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sábado, 16 de octubre de 2010

Un Martes más

Como cada martes ella le esperaba a la hora acordada desde hacia veinte años, el reloj era testigo de como los días pasaban, las canas y las arrugas afloraban en su dulce rostro pero el tiempo se paraba justo a las cinco de la tarde de cada martes y volvía a recuperar su juventud para seguir viviendo esa historia secreta que alimentaba su alma de mujer enamorada-
Les contaré brevemente su historia, mientras ella le espera: se conocieron en plena juventud pero los dos ya se habían entregado a otro amor, con sus respectivos hijos y cada uno con su pareja vivieron un amor de verano, a escondidas, sin ojos que fuesen testigos, pero no querían hacer daño a los seres con los que compartían sus vidas, así que decidieron guardar su amor en secreto y seguir viviendo su historia sólo los martes de cinco a nueve en la habitación en que culminó su amor.

...Y llegó la hora, ella serena y tranquila sale a la calle como siempre perdiendo la miraba entre la multitud buscando ansiosa verle llegar, se subiría al coche con él y discretamente partirían. Tan puntual y caballero como siempre, jamás le había fallado ni una sola tarde, emprendieron su camino hasta el hotel que vieron pasar de generación, siempre en la misma habitación con una sonrisa en los labios y sus manos unidas como dos enamorados, les daba igual lo que pensaran de ellos, si eran unos amantes que se encontraban a escondidas o un matrimonio que rompía su rutina, eso a nadie le importaba.

Entraban en la habitación tranquilos, como en casa y en la mesita de noche un ramo de flores que él siempre le regalaba y que sólo disfrutaba durante una horas. Conocían de sobra como debían aprovechar los minutos que el reloj marcaría y que ellos no mirarían, porque ya no les hacía falta, sabían cuantos besos les daba tiempo a darse, cuantas caricias recorrerían sus cuerpos, cuantos gemidos llenarían la habitación y como empezaba todo: él la desvestiría suave y lentamente mientras, ella se sonrojaría, después unirían sus cuerpos haciéndolos uno solo y dejarían que la pasión, el cariño y los deseos hicieran el resto, al terminar se abrazarían y se darían el último beso hasta la semana siguiente.

Eran las cinco y un minuto ya había pasado la semana, ella se disponía a salir a la calle, para ir a su encuentro, pero esta vez él no la esperaba, se quedó plantada en la esquina que tantas veces fue testigo de sus encuentros y vio como pasaban las horas y él no aparecía. Desolada, desorientada, confusa y asustada dirigió sus pasos hasta la casa donde él vivía y a la que nunca se acercó, en todos aquellos años, entonces vio salir por la enorme puerta de entrada una horrible caja acompañada de los lamentos de una mujer y unos hijos desconocidos hasta entonces para ella. La gente se agolpaba en la calle, hablaban entre ellos y ella como estatua de hielo, incapaz de moverse pero deseando derretirse de la tristeza, oía como decían: murió justo a las cinco de la tarde... su corazón se paró.

Ahora cada martes, a las cinco ella le visita y le deja el mismo ramo de flores con el que él siempre la obsequiaba pero esta vez no hay abrazos, ni besos, ni caricias y seguirán pasando los martes hasta que ella no pueda volver a visitarle.

 
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