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miércoles, 24 de marzo de 2010

Testigo carnal (3)




3


Llegó a su casa y como casi todas las noches se sirvió una copa de vino blanco helado. Hizo un gesto de contrariedad al ver que la vajilla sucia estaba intocada. Pensó que la empleada habría tenido algún contratiempo y se dijo que la lavaría más tarde, cuando reuniera ánimo. Se quitó las caravanas, las pulseras, y las dejó sobre la primera superficie plana que encontró. Abrió las ventanas a la noche mezquina de Pocitos cuyos sonidos llegaban asordinados hasta su piso. Volvió a la cocina, tomó la copa y fue hasta la sala. Los zapatos quedaron sobre la alfombra, junto a la mesa ratona. Se sentó en su sofá preferido, un Chesterfield, estiró las piernas y las apoyó sobre la mesita. Esperó que el vino, que bebía rápido pero en cortos sorbos, empezara a hacerle efecto. Sus músculos se fueron aflojando, como siempre, desde las manos hasta los pies cuyos dedos comenzaron a moverse como tentáculos de un minipulpo, lentos, independientes, obscenos. Dejó la copa casi vacía en el suelo, puso un disco cualquiera y encendió la computadora.
Fue hasta el baño y abrió las canillas hasta que el agua salió a la temperatura ideal como para meterse en ella un buen rato. Hizo girar la llave que bajaba el tapón cromado de la bañera que empezaba a llenarse y volvió hasta la computadora, activó el programa de correo electrónico y le ordenó ingresar en su cuenta personal. Levantó la copa y bebiendo fue a ver el progreso del agua en la bañera. Dejó la copa en el borde, tomó un pequeño recipiente de formas redondeadas y volcó un poco de su contenido -líquido, viscoso, azulado- sobre el agua que en pocos segundos se tiñó de un celeste fragante. Cuando volvió hasta la computadora vio que una ventana en la pantalla le indicaba que tenía nuevo correo. Eran tres mensajes. Uno de su primo, desde New York, donde vivía hacía ya más de 20 años, otro de Nelson, su insaciable productor que tenía la delirante convicción de que todo el mundo debería trabajar permanentemente, sin descanso, sin tiempo propio para ganar o perder, y el tercero de procedencia desconocida. Nunca había visto ese login. Pensó que quizás fuese spam, una de esas promociones que los negociantes de internet volanteaban por miles, decenas de miles de direcciones electrónicas con la esperanza de enganchar algún consumidor interesado en la infinita variedad de servicios que se ofrecían en el ciberespacio. Sin pensarlo, por mera curiosidad, llevó el cursor hasta la línea correspondiente a ese mensaje y pulsó dos veces el botón izquierdo del ratón.
No parecía ser una publicidad. Era una carta, o algo parecido. Se sentó y leyó.


From: jburn@star.com.au
Estábamos sentados en la playa. El sol bajaba sobre los edificios, allá enfrente; tras el agua y la isla, las gaviotas ciegas.
El citó a Shakespeare, creo que fue en la voz de Hamlet.
—El rey le preguntó por Polonio, y Hamlet contestó: Está de cena —dijo él.
—¿Dónde es esa cena? —preguntó el rey.
—No dónde, sino cómo —corrigió Hamlet—. Lo están comiendo los gusanos.
El se preguntó luego acerca del genio, del talento. ¿Qué es lo que hace que alguien tan biológicamente igual a otro, sin embargo, posea tal distinción espiritual? Tipos como esos, no los toca nadie. ¿Quién podría tocarlos?
—Hay un misterio —dijo—. ¿Vos sabés cuál es?
—No —le contesté.
El miraba para otro lado y movía las manos sobre la arena húmeda, haciendo y deshaciendo una estela ancha y corta. Quería decir algo, pero no se animaba. Le dije que debía irme. Me contestó que era una pena que no me quedara a compartir el sol que restaba del día, siempre sin mirarme. El viento había cesado hacía un buen rato.
—Hay muy pocas tardes como ésta en el año —dijo—. La gente no lo sabe, pero es así. Tardes soleadas, con esta brisa suave, esta temperatura corporal en el aire; muy pocas.
