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miércoles, 15 de abril de 2009

CARTA DE EL REGRESO

Queridisima Prisca:

¡Ya estamos en La Habana para volver a casa!

Después de semanas de negociaciones, al fin, la delegación española y la americana, han

llegado a un acuerdo para que seamos repatriados.

De momento nos tienen en cuanrentena, alojados en unos destartalados barracones del

puerto que sirven para almacenar las hojas secas de tabaco.

En general, presentamos un aspecto deporable. Palidos flacos hasta verse los huesos. Un

ejercito de desarrapados, que se mueven lentamente, como gusanos arrastrando sus miserias.

No quiero preocuparte pero mi salud es delicada. Llevo días postrado en una camilla,

afectado de paludismo.

Después de ganarle el pulso a la fiebre amarilla, al cólera, a la tiña y a la tisis, no me

quedaron fuerzas para resistirme a estas fiebres que me abrasan por dentro, secándome la boca

como un corcho, y me hinchan la lengua, hasta asfixiarme.

No puedo comer el rancho, solo beber agua y la leche que tenemos racionada.

Los médicos, no dan abasto, en este hospital de campaña improvisado. Las monjitas, se

multiplican, por los pasillos de camillas, colchonetas en el suelo y literas de madera, con uno y

hasta tres enfermos, acostados en el mismo colchón de paja, repleto de chinches, que salen al

caer la noche de cacería, para chuparle a los más débiles el último coagulo de sus heridas.

Es un alivio observar en la penumbra, las cofias blancas y almidonadas de las hermanas,

revolotear en el aire atentas a cualquier grito, para atender a los desahuciado, la mayoria

hombres jóvenes, que se resisten a morir, porque no entienden, que te arranquen de tu familia,

para llegar hasta esta tierra tan lejos de tu casa, y morir, de una enfermedad para la que no hay

vacuna ni medicamento.

Se ha terminado la quinina, falta el yodo y el alcohol. A los moribundos, los engañan,

dándoles agua teñida con tabaco, diciéndoles que es curare para su alivio.

Huele a carne podrida y a zotal.

Fué una inmensa alegría, recibir la noticia, de que íbamos a ser embarcados en Santiago de

Cuba, hacia La Habana, en un barco de la Cruz Roja. Pese a la fiebre, salte de alegria. Lo que

tanto había deseado, mi regreso, comenzaba, gracias a Dios, a materializarse.

La posibilidad de volver a verte, de estrecharte entre mis brazos y besarte, fué el mejor

remedio, contra este sudor frío, que me baja desde la nuca, acuchillándome la espalda.

Por eso la travesía, se me hizo interminable. Tres días hacinados en la bodega, sin luz, ni

aire. Pisando los esputos de los tísicos, que buscaban con la desesperación de un naufrago un ojo

de buey, para llenar con la brisa fresca de la mar, sus pulmones enfermos y soportando el olor

rancio a orín que se almacena a proa, bajo las cuardernas, por la falta de letrinas.

Todo lo doy mi amor por bueno, con tal de acortar la distancia que nos separan. En La

Habana, el recibimiento que nos han hecho, no tiene nada que ver con el que nos prepararon el

día de nuestra llegada. Jodida hipocresia.

Ese día, acuérdate, nos esperabael Capitán General, su esposa con pamela blanca, estado

mayor en pleno, el Alcalde, los politicos y los empresarios. En las calles un público enfebrecido,

blandía banderitas rojas y gualdas y gritaban frenéticamente vivas a España, al compas de

marchas militares de las bandas de musica.

Esta vez los muy cabrones nos han tratado como apestados. Un cordón de marinería, que se

tapaban la nariz y la boca con una tela de hierbas, se alargaba desde la escala del barco hasta la

misma puerta de los barracones, imposibilitando que el poco público se acercase o que algun

soldado pudiera escaparse. Ni Capitán General, ni señora, ni politicos. Ni banda de música. Ni

coraceros a caballo. Ni su puta madre.

Unicamente un ejercito de sanitarios, con batas blancas, camilleros, practicantes y médicos,

que tratan de organizar, como pueden, el caos de un ejercito derrotado que acepta las ordenes

como verdaderos borregos y da asco ver el panico reflejado en sus miradas, tristes y apagadas

provocado por la tortura acumulada en los dos meses de maldito cautiverio.

Yo amor, sigo aferrándome a la vida con la misma fuerza irracional con la que sujetaba el

fusil en la trinchera, mientras me repetía hasta convencerme: "Tengo que sobrevivir, por encima

de toda esta mierda y volver vivo a mi casa y que en las guerras se maten los que las encienden.

No es justo si dios existe que me muera ahora".

Hasta hoy Prisca, lo he conseguido, aunque me encuentre tirado en esta sucia camilla, por

las calenturas que me abrasan las entrañas, como una fragua cuando se aviva con el fuelle.

Sería mala suerteque habiendo superado las tranpas de la muerte, emboscadas en la

manigua, apostadas tras las metralladoras en las colinas de El Caney, escondiéndose traidoras en

las pistolas rebeldes, en las noches sin luz, de los arrabales de Santiago, el paludismo fuese capaz

de joderme la vida.

Debemos ser optimistas, querida Prisca, y pensar que en unos meses, volveremos a

disfrutar el uno del otro.

Entonces te dedicaré, todo el tiempo del mundo, en un avaro intento, de recuperar cada

décima de segundo inútilmente perdido en esta Isla, en la que pienso dejar hasta los piojos que

me devoran sin piedad.

Ahora que poco a poco la distancia parece que se acorta, la necesidad de disfrutar de tu

presencia y acariciar tu cuerpo, se me hace angustiosamente necesaria.

Es una fuerza extraña que me hace depender del oxigeno de tus besos, de las suaves

caricias de tus dedos despejandome la frente.

Necesito el sabor de tus labios plantando besos en mi boca, y poder fundirme en tu mirada

para explorar tus deseos mas ocultos.

Amor mio, que el tiempo pase pronto para poder abrazaros a todos.

Tuyo.

Constantino.

 
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