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martes, 17 de mayo de 2011

COLUMNAS ROTAS (Una historia lineal)



TuuTuu TuuTuu TuuTuu TuuTuu TuuTuu
-Mmmm, maldito reloj –extiendo el brazo derecho y con el dedo índice busco el botón más grande del despertador. Lo encuentro. Se hace el silencio.
Nueve minutos después: TuuTuu TuuTuu TuuTuu. El maldito reloj tiene la maldita particularidad de despertarme a gritos.
Otra vez, extiendo el brazo derecho y apago el maldito reloj despertador. Silencio. Me quedo entredormido. Dejo que pasen unos pocos minutos más, no más de nueve, volvería a sonar el aparatejo y no lo soportaría. Me levanto y me dispongo a prepararme un café recién hecho, energético y revitalizante, pero a esta altura ya no hay café que dé vida. Debería probar otras sustancias un día de estos, sustancias nuevas, diferentes, pero bueno, ya sé que por lo general en un par de horas estaré medianamente despierto. Mi máximo esplendor llega siempre sobre la noche, más o menos a las diez, hora en que la gente normalmente y en masa se dispone a irse a la cama. Ahí es cuando estoy apto. Y libre.
Pongo a hacer el café en la maquina express y voy al baño y me echo un pichicito mañanero.
TuuTuu TuuTuu TuuTuu TuuTuu TuuTuu TuuTuu
Maldito reloj. Apuro el pichí y vuelvo al cuarto. Apago definitivamente el reloj corriendo la perilla correspondiente a la posición adecuada y vuelvo a la cocina. El café ya está listo y humeante. Vuelvo con el café a la cama, enciendo un cigarrillo y la tele, pongo las noticias de la mañana y disfruto estos pocos minutos que me quedan. Miro la hora constantemente calculando los minutos que me restan para ponerme en movimiento y cuanto menos faltan más me vuelvo a acurrucar entre las mantas. Algún día verán…
Las noticias en la tele informaban que la gran superpotencia del mundo había matado a quince civiles porque estos protestaban en grandes manifestaciones contra ellos por haber invadido su país con la excusa de echar al tirano dictador que oprimía al pueblo. Los intereses eran otros, se sabe. Ahora el pueblo les decía que se fueran, gracias, pero que se fueran. No querían otro tirano más. Los intereses eran inmensos.
Bueno, tiempo, ya es hora, me pongo en acción, voy al baño, acomodo mi persona para las personas del exterior, me pongo la ropa de trabajo, una ropa que va bien con mi aspecto, nada de corbata, saco y esas estupideces. Esa es la dignidad que me queda, el último bastión de mi libertad. Bah.
Antes de salir selecciono varios discos para ir escuchando por el camino. Pongo uno en el aparato reproductor.
Salgo a la calle. Ya era tarde y estaba en plena condiciones de perder mi preciado ómnibus, el otro, si perdía éste, pasaría recién en 20 minutos, por lo que llegaría más tarde de lo habitual al trabajo. Todos los días llegaba media hora tarde sin cara de arrepentimiento, como si tal cosa, saludando alegremente a todos. Yo creo que todos a esta altura pensaban que mi horario de trabajo era ese y se sorprenderían demasiado si algún día llegara en hora, por lo tanto lo mío ya era como una religión, una seguidilla de acciones semejantes, el crimen perfecto.
Hasta el momento de llegar al trabajo mi mente siempre audaz busca una buena excusa para faltar, y encuentro mil excusas valideras, el problema siempre consiste en que al otro, el que deberá escuchar mis argumentos no le interesan mis declaraciones, por lo que mientras busco una buena excusa espero el ómnibus, me lo tomo, me siento y ya después es más difícil, ya uno invirtió dinero en el boleto, tendría que ser muy buena la argumentación.
Llego, me bajo, entro, saludo, ya estoy dentro.
La primera hora feliz del día llega siempre sobre el mediodía, a la hora de comer.
Los pequeños minutos felices son cuando salgo a fumar un cigarrillo, soy un fumador empedernido, tengo mis derechos también, no solo obligaciones.
La última hora feliz coincide siempre con la hora de salida.
El viernes siempre todo toma un color más optimista, los momentos felices son más esplendorosos, en un rato todos diremos fuck you por más de una tarde y eso alegra a la gente, se la puede ver, se nota, se siente.
Un día de estos mandaré a todos a la mierda, verán todos como los sorprendo. Haré valijas y partiré hacia la nada, en busca de nada. La otra opción siempre que queda para escapar de todo es pegarme un tiro, o sea suicidarme, no pegarme un tiro, suicidarme. Analicé todas las formas para buscar la más eficaz y la menos dolorosa y creo que una mezcla de somníferos y gas de la cocina es efectivo e indoloro. Me tomo unos pastillitas, abro el gas de la cocina, me siento en el suelo y espero. Aunque ésta es siempre la última alternativa, mientras las cosas vayan saliendo más o menos iré postergándola, siempre habrá oportunidad.