Me quedé. Entonces habló. Habló con infinito amor y calidez y miedo. Me explicó que estoy al borde de la muerte o de la gloria, aunque no fueron estas sus palabras. El habló con poesía, desde el mundo que está apenas un paso más allá de la razón, un paso leve y sutil que sólo algunos pocos espíritus se animan a dar más de una vez para volver a ese lugar donde la verdad de ciertas cosas se presenta tan desnuda que no se entiende, se atiende.
Tal vez lo soñó. Tal vez lo soñó despierto. Quizás lo soñamos juntos. Yo sabía que él tenía que decirme algo y él no sabía lo que tenía que decirme. Pero lo encontró.
—Nosotros somos esto —dijo haciendo una montañita de arena con las manos—, y entonces pasa el astro —y su mano izquierda partió la montañita al medio—. A algunos los quema —y me miró con pasión—, y a otros los distingue. Para muchos la vida no será como antes. Tu astro está pasando ahora. No se puede resistir lo inevitable. Aunque sientas que todas las puertas de la esperanza están cerradas, no te preocupes.
—No pasa nada —afirmé preguntando.
Me miró de nuevo de la misma forma que antes y asintió con la cabeza, pero no con los ojos.
Necesito horizonte, camino, ruta, paisaje, viento en la cara y sol. Mi amigo lo supo. Yo lo sé hace tiempo. Quiero salir del desfile de disfraces; mi máscara está cayendo y me gusta mi verdadero rostro. Es posible que mañana sea otro: un perro, un mosquito, un alcatraz, una sequoia, un rodríguez. Ser bajo, bajo y ancho. Está hecho.
Pd: No te fijes en mi login, lo estoy hackeando. Hasta mañana.


Lo primero que hizo fue mirar el login: jburn@star.com.au Releyó todo desde el principio deteniéndose aquí en una frase, allá en una palabra y volviendo atrás varias veces. No entendía de qué se trataba aquella insólita carta. ¿La habría recibido por un error de dirección? ¿Por qué hackear un login? Alguien que no quiere ser identificado. Un degenerado, un loco, un perverso, un tarado, un vendedor estilo internet. ¿Qué querría vender? ¿El horóscopo? ¡El agua...! Fue corriendo hasta el baño y cerró las canillas. Por suerte el desagüe de la bañera era amplio, pero del líquido viscoso y azul no quedaba casi nada. Se sintió de pronto desprotegida, frágil, espiada. Recordó las películas en las que mujeres solas son acosadas por una variedad de monstruos con forma de hombres. Experimentó un intenso escalofrío al pasar frente al ventanal de la sala. Del otro lado de la calle había decenas de ventanas, y más allá centenares de ellas en edificios más altos. ¿La estarían observando con binoculares? ¿Con algún telescopio doméstico? Cerró los cortinados. Fue hasta la cocina y llevó la botella de vino blanco hasta la mesa donde estaba la computadora. Seleccionó un comando. Mientras la impresora hacía lo suyo volvió a llenar la copa y la vació con dos largos tragos mirando fijamente las letras que se iban dibujando sobre el papel blanco aunque sin leerlas. Pero, ¿qué estoy haciendo?, se preguntó de pronto como si cayera brutalmente expelida desde la boca de un túnel invisible cuyo otro extremo la hubiese succionado por un momento a algún lugar inhóspito de un planeta extragaláctico y ahora la devolvía con violencia. Sacó la hoja de la impresora, hizo una bola irregular con ella y la embutió en la papelera, con rabia, casi con asco. Borró la carta de la carpeta “Correo entrante”. Abrió las cortinas y fue hasta el dormitorio. Se desvistió con prisa tirando la ropa sin fijarse dónde caía. Cuando los dedos de su pie derecho estaban tocando el agua se detuvo, volvió al dormitorio y abrió la pequeña caja de plata donde siempre tenía dos o tres porros armados. Encendió uno.
