Las mujeres defienden con firmeza su opinión: cada una de nosotras -dicen ellas- es única y completamente distinta a cualquier otra que habite en éste u otro lugar y momento de la historia. Y ellos -como no- dan la razón a la evidencia -más les vale-.
No dedican menos esfuerzo a alimentar su otra verdad: todos los hombres sois iguales -sostienen, esta vez-, todos sois primos hermanos -se reafirman-. Y ellos lo creen ante tan convincente insistencia -como no-.
Ellas prestan suma atención a mantener bien tapado lo que tienen entre las piernas; a nadie se lo mostrarán si no se ganase el privilegio con gran cariño, mucha paciencia y no menor perseverancia. Ellos -tan simplones- piensan que, tal vez, en aquel recóndito rincón escondan la particularidad que caracteriza a cada una ellas y que tan diferentes las hace entre sí. Desde ese instante, una única obsesión ciega sus mentes: aprovechar cada oportunidad que se les presente para ver lo que con tanto mimo guardan. Curiosean a través de cerraduras o ventanucos que les permitan espiar a las chicas que se cambian detrás; frecuentan piscinas esperando el desliz que alegre su imaginación, aunque, si se produjese, nada verían por tan diminuto y sombrío resquicio; dejan caer a su paso monedas que les haga agachar e improvisan caídas a sus pies, rogando mientras caen que no lleven bragas o que éstas sean transparentes. Cualquier intento es válido, cualquier punto de vista, desde arriba o desde abajo, sirve para contemplar el preciado distintivo.
Mucho después, superados innumerables vicisitudes acaba la búsqueda; ya lo ha conseguido, al fin desvelará el secreto tan celosamente custodiado; el muchacho inexperto se dispone a desnudar por primera vez a una mujer, conquistado ya su corazón. El suyo, sintiendo tan próxima la revelación del misterio, teniendo tan cerca la respuesta a todas sus preguntas, galopa desbocado, a duras penas sujeto dentro del pecho; amenaza con reventar la cárcel que le apresa; intenta mantener la calma mas no lo logra. Torpe y apresurado, la despoja de la ropa en un santiamén, le agobia la impaciencia propia que parece robarle el tiempo; anhela abrir el cofre para descubrir el codiciado tesoro. No sabe que va a encontrar: tan pequeño, tan sutil, tan delicado, tan bien guardado, tan especial, tan diferente a todo lo visto anteriormente por él, tan..., tan... ¿Tan...?, ¿eso...?. ¿Ya está?, ¿no hay nada más?
Escritores anónimos para nosotros mismos, para los que nunca van a saber si lo son, pero escriben ya que las letras son "obreras contra la angustia, amigas de nuestra prisión y el consuelo en los bosques de la desesperación..."(Letras)
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sábado, 10 de abril de 2010
¿Dónde está la diferencia? (I)
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