18 años después

El trabajo sigue siendo basura, he ascendido unos grados. Ahora soy más señor que antes, gano un poco más de dinero, tengo un nombre y un apellido. Igual, algún día de estos faltaré a trabajar, creo que me lo he ganado.


20 años más tarde

No quiero resultar patético, pero me hicieron sentir que aquí todo es así. Yo aseguro que sonreí e incluso reí en los buenos momentos. En los malos supe poner al hombre y aguantar y aguantar y aguantar, eso nadie lo puede discutir, aunque, para ser sincero, algunos malos momentos los esquivé haciendo fintas.
Hace unos días el gran jefe pidió para hablar conmigo, y eso me sorprendió. Él no pedía, él sólo concretaba la reunión y uno tenía que estar ahí presente de cuerpo y alma, si, señor, si, señor, si, señor, y esas cosas. Cuidado, tampoco estas reuniones eran muy frecuentes; un par de veces cada cinco años, y generalmente para agraviar y desmerecer al individuo. El motivo para llamarme, dijo él, era que a cada hombre le llega el momento en la vida en que es hora de dar un paso al costado para que las nuevas generaciones puedan seguir con su loca carrera que los llevará al futuro, y usted, mi amigo, es el ser sabio que deberá dar ese paso, me estrechó la mano y me deseó todos los éxitos para el futuro.
Parecía que el tema venía de despido, pero no, el buen hombre me daba a entender que yo a partir de ahora era un afortunado ser con edad suficiente, con años adecuados para jubilarme, listo para el retiro.
Finalmente la hora había llegado. Nunca me gustó trabajar (a lo largo de mi vida conocí mucha gente así y siempre me pregunté por qué no nos agrupábamos y protestábamos ante este sistema impuesto), pero bueno, era lo que había para poder llevar una vida medianamente digna. Digo medianamente, porque siempre creí que nos merecíamos mucho más, y que esto alcanzaba para todos (los glotones le roban su parte a los débiles y tontos y estos se sienten desgraciados y tan sólo se quejan). Consideraba constantemente la idea de que si esto no daba para más, que si me hartaba, o si me tomaban demasiadas veces por tonto estaba siempre dispuesto a renunciar a todo, y… así fui aguantando… todo estos años.
Pero, basta, el momento había llegado. A partir de ahora yo sería un tipo libre, mi condición física no era de lo mejor, pero no sería impedimento, mi estado mental era bastante deplorable pero era un requisito para ser libre. Siempre y cuando no me babeara por el costado y dijera estupideces estaría en carrera. Durante años estuve haciendo mis aportes jubilatorios, pagando mis impuestos, cumpliendo horarios, programando relojes despertadores, escuchando órdenes y el momento había llegado.
Todo venía de felicidad pero no, el primer batacazo en esta alegría ascendente llegó al enterarme del dinero que recibiría a partir de ahora, ¿cómo quieren que viva con esa suma miserable?, pregunto yo. La libertad tiene su costo y yo estaba dispuesto a asumirlo. Como primera medida tuve que mudarme de casa para abaratar costos. Después reduje algunos gastos y comodidades, no importa, pensaba yo, a cambio recibiré todo mi tiempo para mi.
Después todo fue empeorando. No quiero entrar en detalles para no alargar esto mucho más, mi intención no es deprimirlos, cada uno sabe, debería saber, el camino que transita y adonde lleva. Lo mío es sólo un caso.
A pesar de todo hoy es el día más feliz de mi vida.
Hoy después de dormir la siesta salí a pasear por el barrio, pasé por la farmacia para comprar unos medicamentos y estuve conversando un poco con el dueño del local, un hombre muy atento que conozco hace años, un tipo siempre dispuesto a las bromas y a los chistes. Estuvimos conversando un buen rato entre cosas serias y divertidas, cuando decidí irme le di un abrazo y me despedí alegremente prometiéndole firmemente que tarde o temprano nos volveríamos a ver.
Al llegar a casa me dirigí a la cocina, me tomé todas las pastillas con leche fría para que no me hicieran mal al estómago, tomé papel y lápiz y escribí unas pocas palabras. Me senté en el suelo, medité unos segundos, sentí el sueño, lo pude notar, me sentí tonto. Con el último vestigio de lucidez, antes de cerrar definitivamente los ojos, abrí todas las hornallas de la cocina y esperé.


Mario Pires
Maldición Poeta

 
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