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martes, 5 de abril de 2011

ÉMBOLO ENCALLADO.

Émbolo encallado

“… Aquellos ojos pasaban inadvertidos hasta que encallaban dentro de ti. Parecían elaborados por un pintor al que hubieran sobrado miles de minutos de creación y no diera encontrado lienzo en el que plasmar su arte. O que deseaba terminar, antes de su muerte, los tubos de óleo que más amara. Eran perfectos en definición y transparencia coloreada. Bastaba con verlos. A partir de ese momento, todo su alrededor perdía brillo y consistencia. Daba igual que lo que rodeara tu cuerpo fuera una catástrofe, terremoto, incendio o guerra. Incluso la llegada de un amante perdido en el tiempo, un monstruo dueño de tus pesadillas infantiles, el rostro de un cadáver, con quién desearas encontrarte para conversar lo último que conversan un padre con su hijo. Todo se diluía como si una niebla cayera, pesada y celosa por esconder una realidad que hacía un instante se mostraba sin timidez. Dando prioridad a aquella mirada.

Aquellos ojos poseían el color de sus ancestros. De cada una de las personas que, con sus vidas, crearan la genealogía marina. Añorantes del pasado. Con descuido callejero, parecería que portaban en remolinos el marrón común, de tierra humedecida; con algo más de dedicación, víctima de un saludo que los visualiza, el negro era el tono más destacado, inmortalizando abismos y noche sin luna, oscuridad y sombra que provoca ensueños inquietos en mentes con remordimientos. Este sombreado desgarraba, con brillantes gotas doradas, una sorpresa inquietante. Ahondando en una petición habitual del mostrador de bar, se descubriría el irisado punteo de azul oscuro más un trazado irregular de suave celeste. Perfectamente armonizado, todo el conjunto por una retina nívea, proyectaba el realce asombroso de una caracola sobre el tálamo espumoso del mar.”





Leo da un traspié mientras descabalga del alto taburete. Se agarra al mostrador, tirando al mismo tiempo la consumición de la persona que está a su lado. Leo, barbudo y tosco, viste un chándal agobiado por agujeros de cigarros consumidos a destiempo, desgarrones en las mangas del apresuramiento por introducir agujas en alguna de sus frágiles venas. En él pasan desapercibidos sus ojos, porque nadie se acerca a contemplarlos, si les preguntásemos por la mirada de Leo, la gente miraría extrañada y respondería que Leo, están seguros, no tiene ojos.

Sale a trompicones, vacilante como si llevara huracanados oleajes en su interior. Igual que si pisara la cubierta de un barco en plena tormenta. Nadie le ha pedido que abone la consumición. Tampoco recuerda obligación de hacerlo, si alguna vez lo hizo. Eso es para otra clase de gente. Aquella que no se apresura; turistas, viajeros, trotamundos, curiosos, nómadas en tal caso. Que paguen ellos, que no tienen una voz de mujer que mantener, una manta recortada de color oceánico, ni tampoco otra vida cuando se recuesta sobre el muelle. Leo desconoce lo que es ser un turista, porque ha estado demasiado ocupado viajando dentro de sí mismo. Camina un poco, intentando enderezar su espalda, ante la gente que escoge caracolas de recuerdo para el nuevo diseño de salones extrañamente fríos. No tiene demasiada prisa, pero debe volver a casa. Cree, por sus arcaicas cuentas de peseta, que lleva dos o quizás tres días fuera. Durmió, si lo hizo, entre el arenal y la primera roca de la costa. Es el mejor sitio para dormir. Si esfuerza su cabeza, le parece que dejó algo de comida para su madre en algún sitio visible de la cocina. Encima de la mesa. O debajo. Sube un escalón. Son bajos y horizontales, con una combadura más propia de la madera que de una piedra sólida de roca, aunque haya sido parte de las mareas altas. Nunca son destructivas las embestidas marítimas, sino transformadoras. Sube otro escalón, ya apoyado su cansancio en el muro que forma la pared, tras el que bebía hace apenas unos minutos.

El pueblo es demasiado pequeño para que se pierda, sino Leo lo hubiera hecho hace mucho tiempo. Aunque si lo observamos escalar la cómoda pendiente, que remata en una ruinosa casa de bordes descuadrados, con un agujero exterior que evoca al fanal de un misericordioso faro, pensaremos que siempre ha estado terriblemente desorientado y perdido. Cuando alcanza por fin la puerta, la abre sin llamar. Ni siquiera mira hacia la llave que duerme sobre el alféizar. Una maceta con algo que fue verde le roza los bajos de los vaqueros, apartándose al instante: será el olor, será la suciedad, será el reconocimiento.

El aire interior parece insoportable incluso para él. Su madre ha olvidado, otra vez abrir la contra de la única ventana. Dichosa sirena inválida, murmura. Parece que se orienta un poco más al hacerlo. Será la responsabilidad. Será la estirpe. Será que el mar esculpió sus musculosos brazos con un valor que después le retiró. No recuerda el porqué de aquél castigo.

