2
La cocina olía a muerto. Había ceniceros desbordando de puchos en los lugares más incómodos, montañas de libros en el piso, botellas vacías, piedras, ramas secas, trozos de hierro que alguna vez formaron parte de algo útil. Todo estaba colocado sin premeditación aparente y cubría la mayor parte de la superficie de la casa. Quedaban estrechos senderos más o menos liberados por los cuales era posible desplazarse de una habitación a otra. Esa acumulación extraña tenía una ventaja: no había dónde sentarse. No demasiado confortablemente, quizás.
Llegó hasta la cama e hizo una extraordinaria cantidad de movimientos encadenados: encendió una veladora, se quitó el saco y terminó de desanudarse la corbata, se quitó los zapatos atados empujándolos desde el talón con la punta del otro pie, se desajustó el cinturón, aplastó el cigarrillo en una montaña de puchos que se suponía estaba sobre un cenicero y eso fue todo; se dejó caer sobre la cama revuelta y pringosa. Minutos después, sin abrir los ojos, sin mover ninguna otra parte de su cuerpo, apagó la veladora con el brazo izquierdo revoleado en el aire. La habitación quedó apenas iluminada por el brillo de la pantalla de la computadora que no había apagado en ocho meses, desde el día en que la instaló. Pensaba que ella tenía que estar siempre disponible, sin dilaciones, sin trámites, sin gestos preparatorios: era una máquina y no merecía piedad. Antes de dormirse decidió nombrarla de alguna manera que al otro día habría olvidado.
Carloncho vivía en una chacra relativamente cercana a la ciudad. La casa era antigua. Vieja, dicen en estas tierras donde los conceptos de tradición e historia son casi desconocidos por no caber en una parrilla los domingos soleados ni en una calabaza rellenada cada mañana y cada tarde con yerba mate. Después de trasponer la portera sobre la que un cartel desprolijo advertía: “¡Cuidado. Perros perros!”, había que avanzar por el camino entre altas chircas y yuyales antes de ver la construcción principal. Los perros eran por lo menos una decena, perros de campo, mezcla de mezclas, pero no había ninguno pequeño. Unos cuantos venían acompañando el auto desde la entrada, gruñendo, ladrándole a las gomas y a los brillos de los cromados. Tocó bocina y esperó a que su amigo apareciera -lentamente, como siempre- por un costado de la casa que daba la espalda al camino. Aquí y allá quedaban lamparones de ladrillo y piedra a la vista. El campo circundante estaba completamente abandonado y había recuperado su naturaleza cimarrona, intimidante para cualquier curioso o extraviado. Supo que venía hacia allí cuando los perros, todos juntos, comenzaron a ladrar mucho más que antes corriendo alrededor del coche como poseídos por una rabia vengadora. El amo diría qué hacer después.
Era imposible saber cómo luciría Carloncho, cuyo aspecto físico y su estilo vestimentario variaban según sus estados de ánimo o la sensación de confluencias astrales que estuviese percibiendo en cada momento antes que por el clima y mucho menos por la moda. Podía parecer un hombre recién fugado del más descuidado asilo para enfermos mentales, con barba y mugre incluidas, un atlético deportista que se entrena para competir en los 100 metros llanos olímpicos, un campesino envuelto en lana rústica y sobada con botas de goma hasta las rodillas en pleno verano o como esa mañana, mostacho de mariachi, cabello lacio y algo largo, camiseta de algodón enrollada hasta las tetillas de manera que el vientre esta vez potente tomase aire fresco, pantalón corto y unos zapatos viejos calzados como chancletas. El pañuelo blanco anudado en las cuatro puntas que le cubría la cabeza era una de sus prendas más habituales en los días soleados.
Caminó hasta el automóvil mientras agitaba los brazos dándole la bienvenida y al mismo tiempo alejando los perros que en un segundo entendieron que se trataba de una visita confiable. Sonreía, contento, mientras abría la puerta del coche.
—¿Qué haces, animal? ¿Te vas a quedar ahí todo el día?
Se abrazaron y se besaron. Los perros se le acercaron con el hocico bajo, olfateándole los pantalones y los zapatos.
—Dejá que te huelan, así se dejan de joder —dijo Carloncho viendo que su amigo miraba con desconfianza a aquellas bestias que hasta hacía un minuto amenazaban con tragárselo sin masticar.
