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martes, 9 de noviembre de 2010

Ciudadano Facebook (acerca de "La red social")

       Aborda la película la historia del creador del Facebook, y la de su socio, dos de los más precoces multimillonarios de la Historia. Cuéntase la crónica de ese invento, a partir de un genial friki de los ordenadores y de los algoritmos, al que la chica que pretende, harta de su “frikura”, manda a hacer gárgaras. Esas amargas gárgaras de despecho serán las semillas del artefacto que le hará prontísimamente –prodigios de la supersónica aldea global, de mísero estudiante a una especie de Ciudadano Kane en apenas dos años- de Oro. Es el reflejo y el relato de una portentosa visión empresarial asociada a la extraordinaria inventiva cibernética.
     Si la película arranca con un íntimo intríngulis –chico vése rechazado por chica-, al final, a pesar de las toneladas de dinero y de los millones de personas que el Einstein consigue vincular a su creación en tan corto espacio de tiempo, después de los problemas judiciales a los que ha de hacer frente –acusado de robar la idea, primero, enfrentado por desavenencias y celos profesionales a su socio y amigo del primer momento, después-la película apunta en el desenlace a que,  en apariencia íntimamente “tocado”, sigue el cerebrito preso de su carencia afectiva primera y primordial: teclea sobre su ordenador su invento, demandando una y otra vez cibernética amistad con la chica primera, aunque el rótulo final nos recuerda los muchísimos milmillones que atesora en la actualidad el colega, como desmintiendo a la vez de plano cualquier  romántica motivación decisiva.
      Y si Ciudadano Kane era toda una laboriosa pesquisa en torno a la íntima verdad –Rosebud, el trineo infantil, la infancia desdichada- que a través de la vida entera ocultaba el rostro del gran magnate, La red social renuncia a esa indagación, y lo hace en parte a la fuerza, por cuanto sucede ahora todo a una velocidad tan vertiginosa que no hay forma de encontrarle el sentido a nada. Renuncia pues la película al intento de explorar los móviles que en el fondo mueven al figura del Facebook, que es sólo una máscara impenetrable de ambición en abstracto por su juguetito, en cuya defensa demuestra muy acerada perspicacia, pero en quien nunca vemos una reflexión,  un humano interrogarse por la trascendencia de lo que tiene entre las manos, un libro, una amistad verdadera, nada. Resulta al cabo el jovencísimo artista un enigma dentro de un misterio envuelto en un arcano. Da que pensar realmente que el creador de toda una gigantesca malla para acercar y relacionar a las personas –epidérmicamente, por supuesto- resulte un tipo aislado, incapaz de un vínculo real con cualquier cosa.
     Y como la película rechaza explorar ese crucial interrogante, se entretiene, a cambio,  con brillantez y con habilidad narrativa sumas –es notable como consigue hacer entendible una temática tan extremadamente prolija- en contarnos, a través de diálogos acerados y de una sabia dosificación dramática de los argumentos, con riqueza expresiva y plástica, las peripecias judiciales del fenomenal embrollo. Tampoco vemos desarrollado y ahondado el que sería el verdadero asunto de la película: el del significado de la amistad, el de cómo la ambición y el éxito pueden destruir ésta y todos los valores humanísticos de paso.
     Y no lo hace, porque es que tampoco tenemos la sensación al principio de que sean los dos socios verdaderamente amigos, el haz de significaciones que esa palabra encierra, quiero decir, como si fuera la discreta levedad del ser, la acomodaticia adaptación a la momentánea exigencia del momento, la verdadera cifra de estos tiempos postmodernos, (hasta el punto de que la más reconociblemente humana en la película es una joven enamorada y engañada, que significativamente juega un muy secundario rol en la movida) en los que como digo, transcurre todo a una tan endiablada velocidad –véase el caso paradigmático de Susan Boyle, de anónima y amargada solterona, a quienes hasta los perros ladraban a su paso, a rutilante star del mediático universo discográfico sin solución de continuidad- que en el mismo parpadeo se diluye lo que hasta ahora creíamos específicamente humano, la lealtad, la memoria, la trayectoria y un cierto bagaje de universales sentimientos.
     En la pérdida de esa solución de continuidad –no deja de ser “solución” sinónimo de pegamento- se desvanece todo sentido de la acción humana. Sólo hay ruido y furia instantáneas, eso sí, bien conectados ambos en todo momento a la Red. Es, claro, la insoportable levedad del interné.    

 
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