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domingo, 17 de octubre de 2010

Juego de tres

Celebraban sus bodas de plata, veinticinco años junto a la misma mujer, amante, amiga, madre de sus hijos y cómplice incondicional, él decidió celebrarlo dándole una sorpresa muy especial, para comenzar la velada cenarían en su restaurante favorito, donde se citaron por primera vez, y después continuarían  en la habitación de un lujoso hotel, la noche prometía ser serena, tranquila y apetecía disfrutar de ella.
Aunque la verdad era, que los años habían apagado la pasión que sentían mutuamente, no esperaban mucho más el uno del otro, la rutina y la monotonía del lecho compartido ya no era lo mismo,  el amor perduraba pero ya no era suficiente.
-          Y que me has preparado.- dijo ella curiosa.
-          No seas impaciente, cuando lleguemos a la habitación lo sabrás.- contestó él con una sonrisa picarona en el rostro.
Entraron en la habitación y mientras él iba al baño ella pensaba en que seguramente le tendría preparada alguna joya de regalo, como era habitual en él.
-          ¿Necesitas ir al baño?.- preguntó él desde el fondo de la habitación.
-          No cariño, estoy bien.- dijo ella, apresurándose a desnudarse antes de que él volviera.
En ese momento llamaron a la puerta, ella se extrañó, y él se apresuró a abrirla mientras la miraba de refilón, medio desnuda sobre la cama.
-          Debe ser tu regalo.-  le dijo con voz serena y profunda.
Al abrirse la puerta una dulce voz dijo, hola, la acompañaba una figura de mujer esbelta, algo más joven que ellos, de sonrisa tierna y un hermoso cuerpo disimulado en un traje de chaqueta que realzaba su cuerpo de mujer.
-          ¿Quién es?, ¿Qué quiere?.- preguntó ella inquieta y desconcertada.
-          Ya te dije mi amor, es tu regalo… nuestro regalo.- dijo él guiñándole un ojo y viendo como ella se sonrojaba y entendía de que iba aquella “sorpresa” que su esposo había preparado.
En múltiples ocasiones hablaron de hacer un trío, para él era la mayor de las fantasías y se lo había propuesto en varias ocasiones, pero ella no terminaba por acceder, cosa que a él le daba mucha rabia puesto que aquella fantasía era casi una obsesión a la que no pensaba renunciar, éste era su último intento de hacer participe a su mujer de aquel sueño, así que dejó pasar a la chica a la habitación y le preguntó a su mujer:
-          ¿Quieres que se quede?.- dijo con voz atrevida y deseosa, de hecho ya andaba excitado con la idea.
Ella dudó durante un momento, su primera intención fue decir que no, pero después de vacilar unos segundos accedió a la petición de su esposo.
-          Déjala que se quede cielo y dile que se desnude.- añadió a sus pensamientos.
A los pocos minutos eran dos las mujeres que ocupaban la cama y él, desde un cómodo sillón, era espectador privilegiado.

La chica se fue desnudando poco a poco delante de ellos, con media sonrisa en su rostro y movimientos insinuantes, mientras disfrutaban del espectáculo, cada uno desde su posición, se acercó a ella y comenzó con un largo beso lésbico.
Los juegos entre ellas iban en aumento y después de un largo paseo entre sus cuerpos llevándolas a la máxima excitación le invitaron a él para que las acompañara… y ya eran tres en la cama, compartiendo caricias, que no sabían bien a quien iban dirigidas, miradas muy cómplices, el canto de los dedos acompasados y placeres inimaginables, haciendo el trío perfecto de cualquier sueño erótico.

La lujuria de él se reflejaba en sus ojos deseosos de placeres ocultos hasta el momento, las ganas de alcanzar el nirvana mientras aquellas hermosas mujeres, ninfas convertidas en diosas, paseaban sus lenguas por todos los huecos que encontraban a su paso y sus besos se alargaban hasta su boca para convertirlo en eterno. Era el paraíso. Más allá de lo imaginado su cuerpo se estremecía a cada caricia multiplicada por dos, elevándole por momentos la conciencia a territorios perdidos donde se encontró atravesado por el éxtasis al que fue irremediablemente arrastrado. Alternando su boca, sus dedos y su medida a cada una casi al unísono, para hacerlas llegar y llegar él con ellas.
El tiempo se acababa, ahora solo quedaba dejarse llevar por aquella onda inmensa que sacudía su orgasmo, abandonándose a ellas, tal vez fuera un sacrilegio ser tan feliz en ese momento pero pensó que jamás pediría perdón.

Después de varias horas, sus cuerpos se abandonaron al sueño, al descanso del guerrero tras la gran batalla, visiblemente ganada.

La invitada se vistió y abandonó la habitación dejando a la pareja disfrutar de la relajación que ofrecía el momento, y del regalo que se habían hecho, sin hacer ruido cerró la puerta tras ella, no sin antes intercambiar una mirada cómplice con él.
Bajó hasta el hall del hotel y se dirigió al bar, donde pidió algo de beber y dejó perder su mirada entre las botellas de alcohol.
-          ¿Se encuentra bien?.- le preguntó el camarero, viendo una lágrima caer por su sonrojado rostro, aún sofocado por lo sucedido.
-          Estoy bien, gracias.- dijo ella, con una leve sonrisa que interrumpió el camino de la lágrima.
Era evidente que no sabía mentir, así que el camarero quiso evitar hacerla entristecer aún más con su curiosidad y simplemente le dijo:
-          ¿Hoy no le acompaña su marido?.- mientras le cobraba la copa que acababa de beberse de un tirón.
-          No.- respondió ella, con voz muy firme tras levantarse para marcharse.
-          Hoy mi marido se quedó en la habitación con su mujer. 

 
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