Estaba enteramente sumergida en el agua tibia con excepción de su cara y su antebrazo derecho. A través del agua apenas teñida de cielo las formas de su cuerpo se recortaban temblando contra el fondo de la bañera. Era pequeño, proporcionado y bello. Las piernas bien torneadas, las caderas algo estrechas pero bien marcadas por una cintura ajustadísima y presididas por una breve pilosidad, negra y que parecía suave. El torso nacía lentamente ascendiendo hacia los senos redondos, plenos y que rebosaban apenas la palma de una mano. Su boca succionaba largas pitadas del porro y sus labios se apretaban reteniendo el humo en los pulmones durante un momento. Sus ojos verdes miraban alguna intersección entre las hileras de azulejos rosa viejo, allí, delante de ella.
Su mente relajada por la marihuana vagaba por pensamientos que se asociaban libremente, pero volvía una y otra vez a la misteriosa carta. Su cuerpo se sentía envuelto en un estuche a la vez acariciante, flexible y levemente aprisionante. Apagó el toco en el agua y lo dejó sobre el borde contra la pared, junto a la ceniza. Sumergió el brazo derecho y cerró los ojos. Esa frase de Shakespeare, no la recordaba con precisión, pero era horrible. Eso de los gusanos que se están comiendo al que estaba de cena. Pero, bueno, es Shakespeare. Es ficción. Y después eso del astro y de lo inevitable, la gloria o la muerte, y se imaginó a un ladrón en una esquina oscura como en las tiras cómicas, con antifaz y gorra de paño encañonando a un incrédulo burgués; el globito decía: “La gloria o la vida". Sonrió, y se escuchó liberando un involuntario “he" desde el pecho que hizo una onda apenas perceptible en la superficie del agua. La onda se desplazó lentamente, cada vez más lentamente, hacia sus pies, rebotó contra la loza y regresó apenas insinuada. Veía la arruga móvil con los ojos casi a la altura del agua; sabía que llegaría hasta su mentón, pero le pareció que demoraba un tiempo enorme en recorrer esa breve distancia, un tiempo durante el cual sus pensamientos erraron por mil vericuetos inconexos. Cuando parecía que aquel pliegue minúsculo chocaría inminentemente contra su piel las palabras ocuparon todo: “Ser bajo, bajo y ancho. Está hecho”. Abrió la boca en el momento justo y la cerró como dando un mordiscón: lo que le tocaba de “he” le recorrió los labios, los dientes, las encías, el paladar. No lo pensó, realmente. Sólo dejó que la onda continuara su viaje.
Se había puesto una camiseta amplia y unas alpargatas blancas, un poco bigotudas, íntimas, que guardaba en el fondo de un placard, dentro de una coqueta caja de zapatos finos. Había lavado la vajilla, cocinado rápidamente unos champignons con crema y no había respondido el teléfono. En el contestador habían quedado tres mensajes de Mary: “Por favor, ¿dónde estás? Llamame en cuanto llegues; vamos al Oriente y viene el insufrible de Nacho. Tenés que ayudarme. Acordate del pacto y no seas traidora. Chaucito”, el primero. “Perdón, te llamé hace tres cuartos de hora y nada. ¿Estoy interrumpiendo algo? Te aguanto hasta las once y media. ¡Dale, llamame!”, el segundo. “Bueno, ingrata amiga, me tendré que bancar sola al Nacho, lo que es mejor que nada. ¿Dónde estás? ¿O estás ahí y no me das bola? En fin, ¡que viva la noche!”, el último. Uno de su invasivo productor: “Nena (siempre le decía 'Nena', a pesar de que le había aclarado mil veces que odiaba que la llamaran así; optó por devolverle el sopapo llamándolo 'Tontito' en cualquier circunstancia y especialmente en público), acordate de que mañana tenés que pasar a las 10 por lo de Patricia para elegir la bijou y después nos juntamos en la oficina para puntear lo de Londres que sabés que está brava la mano con el canal y además sería conveniente que fueras pensando cómo cuernos arreglamos la macana que se mandó tu amiguito camarógrafo en la secuencia del Central Park porque la emisión es dentro de tres días chau chau divina yo también te quiero”.
—Mañana es domingo, Tontito, y no pienso hacer nada de eso. Disolvete –se escuchó decirle al contestador.