Ya conocía la casa, pero cada vez que venía lo maravillaba el increíble talento de su amigo para enmascarar por delante en pocilga lo que por detrás era un vergel. Por el fondo, que quedaba oculto al camino de acceso, la casa era una hermosa construcción restaurada y reciclada con gusto y respeto por sus características arquitectónicas esenciales: simplicidad, robustez, nobleza de materiales. La piscina y otras instalaciones contemporáneas quedaban fuera de la vista desde la casa, ocultas con gracia tras un juego de desniveles del terreno, árboles, enredaderas y setos tan convenientemente dispuestos que parecían haber nacido allí por capricho de la naturaleza. Adentro, entre los gruesos muros, el fresco no sólo se debía a las bondades de la construcción sino a un sofisticado ingenio de aire acondicionado central alimentado con energía solar y controlado por un sistema computarizado que el propio Carloncho había inventado. Todo era orden y pulcritud, pisos de madera y cerámica resplandecientes, muebles rústicos y antiguos con perfecto mantenimiento y el hogar original de la casa ahora limpio, esperando sus meses de gloria, cuando albergaría gruesos leños quemándose lentamente, manteniendo un fuego que sólo se extinguiría cuando la estación caliente estuviese bien entrada.
Carloncho recibía muy poco, pero era un excelente anfitrión. Llenó dos pequeños vasos con ginebra holandesa fresca y brindaron como antes, como siempre:
—¡Por la puta madre que te parió!
Se habían conocido en el liceo. Carloncho dudaba entre convertirse en mormón y dedicarse a la educación de niños pobres, marginados e infractores, tres características que aunque a menudo andan juntas no se asocian instantánea ni obligatoriamente. El, contrariamente a su amigo, no tenía ninguna idea de lo que quería hacer; venía del caos y continuaba hacia allí, aunque entonces no lo sabía. Simpatizaron de inmediato; compartieron la grappamiel, el miedo de no servir para nada, la indignación ante cualquier cosa que oliera a adultez, algunas mujeres y combates. Mucho más que lo necesario para fundirse en una amistad sin claudicaciones, una fraternidad del corazón y el espíritu. Habían llegado muy pronto a un estado de comunicación tan intenso que no necesitaban hablarse para comprenderse, lo que a menudo les acarreaba problemas con sus novias de turno quienes les reprochaban súbitas explosiones de hilaridad que la conversación explícita no justificaba y para las cuales sólo había mediado entre ellos un intercambio rápido de miradas, un medio gesto, y sus pensamientos -malos o buenos- quedaban clandestinamente conectados.
Carloncho había vivido en pensiones baratas y bulliciosas desde niño. Se empapó en los intersticios del alma humana mientras aprendía a hacer los mandados y a cruzar la calle, con la naturalidad de quien ve la vida ocurriendo delante suyo sin más velo que una puerta mal cerrada o la escasa intimidad que permite un delgado tabique de yeso entre dos habitaciones, dos mundos y sus penas, alegrías, glorias y miserias. Pero no hubiese alcanzado con ver y oír. El supo, además, entender.
No soportó la cincha del sistema educativo y se dedicó a estudiar filosofía devorando textos según su capricho, intuición o lógica, ¡qué más da! Su madre murió siendo él aún un joven y entonces afinó hasta el extremo su talento de sobrevivir sin negociar los principios. Pasó períodos muy difíciles. Hasta que dos cabos de su ecléctico espíritu investigador aparentemente caótico se unieron una tarde lluviosa mientras estaba concentrado en el olor a tortas fritas que subía por el pozo de aire del edificio de apartamentos de la Ciudad Vieja donde aguantaba el invierno.
