No miro, aunque la veo.
La noto tan adentro.
A esta fuerza intestina me someto ,
me afirmo, asiento, creo.
Se derrama del centro
hacia la inmensidad de mi esqueleto
como un torrente inquieto,
un interior escorzo, una simiente
plantada y asentada dentro mío
que me lleva del lleno hacia el vacío.
Una certera y prodigiosa fuente
de chorro recio y lento
que puso sobre mí su acento.
Es la fe la certeza
de saber lo que es nada,
de tocar y sentirse lo intangible.
Me arroja con fiereza,
con una intensidad arrebatada
a creer lo que apenas es posible.
Aliento inasequible,
convicción permanente de lo tuyo,
raíz en la caverna de mi luna
donde quedó alojada la fortuna
y donde me hizo suyo.
Pulsión con ánimo de rayo
Tormenta desatada en pleno mayo.
Esperanza que toco
con la punta del dedo y del deseo.
Voluntad voluntaria y sometida.
Siempre lo mucho es poco
y lo poco de lo mucho saboreo
con esta fe de vida.
Quiero esta luz herida
por esta convicción que va de oscuro
y vuelve hacia lo rojo.
No es necesario el ojo,
sin la vista me siento ya seguro.
Por el instinto se afianza
un esqueje que solo es esperanza.
Libre tan obligadamente
de ser libre, y por libre, tan ufano,
liberadamente tan concreto.
Soy, confiadamente,
marchando de tu mano
una puerta que muestra su secreto.
La copa de un abeto
que hace bailar el viento
y que al viento se entrega.
La fe debe ser ciega
y tener en el alma su alimento.
No es virtud, solo un sueño.
Pero si dejas de soñarlo es tan pequeño…




