Ambulancia pintada de verde.
Estoy perdida en esta calle. Todo era familiar, hasta que empecé a desconocer los frentes. Y el barrio me se deslizo hacia una ciudad ajena, donde tuve la iluminación de saber que algo no cerraba, que cada uno de esos portales cerrados eran una falsa entrada: una vez franqueados, estás frente a la verdadera puerta de ingreso al terreno de la muerte. Nada de luz blanca al final del tunel, nada de familiares agarrandote de la mano.
Pasas el falso portal y entras a una cripta, un mausoleo, una tumba, a una casa de morirse, con esos desagradables manteles calados y bordados que alguna vez fueron blancos y almidonados, pero que en su misma blancura avisan de la amarillez que guardan en si, doblados en la punta, manteles de altares de muertos, hechos por bordadoras domiciliarias de la epoca en que las mujeres trabajaban en costura y llevaban "para entregar" grandes paquetes envueltos en papel madera. Solo vez casas de muertos en cementerios vacíos como este barrio, todo gris, como la piedra gris de las edificaciones del cementerio de Avellaneda.
En el aire tormentoso hay olor a calas.
A flores de muerto, claveles, por ejemplo. Las flores de muerto tapan y duplican el olor de la muerte tapado con formol y líquidos aceitosos y yo perdida en esta calle. Preguntaría a alguien como volver pero no se donde volver, los números de colectivos me son ajenos, las cabeceras son sitios improbables,( nunca escuche hablar de Parada Estornino, de Estación Belleneuve).
A flores de muerto, claveles, por ejemplo. Las flores de muerto tapan y duplican el olor de la muerte tapado con formol y líquidos aceitosos y yo perdida en esta calle. Preguntaría a alguien como volver pero no se donde volver, los números de colectivos me son ajenos, las cabeceras son sitios improbables,( nunca escuche hablar de Parada Estornino, de Estación Belleneuve).
Quiero volver, como Gardel.
Camino y me miro los pies y no son los míos, juro que no lo son. Me hacen caminar pero esos no son mis pies, no conozco las sandalias franciscanas de cuerina que tengo puestas. Jamás me hubiera calzado algo semejante. Acudo al viejo truco de abrir la boca y escuchar mi voz para tranquilizarme, cantarme algo en voz baja, algo familiar, para saber que yo estoy ahí, (es un truco que fue eficaz en mi tiempo de la fiebre del insomnio, me cantaba Faro de los Ahogados, la de Paralamas, y me dormia) pero me sale un graznido de pájaro, agudo, punzante.
Tengo puesto un delantal de vieja, gris, con dos grandes bolsillos. Meto la mano en uno y hay un mendrugo de pan. Yo jamás hubiera dicho mendrugo si no tuviera la mente tomada. Hubiera dicho un cacho, un pedazo, jamás un mendrugo, palabra que solo debo haber leído alguna vez en alguna mala traducción de la editorial Thor, jamás humano alguno pronuncio en la tierra mía la palabra mendrugo.
Tengo puesto un delantal de vieja, gris, con dos grandes bolsillos. Meto la mano en uno y hay un mendrugo de pan. Yo jamás hubiera dicho mendrugo si no tuviera la mente tomada. Hubiera dicho un cacho, un pedazo, jamás un mendrugo, palabra que solo debo haber leído alguna vez en alguna mala traducción de la editorial Thor, jamás humano alguno pronuncio en la tierra mía la palabra mendrugo.
Y entonces solo me resta quedarme quieta y llorar acá, la gente se acerca, la gente que sale toda junta de las criptas se me acerca, habla en un idioma que no entiendo, me suben a este artefacto que remeda a una ambulancia, esto debe ser una ambulancia, pero es verde, tiene una cosa roja que da vuelta, y mientras suben a la vieja de delantal, que piensa mis pensamientos y grazna como un pájaro agarrada a un mendrugo de pan, yo sin cuerpo, quedo perdida para siempre siendo solo nada, sin voz.
Sin vos.



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