¡Qué rosa tan linda,
déjamela un ratito!
No le quites los pétalos ni despacito
que la quiero entera,
para mi capricho.
Mi rosa y yo somos amantes,
¿no lo sabías?
Ahora ya lo sabes.
Hablamos recordando los ayeres
pero más del instante es lo que vale.
Vibrando en cada amanecida,
porque así debe de ser la vida
en su transcurrir por nuestro cauce:
límpido, juguetón y rebelde.
En éstas la rosa mira a la estrella.
Ésta le devuelve su mirada en un halo de calma.
Se miran, se atisban se ven y se quedan enamoradas.
Prendándose la una de la otra,
porque esa estrella en las alturas,