Desde el inicio de su difusión masiva se había interesado en la informática. Leía cuanta cosa caía entre sus manos, aun sin entender cabalmente los textos más técnicos, seguro de que algo quedaría en su infinito subconsciente que fuera de alguna utilidad. Su muy personal itinerario de lecturas filosóficas, a su vez, lo había obligado a adquirir un método para ir fichando lo leído y lo que empezó siendo una cajita con tarjetas ordenadas alfabéticamente se había convertido en pocos años en un verdadero archivo, complejo, denso, con diferentes entradas y centenas de cruzamientos posibles. Le ocupaba todo un armario que había encontrado lugar definitivo en el baño. El olor a tortas fritas agitaba sus jugos gástricos hasta la desesperación. Y fue mientras luchaba por pensar en otra cosa cuando la idea le golpeó los ojos como un viento helado. Lo demás no fue sencillo, pero sí febril. El y un socio que supo seleccionar -un joven y astuto programador- patentaron unos meses después el “Arquiversal 1.1", un sistema de organización de archivos tan simple y eficaz que llamó la atención de las megaempresas informáticas. Se lo disputaron entre ellas para beneplácito de los creadores que terminaron recibiendo una suculenta cantidad de dinero por la mayor parte de la patente. Tuvieron el tino de reservarse un pequeño porcentaje de los derechos, previsión que les permitió convertirse en millonarios al cabo del primer año de explotación comercial del Arquiversal 1.1. Ahora, varios años después, el Arquiversal está comercializando su novena versión, mejorada y ampliada, pero que conserva en la base el sistema del original. Y la cuenta bancaria de Carloncho engorda sin que él deba hacer otra cosa que intentar disminuirla.
Viajó un tiempo por los confines del planeta sin pasar por París, Londres, Barcelona o Nueva York.
—Esas siempre van a estar ahí, puedo ir en cualquier momento; todo lo demás está desapareciendo —explicaba.
Y terminó instalándose en la chacra, repartiendo su tiempo entre la filosofía, la informática -de la que empezó apenas aficionándose por curiosidad y llegó a ser un verdadero experto en redes internacionales de hackers, convirtiéndose él mismo en un excelso ácrata cibernético- y su compañera, una mujercita pequeña, silenciosa y aindiada de la que se había prendado hacía tres años en una pasada por Solís de Mataojo, cuando ella tenía 17 años y trabajaba en el quilombo Apolo XII, frecuentado por los trabajadores de las plantas pesqueras de la zona. Ella, sin dejar de ser cortés, nunca pronunciaba más de tres o cuatro palabras seguidas delante de extraños, lo que en su concepto abarcaba a todas las personas que no fuesen Carloncho, el personal de servicio, y todos los animales.
Se amaban con reserva y misterio.
—Me agarraste tomando sol en la panza —dijo Carloncho sentándose en un gran sofá y moviendo la camiseta sobre el vientre como si fuese un abanico. Había cultivado un estilo crudo de expresarse porque amaba los contrastes.
—Estás hecho un chanchito burgués.
—Estoy... así, en un período oral, digamos. Necesito que el mundo me entre por la boca y me salga por el culo.
—Avisame cuando pases al período de tránsito inverso. En todo caso, hay una parte considerable de ese mundo que se te está atascando en la cintura.
—Tengo una dieta infalible y agradable. Cuando ya no me soporto más me paso una semana a puro té.
—¿Té? ¿De hierbas?
—Algo así, de hongos. Cucumelos. Estoy una semana alucinando y ni pienso en comer, fumar, cojer o cualquier otra cosa. Te juro, pierdo cinco o seis quilos al toque.
Rieron como si estuviesen sentados en el cordón de alguna vereda, con 16 años y todo el tiempo por delante.
Recién después del postre, al borde de la piscina, él le contó el propósito de la visita. La tarde estaba avanzada y las sombras de los árboles cubrían casi toda la superficie de agua verdiceleste. Carloncho estaba sentado al borde de la pileta, sus piernas iban y venían hacia adelante y hacia atrás, hacia los costados, como dibujando el agua.
—¿Te encajetaste con la guachita? —le preguntó.
El no respondió. Sabía que no era necesario.
—¿No me digas que al fin te enamoraste de alguien? —insistió Carloncho.
—No digas pavadas —contestó él demasiado seriamente para el tono con que había sido formulada la pregunta—. ¿Podés averiguar si tiene correo electrónico?
—Si querés te averiguo hasta de qué color prefiere las bombachas.
—Con el correo electrónico será suficiente.
—Pero, ¿qué querés hacer? Sos un perverso hijo de puta —dijo con una risa entrecortada—. Querés hacerle el bocho. Eso querés. Sos un hijo de puta... —calificativo que en la jerga de Carloncho era un verdadero cumplido.
