La espera
La habitación es pequeña, un blanco opaco pinta las paredes, un gigantesco tubo fluorescente emite una luz asfixiante. Sobre una incomoda cama, los ojos cerrados de Anabella sufren, su mano apenas se mueve, su cuerpo solo expresa sus reflejos esenciales. En el muro izquierdo, un reloj marca las cuatro, sobre la derecha una ventana muestra la vacía ciudad, el sol brilla, los autos no se mueven, las bocinas no se escuchan, la gente no grita, un gigantesco silencio rodea la urbe.
El ventilador gira, sin aviso, sin permiso, aunque Horacio, traspira de manera violenta. Se siente extraño, ajeno en aquel pálido lugar. A su derecha, Dolores llora desesperadamente. Él, no escucha nada, no oye la respiración de Anabella, no se aturde con los salvajes ruidos de la ciudad, no se incomoda con el poderoso ruido de las agujas del reloj, solo escucha el frió y distante despierta, despierta de Dolores.
El reloj marca las cuatro, una obesa señora, con cabellera corta colorada, se acerca a Anabella. Estas drogas relajaran sus estímulos susurra ella, Horacio asiente con la cabeza en silencio, Dolores sigue llorando. La enfermera se retira, Anabella tiembla menos, Horacio se siente agotado, su alma sueña. Sobre un gigantesco caballo, monta su cuerpo, frente a sus ojos, un oscuro molino lo provoca. El césped azul es movido por un poderoso viento, el caballo corre, su cuerpo grita- es hora de luchar- un galope veloz, le permite acercarse al negro molino, su ser se acerca, sus ojos se abren, se encuentran con la pequeña y sofocante habitación de siempre. Dolores sigue llorando, la ciudad sigue silenciosa, el reloj marca las cuatro, solo me dormí un instante piensa, Todo sigue igual, todo sigue flotando en una eternidad inmóvil. Horacio intenta hablar con Dolores, pero ella no responde, quiere levantarse de aquella incomoda silla y acariciar las pequeñas manos de Anabella. Algo dentro suyo lo detiene, algo le susurra te estas equivocando, así no son las cosas.
Se levanta, no se dirige hacia Anabella, sino a la ventana. Enciende un delicado gold leaf, observa como el fuego consume al cigarrillo, es mejor arder que desvanecerse lentamente piensa él, mientras recuerda a kurt. El sol emite una luz helada, los autos se mueven pero parecen fotos con vida, la gente se desliza como la crecida de un silencioso rió, nadie grita, nadie vive. La incomodidad es infinita. El cigarro se consume, el humo sabe a nada, las cenizas no queman sus dedos, el reloj marca las cuatro, el reloj no se mueve, piensa él, el cigarrillo ya no existe. Intenta buscar una lógica a tal oscura situación, a tal crudo instante, los minutos no circulan, piensa, los minutos no los siento, recuerda, mientras observa sus ajenas manos. El calor sofoca su cuerpo, su ropa transpira, aunque el ventilador este encendido. Dolores llora, él, intenta acercarse a Anabella, intenta buscar una excusa a su miedo, pero descubre que simplemente es un cobarde.
Los ojos de Anabella parpadean observando la nada, su alma intenta escaparse mediante un suave suspiro, que emite sus labios. Ella tiene dieciocho años, el infarto condenó tu vida y no la mía, es tan injusta la existencia, Tantos años, tanta vida creyendo que esto nunca pasaría, creyendo que esto sería tan lejano; la parca esta tan cerca en esta vacía vida, nunca pensé que ella aparecería sin avisar, sin peguntar piensa él, mientras observa los suaves cabellos de ella. Anabella resiste, casi sin fuerzas pero resiste. Acá estoy, observando la imposible ciudad, desde la ventana de un vació hospital, rogándole a la nada que despiertes, que no vuelvas a ser el helado viento de un mundo oscuro. A veces creo que soy el único que te escucha, el único que comprende tú lucha. Dolores llora pero no piensa en ti, piensa en su dolor, en su pena, en el gigantesco espacio que dejaste, solo grita, solo quiere evitarlo, solo quiere negarlo, no observa tus ojos, no sabe que tu alma intenta escapar. Piensa Horacio mientras observa el respirar de la muchacha inconciente.