Una voz chilla desde la cercana habitación. Leo recorre la superficie de la mesa de la cocina con mano temblorosa. No encuentra ningún obstáculo. Parece que Leo solamente guarda multitud de cosas en su interior. Abre una desmantelada alacena sin puerta; algo hallará que sea comestible, aunque sea un envase de batido proteínico que dejaron los sanitarios en la última revisión, con un poco de agua, también será mago. También, marinero. Brega con la silla de ruedas, plegada y autista a popa de la cama materna. La voz de mujer no parece un canto, es un chillido incómodo y agudo, un chirriar de goznes metálicos oxidados. Leo siempre ha pensado que es triste que le hayan robado la voz, con lo suave y dulce que él recuerda que era, antes de irse embarcado. No es la única desgracia que porta la mujer: sus piernas han muerto antes que el resto de su cuerpo, precediéndola. Leo cree una buena idea, ya que algo comerán juntos, o por lo menos sobre el mismo mantel, colocarle hoy la manta de las visitas. El colorido azul desvaído de diario, deja paso a una extensión envejecida y gastada de un verde pálido. Parece que hace aguas, pero no es verdad, son sus hilaturas que se abren, derrotadas por los lavados a mano de antes y los no lavados de ahora.

A Leo le gusta mirar las piernas de su madre, aún sin el manto color lluvia extendida sobre su regazo. Torneadas columnas que sostenían el mundo de los dos, cuando todavía los sueños no habían desgastado la cuerda de la cual se tendían. Coloca ante la mujer un descascarillado plato, otro para él. Enciende un cigarro; otra forma de soportarse. El fregadero está rebosante de distintas piezas de loza, en diversos grados de suciedad. Tal vez los lave luego, con algún resto de champú o de gel que hayan dejado la gente de los servicios sociales. Si no encuentra estropajo, usará cualquier trapo, intentará que sea el más limpio. Su madre no merece menos, aunque continúe gritando como una posesa, dándole órdenes y amenazando con tirarse al suelo desde la silla que la contiene.

Algo habla su boca. Algo grita. Algo que a Leo le revienta las tripas y el cigarro que consume, allí sentado frente a ella. Una ola de reproches que le acabarán por ahogar; que porqué no es como los demás, que consiguieron coche, trabajo firme, familia; que es un hombre inútil, qué desgracia para una madre haber parido tal engendro, que desea morirse, que reza para que él se muera. Que cualquier otro hijo actuaría igual que los vecinos, que alquilan su casa a pie de costa, con vistas a cisnes que embellecen con sus plumas, los hórreos que se adentran en el mar infinito. Que está varada en aquél pueblo, ella, que fue hermosa y joven. Que si tuvo oportunidades en forma de trajes de caballero con flor en la solapa y cartera llena. Nunca le perdonará haber perdido su sueldo de marino por volver a tierra a cuidarla. Que ella no le necesitaba, ni antes ni después. Que su padre sentiría asco de haberlo conocido. Que odia haber sido inmadura madre, honrada y tímida. Que lo desprecia. Que le repugna tanto el batido que le ha preparado, que prefiere escupírselo, y lo demuestra con cara de ira, dejando sobre la mesa un charco marrón que Leo limpiará con un suspiro.

Para acabar llorando, pidiéndole que no la abandone más. Que no tarde tanto tiempo en volver, que lo quiere con la vida, que ha sido y es, la persona que más ha amado. Que su padre fue un aprovechado sinvergüenza que la abusó en una esquina. Él es diferente, fruto de su vientre bendito; siempre lo ha sido. Que ella le regalara el contemplar de su iris de aguamarina. Que no volverá a usar su marchita voz sino para acariciarlo. Se retrae a una infancia que Leo sabe no existió, sino en mentirosos cuentos compartidos junto a ella. Que es la horrenda vejez la que truena desde su desdentada boca. Que la perdone mil veces más. Leo escucha con otro desgarrón en el envés de su piel, curtida y gruesa, pero demasiado permeable. Pobre sirena suya. El resto de su cuerpo anhela estar junto al movimiento de sus piernas. Cuando ella calla, Leo considera que está agotada. La devuelve con firmeza a la gamela que inicia pleamares en el cabezal de su cama.

Cuando entorna la puerta, aún la escucha llorar.

Leo está frente al mar. Melancólico. Confunde la necesidad de dosis, con su tristeza. No tiene ojos, es verdad, más que para la distancia del horizonte. Melancólico. Allí llegaran, hace muchos años, piratas y marineros, medusas y mujeres-peces, esqueletos de barcos y monstruos marinos. Eso le contó alguien cuando sus retinas comenzaron a tornarse del color definitivo.

Leo es ahora un viejo. No importa su edad. Sueña con lo que fue. Un hombre joven con sonrisa, vive encogido tras sus hundidas mejillas. En sus manos, unas redes. Se cubre con ellas mientras el sol declina. Tras empujar con pulso incierto un émbolo, que a diferencia de él, no tropieza nunca, con polvo apenas blanquecino, recuesta penas, añoranzas y tristeza sobre nasas. Nadie irá a sacudirlo, nadie a quién le importe. Tardará horas en volver de la travesía. Quién le ve, piensa que, un día no lejano, morirá en postura de avergonzarse por vivir en un tiempo que no le correspondía, temiendo que la muerte no llegue a copiar el grosor soñado. Se enganchará mientras, a una vida que fue suya y que perdió, madurez de flor imperfecta, indigna de ser admirada.

Solamente sus ojos poseen la belleza de quién ha sido devorado por las mareas.

Leo querrá no despertarse jamás, navegando perpetuos interiores.



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