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lunes, 7 de junio de 2010

Sarah



Sarah guardaba celosamente el secreto de su verdadera vida, avergonzada, sin saber por qué ella, tan segura, tan fuerte ante los demás, sentía ese terror incontrolable cuando al llegar la noche, escuchaba el sonido irremediable del coche de su esposo entrando en el garaje de la casa.
No comprendía por qué, educada en la honestidad, la libertad y la independencia; siendo dueña de su vida y su mente, había agachado la cabeza y asumido que por alguna extraña razón merecía todo lo que inevitablemente atentaba contra su dignidad.
Desconocía cómo había llegado a aquella degradante situación sin encontrar la capacidad de reaccionar que sabía estaba dentro de sí misma.
Había repasado cientos de veces los primeros años de convivencia y enumerado cada uno de los instantes de su vida en común. Había visualizado minuto a minuto, los hechos puntuales que pudieran haber detonado el disparo mortal de la violencia incontrolada, en la palabra y actitud del hombre al que años atrás había amado.
El nacimiento de aquella criatura irrepetible que asomó a la vida pintando de colores diferentes la belleza de cada anécdota?
La impronta de los años que la iban convirtiendo en una atractiva mujer reflejada en los ojos de quienes la miraban?
Durante su niñez y adolescencia, esto era motivo de orgullo y satisfacción y no de odio y maldad.
Había intentado que su marido compartiera los dones que la vida les concedía, haciéndole partícipe y beneficiario de todo lo bello que poseían.
Pero como una maldición, la ira, la rabia, el odio, el desprecio, la humillación constante y la ausencia de todo afecto hacia su hijo, había ido aumentando en una espiral vertiginosa hasta convertir a aquel hombre en el enemigo más cruel jamás imaginado.
Recordaba el momento preciso en que las palabras lacerantes dejaron paso al primer golpe brutal que le destrozó la mandíbula haciéndola perder la consciencia hasta que el dolor la despertó sola, al pié del sillón en que minutos antes conversaba con una amiga; el teléfono aún descolgado, emitía un repetitivo sonido que se clavaba en sus sienes y, sujetándose la cara con las manos caminó casi a ciegas, buscando ayuda en la figura del médico amigo que vivía a pocos metros.
Todavía podía sentir en sus entrañas el desgarramiento interior de aquella otra tarde en que desde el suelo, aquel hombre, bestia descontrolada, le propinaba patadas de las que se cubría como podía, hasta que el sonido de un timbre lo alejó de su cuerpo magullado.
Visualizaba claramente el instante en que consiguió escapar al último golpe de su cabeza contra la áspera pared de aquel cuarto cerrado por dentro, con una muñeca rota y brotes de sangre que descendían por sus hombros empapando con descaro su vestido roto.
Podía visualizar con precisión tantas y tan lentas horas en que a escondidas, trataba de curar sus moratones y heridas, en un desesperado intento de que nadie los advirtiera.
Sarah apretó los puños y recordó la fortaleza de la mirada de su padre y el dulce olor de la piel de su madre y con la cabeza levantada, buscó profesionales que durante dos años la ayudaran a reconocer sus miedos, a recuperar su dignidad, a decir en voz alta: “Nunca más!”, convirtiendo ambas palabras en su único credo y religión.
Por fin consiguió ver la expresión del rostro de su marido esgrimiendo el puñado de folios que gritaba: “¡Demanda de divorcio!“ con la sonrisa cómplice de su hijo sujetándola por la cintura, mientras aquel hombre salía de sus vidas flanqueado por agentes de la policía judicial.
Llegaron los tres meses más absolutamente maravillosos que jamás pudo soñar. Estallaban las risas, las complicidades en su recién estrenada libertad, las canciones, las largas conversaciones bajo la acariciadora luz de las estrellas, las confesiones de amor y vida lanzadas al aire sin miedo a ser reprochados, la alegría de la liberación de los espantos del pasado reciente.
La felicidad más completa se había instalado generosa a su alrededor compartiéndola con aquel adolescente que inundaba su corazón.

Pero el destino, caprichoso, ilógico, feroz, acechaba para descargar el más duro golpe que ser alguno pueda soportar sobre el pecho de aquella mujer que había luchado hasta la extenuación contra el terror y contra sí misma, asida con desesperación a la ternura y al increíble sentimiento de Madre.
Sola, rota, sin voluntad, sin raciocinio, sin fuerza, loca de daño e incapaz de alcanzar a comprender una única justificación a tanto horror, sostenida por manos que no reconocía en su desvarío, aún tuvo que rendirse a las tinieblas del infierno, y acariciar con sus labios, cubrir con sus besos, lavar con sus lágrimas el cuerpo frío de aliento, carne inerte de su carne, mirada hueca de sus ojos, voz ahogada de su grito, al que la perversión de una muerte inexplicable, había segado brutalmente el latido de la esperanza.
Sin corazón, sin alma, sin cordura, sin aire, sin aliento… lamió la sangre de sus heridas, se recostó en la cuna de la amargura, descansó y, en un supremo acto de valentía, decidió enfrentarse al monstruo inhumano que plantó la simiente del ensañamiento, convirtiéndola en el bosque oscuro de tinieblas que la devoraba.
Y Sarah luchó. Sarah apartó la vergüenza de antaño. Sarah miró de frente al odio y la iniquidad. Sarah gritó al mundo la agonía silenciosa que como ella, miles de seres, sufrían sin pronunciar una sola palabra.
Y Sarah sobrevivió… y triunfó.
Ella sabe hoy que la palabra, en un instante, en un lugar, puede salvar una vida o inducir a que alguien abandone su ignominiosa existencia y recupere el aire limpio que le permita respirar libremente.
No es fácil, las cicatrices no se borran jamás, pero aunando esfuerzos, dando luz y taquígrafos a la barbarie, tal vez, un día podamos recoger el fruto del sacrificio de tantas y tantas víctimas del terror, que en el mundo son.

A todos los seres de cualquier condición, raza, color o religión que han sufrido y sufren hoy las consecuencias de la sinrazón y la violencia, mi respeto, comprensión y afecto y… este pequeño testimonio.

 
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