Intenta cerrar las cortinas de la habitación, intenta apagar la luz, pero algo lo detiene, algo le impide continuar. El reloj marca las cuatro, a Horacio le comienza a irritar los gritos desesperados de Dolores, desea expulsarla, pero luego reflexiona, a Anabella no le importa, ella no la escucha. El problema no es que duermas hermosa, el problema es que no quieras despertar. Horacio observa el techo y vuelve a reflexionar, siempre amé las luchas, nunca los triunfos, pero ahora, ahora solo quiero que despiertes, sin gritos, sin sufrimiento. Solo quiero que te levantes, uses tu vestido azul y me acompañes a tomar una cerveza, solo quiero escucharte reír, solo quiero escuchar tu crudo sarcasmo, solo quiero que esto, quede como una extraña anécdota del pasado. El reloj marca las cuatro, Dolores sigue llorando, despierta por favor despierta.
Una enfermera se acerca, esta vez es una mujer hermosa, unos ojos color miel muestran una mirada seductora, un gigantesco escote emite un perfume sabor vanilla, una cabellera castaña se mueve de manera salvaje, un brazo derecho muestra una oscura jeringa. Tan dulce, tan hermosa, tan cruel como la muerte, piensa Horacio. Esto tranquilizará sus reflejos dice ella, mientras inyecta la aguja en brazo izquierdo de Anabella. Horacio vuelve a montar un gigantesco caballo, el viento es sumamente fuerte, el suelo se convierte en un oscuro mar, el constante galopeo comienza a ahogarse, los molinos se alejan, pero ellos siguen corriendo, siguen luchando, sus ojos se abren, el reloj marca las cuatro, el mismo sueño vuelve a desaparecer.
Horacio desea abrazarla, desea cuidarla, pero el temor se lo impide, su miedo no soporta esa cruda imagen. Unas pequeñas manchas amarrillas rodean sus ojos, unas suave caricia abraza su mano, sus ojos revisan el lugar, intentan buscar el porque a esa extraña sensación, pero no encuentran nada. Observa el frió sol, la detenida ciudad, una quietud incomoda lo rodea. Un escalofrió abraza su cuerpo. Anabella mueve el dedo meñique izquierdo. Él, la mira con pena, aunque sus ojos finjan ternura.
Aca estoy frente a vos muñeca, tan asustado, tan triste, tus ojos no miran, tus labios apenas se mueven, tu nariz ni siquiera se esfuerza por respirar, tus pequeñas manos van a ningún lado. Todo es tan opaco, tan gris, deseo acariciarte, pero también sé, que al sentir tu piel, que ya no es tu piel, que ya no es tu alma, la oscura realidad llegará a mi cuerpo y me hará comprender que ya no vas a despertar. Se que mis caricias van a matar mi esperanza, piensa él.
No quiero que sea mañana, porque mañana el día de hoy muere y si el día muere, tal vez vos mueras, Anabella. Tantas contradicciones me encierran en laberintos sin luz, sin sol de los que no puedo salir, tantos porque sin respuestas desean alejarme de vos, pero no pueden. Tu ausencia, distante, asesina mi paz, fusila mi sueño, mi cuerpo se paraliza en este oscuro lugar. Necesito acariciarte, necesito abrazarte, pero al mismo tiempo, no quiero tocarte, no quiero necesitarte, no quiero besar tu frente. Tanto odio, tanto temor, tanto insomnio asfixia mis ojos, mis palabras. Los minutos no se mueven, ni siquiera el tiempo puede moverlos Anabella. Tus ojos cerrados me aprisionan en esta habitación, tu cuerpo inmóvil, tu cama distante, me hacen esclavo de tu vida. Lo peor de todo esto es que el reloj marca las cuatro y Dolores sigue llorando. Piensa Horacio, una salvaje cachetada destruye sus reflexiones, su mandíbula y su mejilla izquierda. Sus ojos rodean el lugar, solo encuentra lo mismo de siempre, una ventana eterna, un reloj detenido, una mujer llorando y un cuerpo vegetativo que resiste morirse.
Horacio camina por la habitación como un león salvaje encerrado en una pequeña jaula, sus ojos se pierden en las baldosas, son blancas y negras. Negras como los molinos, su sueño vuelve a aparecer, su caballo vuelve a galopar, los molinos ya no huyen, el oscuro mar se seca, el viento se detiene, una pequeña gota moja sus cabellos, sus ojos observan una perdida en el techo, el sueño desaparece.