Y uno de se madre: “Hola mi amor, habla tu madre (la gente de generaciones anteriores a la maquinización doméstica siempre cree necesario aclarar lo obvio, como si solamente le hablaran al contestador que, sin datos apropiados, después no sabría de quién es cada mensaje lo que perjudicaría irremisiblemente su trasmisión); Papi quiere saber si vas a venir a almorzar mañana. Dice que te extraña, que hace tres semanas que no te ve. Bueno, te manda un beso grandote y otro yo. Si podés llamanos. Chau; hasta mañana”.
Su madre siempre había hablado de la misma forma, invocando a su marido. Nunca había podido averiguar si realmente actuaba como portavoz o si utilizaba a su padre para dar más importancia a sus deseos. Autoestima, sí, ya tenía claro qué era lo que le faltaba. Pero no se podía quejar: conocía a otras y otros hijos únicos que la pasaban muchísimo peor. Dentro de todo, los suyos eran monopadres bastante autónomos. Sí, tal vez mañana iría a almorzar con ellos para renovar el inigualable sentimiento de ser sola, centro, ombligo, única, irrepetible y amada sin discreción. Aunque fuese un amor paternomaternal, era amor al fin. Obedeciendo a la compulsión de saborear algo dulce, muy dulce, totalmente dulce, se levantó del sofá desde donde estirada miraba distraídamente una película insípida que había agarrado empezada en el cable. Revolvió los placares de la cocina hasta que encontró una pequeña lata de cerezas en almíbar cuyo aspecto cosmético le pareció colmarían su ansiosa necesidad. Las colocó en un bol de postre y las llevó hasta la mesita, se sentó en el sofá y tomó la primera con lentitud, postergando el primer placer para hacerlo más disfrutable. Chupó la piel almibarada de la fruta dos o tres veces y la introdujo en su boca sin más contemplaciones. Estaba sentada frente al bol, los codos en las rodillas, masticando la primera cereza mientras ya sostenía otra entre el pulgar y el índice sacudiéndola levemente sobre el recipiente donde caían gotitas del jugo azucarado cuando se decidió: recuperó la extraña carta de la papelera informática y la imprimió, esta vez hasta el final. Siguió comiendo las cerezas hasta que se sintió empalagada, entonces encendió un cigarrillo, el único del día, tomó la hoja de la impresora y la puso en el suelo, junto a un cenicero. Empezó a leer con atención. Se le había ocurrido que quizás se tratara de una mujer. Ella había aceptado como un hecho que quien había escrito aquello era un hombre. Se dijo que si el texto no lo indicaba explícitamente era un buen tema para plantear en la terapia: ¿ando buscando tan desesperadamente un hombre? Avanzaba por los párrafos sin encontrar una sola pista, hasta que llegó casi al final: otro... aquí está: “Es posible que mañana sea otro... bajo y ancho...".
—Era un hombre, claro, tan loca no estoy —pensó.
Pero de inmediato dudó, podría ser Otro en el sentido de otredad, de ser otro Ser, otro juego de máscaras, otro mosquito, y “bajo y ancho" tampoco era un dato firme, son adjetivos, un edificio bajo, un pie ancho, un sentimiento bajo y ancho, un lugar panorámico distinto. “Es posible que mañana sea otro...", y terminaba con “Hasta mañana".
—¡Puta madre! ¿Qué es esto? —se preguntó en voz alta aunque sin crispación mientras levantaba la vista y sin darse cuenta la focalizaba en la pantalla de la computadora.
Dejó la hoja impresa en una bandeja de madera sobre el escritorio. Miró la hora: la una y media. Aseguró la puerta, apagó la computadora y las luces, se lavó exageradamente los dientes y se metió en la cama bajo una sábana de levísimo algodón blanco. Hacía calor pero no quiso levantarse a encender el aire acondicionado. Se sentía extraña, rara, aunque no encontraba la palabra exacta que describiera su sensación. Abrazó la almohada y con los ojos cerrados pensó que al día siguiente iría a almorzar con sus padres. Justo antes de entrar en el sueño la palabra desfiló por la oscuridad de sus ojos como en esos paneles con letras iluminadas que van revelándose de derecha a izquierda: …I…N…Q…U…I…E…T…A…

 
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