No conocí a Granito de Sal, ni a la Bella Dorita,
ni vi girar nunca, sus aspas de madera,
me perdí su esplendor, según la abuela,
envidia del París, de las coristas.
Pero crecí al compás de aquella orquesta,
que le daba sentido al Paralelo,
parada obligatoria, "el agujero",
las tardes, al regreso de la escuela.
De uno en uno, temerarios,
pegábamos el ojo, en una puerta,
un universo de plumas y de piernas,
que daba justo al lateral, del escenario.
Agujero, mirador sentimental a La Revista,
con facultad de espabilar a los chiquillos,
La Maña, Merche Mar y el Escamillo,
de niño, yo también quería ser artista.





