Revisando mis anaqueles –atiborrados de libros, epístolas, fotos, que sólo yo, de cuando en cuando, veo y acaricio– encontré varios poemas escritos por mi padre, don Hipólito Antonio Álvarez; algunos se remontan a la décadas de los noventa; publicados en su mayoría en la otrora Universidad de los Caroreños: El Diario de Carora. A través de los años, el viejo Polo, ha demostrado –por medio de sus pensamientos– que es un aeda auténtico, autodidacta que nunca ha obedecido ni obedecerá a preceptos de ninguna escuela o tendencia literaria. Lector incansable. Seguidor de la obra de Rubén Darío, Andrés Eloy Blanco y Federico García Lorca. A pesar de ello, jamás ha podido –y en eso, quizás nos parecemos a él– nutrir su espíritu con las lecturas de los grandes maestros; porque nunca le interesó –menos ahora– la gloria o el olvido de la vida; simplemente, escribe, porque siente la necesidad de cantarle a los pájaros, a la tierra y, en cierto modo, a su pasado. El viejo Polo –como lo llaman en la intimidad familiar– nació un 26 de enero de 1925 en la mariana población de Aregue; para ser más concreto, en el caserío de La Cruz Verde. Lo soleado de las tardes, la noche entristecida, la infancia, el recuerdo de los abuelos, el polvorín de la quebrada, las caminatas con doña María Álvarez, la necesidad de hacerse hombre antes de tiempo, los silencios prolongados con su hermano mayor, don Jesús María Álvarez, se increparon con fuerza y para siempre en su alma. Cierto que su temática es envejecida; sí, pero está ceñida a una espiritualidad, realmente envidiable. Probablemente, en ello nos diferenciamos. Un fantasma rodea su entorno: el recuerdo de su madre muerta. A ella, a mi abuela (a quien recuerdo claramente llevándole unas copas de cristal a mi madre, allá en la lejana casa solariega de la calle San José, y trayéndome carritos llenos de caramelos) dedica gran parte de su producción poética, la cual he recopilado para publicarla el año entrante, bajo el título de Ventanal Poético. leopermelcarora@yahoo.es
ERA MI MADRE
La vi pasar y no era ella.
Pero cuando dobló la esquina la conocí.
Era mi madre.
No quería verme.
Era tan grande su dolor,
tan grande que me rechazó
por el sólo hecho de tomar
su tristeza
entre mis manos…
A pesar de tener tiempo
mucho tiempo
sin verla,
la contemplé y al momento
su rostro me abrazó
con el tierno lirio de su amor
maternal.
¡Oh, madre! Aún ausente
por los designios de la vida
yo te recuerdo como si estuvieras
en mis sueños,
en mis días,
en mis rezos…
Escritores anónimos para nosotros mismos, para los que nunca van a saber si lo son, pero escriben ya que las letras son "obreras contra la angustia, amigas de nuestra prisión y el consuelo en los bosques de la desesperación..."(Letras)
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viernes, 29 de octubre de 2010
EL VIEJO POLO
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