Siento los signos de otra carne florecer en mi cuerpo
gimen mis ángeles amantes de las sombras
hoy que tus ojos no quieren ver la luz.
En tu infierno propicio a mis deseos,
dejo que el relámpago de los versos me corte en estrofas ardientes.
Hierven los labios y la lengua es cuchillo
sobre tu cuello dulce y entregado.
La noche acaricia violines con fuego de palabras
hechizo de tu piel
sin ternura ni lágrimas.
Mi cuerpo te dibuja en sueño y llamarada.
Grito tu nombre sin ecos en la cima del cerro de tu carne.
Te despeñas sin fuerza entre mis brazos
cuando los ojos ya no miran al tiempo atravesado en redes de rutina,
alucinado en cadencias remotas
me sacas de la gruta del olvido
hacia el porvenir de otros fantasmas.
Como delicias del jardín de la tortura
me agujerea la memoria
la densidad erótica del salvaje latido
que aún resuena en mi boca.
Me quito de los ojos la luz del día
y el azul de este cielo que me irradió la piel
me arranco el corazón, su todo oscuro
y te lo ofrezco en mi goce profano
sangrando amor sobre tus labios sin compasión.