No te podés morir, vos sos dios. Piensa Horacio, mientras rasca su oreja izquierda. Vos le das sentido a este mundo carente de sentido, si te apagas, esta habitación no tendrá luz, no tendrá camino, las enfermeras fracasarán, este mundo se derrumbará, la gente no podrá continuar su vida, porque una estrella desaparecerá, porque una llama, que ilumina a millones de personas, las dejará ciegas en una oscuridad sin sentido. Todos somos dios en cierto forma, tu eterna ausencia esta destrozando este mundo, esta asesinando mi alma, esta ahogando las lagrimas de Dolores, una vida sin ti es un mundo sin estrellas, oscuro, vació, confuso, sin dirección, reflexiona Horacio, mientras observas los pequeños pelos de su dedo gordo derecho. El reloj marca las cuatro, el sol emite una luz muerta, la ciudad no avanza, no grita, Dolores llora, suaves gotas lo golpean a él. Cuarto miserable, ni una radio, ni un mugriento televisor grita él escandalizado. Despierta, por favor despierta susurra ella casi afónica.
Unos ojos saltones, una mirada enferma, se acercan al lugar, unos gigantescos labios pronuncian palabras vanas. Hay que esperar, el paciente esta estable, dice el doctor, mientras sus arrugadas manos se esconden en los bolsillos de la opaca bata blanca. ¿Solo eso me dice doctor? Grita Horacio, su brazo izquierdo tiembla. El doctor lo observa con cierta soberbia, enciende un cigarrillo y luego se aleja de la habitación.
En el séptimo piso de un opaco edificio, en la ventana que se encuentra del lado oeste, descansa el cuerpo de Anabella, Horacio lo observa, luego se asoma por la ventana, huele la ciudad pero su nariz no siente nada, no escucha las bocinas, solo oye los silenciosos lamentos de Anabella y las destructoras lagrimas de Dolores, el reloj marca las cuatro. Sus ojos observan el cielo, es similar a un gigantesco océano muerto. Observa la avenida, los autos están inmóviles, las frenadas no se escuchan, la ciudad esta muerta, piensa él. Observa el lado izquierdo de la ventana, encuentra un marco viejo, una cortina destrozada, mira el lado derecho, ya nada es lo que es, un pequeño gato, blanco y negro, marca un antes y un después en las ideas de Horacio, eso lo asusta. El negro es el sufrimiento, es el deseo de que esta locura termine, de que todo se acabe, es la necesidad de entender el porque, de saber que vas a morir, Anabella. Pero después viene una oscura claridad blanca, en ella, solo existe la nada, en ella, no vive el dolor, no aparecen las eternas preguntas de siempre, solo estoy yo y esa nada invisible, estoy tranquilo pero vació, porque falta mi dios, porque faltas vos, Camila. Prefiero luchar constantemente contra los molinos oscuros de mi ser y tenerte cerca mió, a vivir en una calma blanca, una paz absoluta en la que no estas. Mi vida sin vos no es existencia, es solo esperar que el reloj biológico se detenga. El gato lame su pata izquierda negra con su cabeza blanca, Horacio lo acaricia, observa sus oscuros ojos verdes. El reloj marca las cuatro, la ciudad brilla inmóvil, Dolores llora, el cuerpo de Camila tiembla ligeramente, la gotera es cada vez mayor, Horacio acaricia al pequeño gato, algo esta cambiando.
Desea tomar un café pero no desea alejarse de Camila, Dolores llora inútilmente, Una enfermera se acerca, acaricia la frente de la muchacha enferma, mide su temperatura, cambia las sucias sabanas y luego le informa a Horacio, sobre la evolución del paciente, él, ni la escucha, solo desea café, se lo solicita a la enfermera, ella lo ignora y sigue hablando, luego se retira de manera ceremonial. El muchacho observa su pequeño universo, no encuentra café, no encuentra un baño, es la primera vez que lo nota, aunque su vejiga todavía no exige nada.
El mundo es cada vez mas extraño, los caminos desaparecen, todo llevan a un sin sentido que nos somete, nos domina y nos hace creer que existe un orden Anabella. Nuestros oscuros molinos soplan cada vez más fuerte, nuestros caballos ya no corren, el sol ya no ilumina, solo quema, las estrellas emiten luces falsas, la mayoría se extinguieron; senderos absurdos que ya no existen, marcan pasos ausentes en las personas. La gente ya no cuestiona, ya no es humana, son solo estupidos monos desnudos que satisfacen sus necesidades, están cómodamente paralizados, tan cómodos, que no observan como el sol los quema, como las estrellas les mienten. Todo arde, todo desaparece por el absurdo mismo y vos, Anabella, vos hermosa, sos dios, vos sos ese pequeño camino que todavía no se extingue, que todavía existe, por eso no te podes morir. Si desapareces, el mundo desaparece y se convierte en un grasoso y miserable cuerpo orgánico. No te rindas, no te duermas, sos la última estrella, la última luz, balbucea Horacio en el suave oído de ella, luego, observa sus tristes ojos cerrados. Sus impulsos, sus reflexiones son más fuertes que su maldito miedo, abraza desesperadamente el cuerpo de ella. Lo acaricia, no siente nada, solo percibe el tacto de un cuerpo helado, distante, sucio como una sabana vieja, real como un viejo colchón de hotel. Los ojos de él lloran. Sus mejillas no perciben sus cansadas lágrimas, sus sentidos no existen. Las únicas lágrimas verdaderas son las de su alma. El cuerpo padece insomnio, niega una realidad inminente. Un fuerte temblor comienza en el pie izquierdo, se desplaza lentamente por todo el cuerpo de él. El calambre es cada vez más fuerte, sus ojos se llenan de lágrimas, la gotera es cada vez más grande y alcanza los pies de Anabella, Dolores llora, el reloj marca las cuatro, el sol quema, el gato maúlla.
