, un desastre", o "bueno, es lo que hay". Así el inoportuno sabrá que deberá callar, o buscar a otra persona con ganas de hablar de trivialidades; sabrá que más allá está la canasta con las revistas de años pasados, pero revistas al fin.
Saldrá alguien por la puerta del consultorio, y entrará otro. Algún día llegará tu turno.
Cerrarás los ojos entonces, los cerrarás y seguirás viéndolo, ya no tan indefenso ni colgado, sino en su mundo de espadañas, en su mundo de río oscuro, hociqueando alguna osamenta, embarrándose en naturales chiqueros, procreando a fuerza de colmillos y colmillazos. Lo verás adentrándose en maizales prohibidos, rompiendo marlos y silencios nocturnos. La luna lo sorprenderá echado hacia el cielo, la noche boca arriba te sonará familiar, y lo imaginarás en su vida anterior —su vida posterior ya no es vida—, corriendo hembras grises por vastos campos y orillas. Así abrirás los ojos de vez en cuando, y adivinarás detalles que tu imaginación te niega: le verás los pelos pardos y duros, los colmillos autolastimándole la mandíbula superior, las orejas pequeñas, ya inútiles, la nariz redonda y plana y los enormes orificios nasales sin la humedad de otrora.
La puerta se abrirá de golpe, y despedirán amistosamente al paciente, y entrarás vos, algo nervioso. Entrarás cuando habrías descubierto la fisonomía oculta del hombre detrás de los matorrales, cuando le oíste los pasos bajos marcando la tierra. Lo sabrás sigiloso como un gato, allá oculto, apostado en esa noche de luna, con esa paciencia de acero y dedo en el gatillo. Te hará pasar y te invitará a tomar asiento, justo cuando percibías que algo no andaba bien en aquella sombra, cuando una figura extraña se había movido sobre los pastos. Te hablará de quien sabe qué tonterías, y en esa voz reconocerás el sonido de corredera hacia atrás, de bala entrando en el caño, y te pedirá que abras la boca justo cuando piensas que tus colmillos no asustarán al cazador, cuando crees que correr sería en vano y hacerte el muerto una premonición. Y Verás que se enciende el reflector, y el hombre que se acercará hacia tu boca, hacia tus colmillos, y un gruñido te saldrá del hocico, y un grito te saldrá del paladar y te imaginarás sobre una madera, colgando en la pared de cualquier consultorio. Hundirás entonces la cabeza en la cuerina del sillón, esquivarás esa primera bala, te acercarás al cazador veloz y ciego. Volverá a apuntar el maldito, demasiado tarde porque habrás llegado hasta él, y caerá con ruido de pasto, de baldosas. Será una presa fácil sobre la hierba, será una presa fácil para este animal rencoroso que ya muerde la garganta del hombre que grita.


Lucas Passerini
www.morderaslaculpa.blogspot.com

 
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