De cuanto le esperó, ya, ni se acuerda.
Ni de como pasó las madrugadas,
las horas de balcón de aquel invierno,
lo que duele el amor, cuando se espera.
Los ceniceros llenos de impaciencia,
el móvil con toda la cobertura, las
botellas del vino de la ausencia, que
borraban del todo la cordura.
Y como si de Penélope se tratara,
sin banco, sin andén, sin abanico,
cambiando la estación, por una cama,
grande como el desierto, en un pasaje bíblico.
Los recuerdos abrían en su mente,
una sesión privada de diapositivas,
que iniciaba y cerraba el subconsciente,
hurgando en lo mas hondo de todas las heridas.
De cuanto le esperó, ya, ni se acuerda.
Dejaba el corazón en cualquier parte,
si la noche prometía algo de olvido,
de mentiras piadosas, pero tiernas.
Los amaneceres, eran mentira,
las caricias prestadas, tan extrañas,
nada como el calor de su sonrisa,
de sus besos de sol, cada mañana.
Y el tatuaje gemelo que se hicieron,
en una calle, cerquita de las Ramblas,
como canta la Piquer... “a fuego lento”,
se le borró del pecho y le quemaba el alma.