Las gotas ya no son gotas, son gigantescas cascadas que destruyen el cielo raso, el quiere proteger a Anabella pero su calambre lo inmoviliza, la corriente lo arrastra, las paredes comienzan a ser destruidas, Horacio grita desesperado, su pequeño universo es arruinado por gigantescos ríos de realidad. Si te hubiera cuidado, si hubiera sabido que tenias un corazón frágil, cansado se deja arrastrar por el agua. Su cuerpo es expulsado por la ventana, el edificio desaparece, cae en el infinito cielo, las nubes no lo detienen, el sol no lo protege, solo cae. Un fuerte golpe en su espalda le anuncia el final de la caída, se levanta ( no entiende como todavía esta vivo), sus ojos no encuentran el asfalto, ni los edificios, ni los autos, ni a las inmóviles personas, solo hallan un gigantesco universo blanco, sin suelo, sin techo, sin edificios, sin sol, sin personas, sin ciudades, todo es simplemente blanco, no existe el espacio, ni el tiempo, todo es blanco, sus sentidos no entienden donde están, él menos, su cuerpo tiembla, siente descontroladas convulsiones. El pequeño gato negro y blanco se le acerca, acaricia sus piernas, ronronea suavemente y luego se aleja. El corazón de Horacio comienza a latir brutalmente, fuerte convulsiones emite su cuerpo, su boca vomita, sus ojos se cansan. El felino se vuelve a acercar, esta vez, se convierte en un gigantesco animal blanco y negro. Es un puma piensa él, mientras observa su veloz trote. El animal lo tumba, lo rasguña, el solo llora, Anabella espero que alguna vez me perdones por haberte dejado ir, siente como su piel es mordida, es destrozada. Llora se lamenta, no por el dolor, sino por haber dejado morir a Anabella, maldita muerte grita, el animal lame sus heridas. Los ojos del felino observan los ojos de Horacio, él los contempla eternamente. Su cuerpo tiembla, su alma tiembla, su razón desaparece, sus lágrimas son cada vez más fuertes. Quiere cerrar los ojos, desea olvidar el daño que sufre, pero el puma rasguña y golpea su rostro. La mirada de Horacio es la mirada del felino, el animal susurra algo en su oído, él no lo entiende, pero comprende, porque no puede escapar. Las gigantescas pupilas del puma vuelven a mirarlo, él cierra sus ojos, una gigantesca pata blanca en su rostro, impide que se duerma, despierta, despierta grita el felino desesperado. Los ojos de Horacio se abren, el cuarto es gigante, las paredes son color amarillo, Anabella esta sentada a su lado, ella no lo puede creer, él no entiende. Un reloj, frente a sus ojos marca las cuatro y diez. Dolores observa como los ojos de él se abren y deja de llorar, sus lágrimas, se convierten en una silenciosa sonrisa que emite paz. El sol brilla de manera veloz, las nubes se desplazan lentamente, a lo lejos se escuchan las bocinas de la ciudad, el reloj marca las cuatro y cuarto. En la televisión pasan una novela mejicana, un baño a su derecha es limpiado por una empleada. Su mente no entiende, con fuerzas imposibles se levanta de su gris cama y abraza a Camila, huele su perfume, acaricia sus suaves cabellos, sus dedos acarician sus pequeñas mejillas, sus dedos sienten las diminutas lágrimas de ella. El infarto fue fuerte, casi te matas Horacio, creí que nunca despertarías- dice ella ahogada en lagrimas. Su madre Dolores observa la escena y grita gracias dios gracias, el reloj marca las cuatro y veinte. No gracias a vos y gracias a Camila, por despertarme. Suspira él con los ojos brillosos. Sus labios se humedecen, en la sedosa boca de Camila, el reloj marca las cuatro y media.
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lunes, 20 de julio de 2009
la espera
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