Se despidieron mientras se ocultaba el sol. Ella le había dado un rápido beso en la mejilla derecha y había sonreído, toda una excepción que él supo apreciar. Carloncho lo acompañó hasta la portera y se quedó allí hasta que el auto dobló el primer recodo del camino de tierra que conducía hacia la ruta. Después regresó a su paraíso caminando despacio, olfateando los aromas del atardecer mientras los diez perros trillaban los alrededores de su amo como si fuesen guardaespaldas cuya principal diferencia y ventaja sobre los humanos dedicados a esa profesión era que ellos parecían distraídos.
Dos días después recibió la visita de Carloncho en su casa. Traía un cd. Lo introdujo en la computadora y desplegó centenares de direcciones electrónicas con sus respectivas claves. Los había de todos los continentes y de casi todas las capitales del mundo.
—Aquí tenés. Te aclaro una cosa: esto no es para hacer pendejadas; usalo con criterio. Hay dos tipos de cuentas: las que tienen un asterisco son las que por alguna razón están en servicio pero sus titulares no las usan o las han abandonado y algún error burocrático las dejó habilitadas. Las que tienen un guión son de personas o instituciones que tienen un tráfico enorme, miles de comunicaciones mensuales, ¿entendés? El secreto es usar uno por uno y sólo para correos breves; si usás uno por día vas a tardar 477 días en volver al primero. De esa forma es casi imposible que alguien se percate de que estás utilizando su cuenta. ¿Cazaste, no? Uno cada día. Si las querés usar para meterte en internet con conexiones largas o arriesgarte tratando de entrar en servidores protegidos, entonces no te doy ninguna garantía.
Carloncho copió el contenido del cd en el disco duro de su amigo, lo retiró y lo guardó en una bolsa de nailon que después colocó delicadamente dentro de una gran saco de plastillera roja repleto de objetos indefinidos que cerraba una gruesa cuerda de nailon celeste en cuyo extremo había un nudo corredizo donde Carloncho colocaba un gancho de hierro.
—Es de lo más práctico para viajar en ómnibus llenos; en vez de andar arrastrando la bolsa la cuelgo del pasamanos y la voy corriendo con un dedo, ¿te das cuenta, botija? —dijo señalando la nada con el índice regordete de la mano derecha. Nunca había querido aprender a conducir. Sólo la inspiración del momento determinaba si haría cada desplazamiento en ómnibus, taxi, remise o helicóptero, pero siempre con chofer.
Se quedó tres días. Lavó la vajilla, barrió lo barrible de los pisos, surtió la heladera y el bar, cocinó, ventiló y sacudió el apartamento como si estuviese en su casa y sin hacer absolutamente ningún comentario al respecto. La tarde del tercer día la pasaron en la playa, y esa noche Carloncho se fue con su bolsa de plastillera al hombro fingiendo que nada había sucedido.
Apenas quedó solo en su apartamento fue hasta la computadora y escribió lo que parecía una carta. Siguió el procedimiento recomendado por Carloncho y envió el texto a la dirección que digitaba por primera vez y que desde ese momento quedaría grabada para siempre en su memoria.
Llegó hasta la cama e hizo una extraordinaria cantidad de movimientos encadenados: encendió una veladora, se quitó el saco y terminó de desanudarse la corbata, se quitó los zapatos atados empujándolos desde el talón con la punta del otro pie, se desajustó el cinturón, aplastó el cigarrillo en una montaña de puchos que se suponía estaba sobre un cenicero y eso fue todo; se dejó caer sobre la cama revuelta y pringosa. Minutos después, sin abrir los ojos, sin mover ninguna otra parte de su cuerpo, apagó la veladora con el brazo izquierdo revoleado en el aire. La habitación quedó apenas iluminada por el brillo de la pantalla de la computadora que no había apagado en ocho meses, desde el día en que la instaló. Pensaba que ella tenía que estar siempre disponible, sin dilaciones, sin trámites, sin gestos preparatorios: era una máquina y no merecía piedad. Antes de dormirse decidió nombrarla de alguna manera que al otro día habría olvidado.
Carloncho vivía en una chacra relativamente cercana a la ciudad. La casa era antigua. Vieja, dicen en estas tierras donde los conceptos de tradición e historia son casi desconocidos por no caber en una parrilla los domingos soleados ni en una calabaza rellenada cada mañana y cada tarde con yerba mate. Después de trasponer la portera sobre la que un cartel desprolijo advertía: “¡Cuidado. Perros perros!”, había que avanzar por el camino entre altas chircas y yuyales antes de ver la construcción principal. Los perros eran por lo menos una decena, perros de campo, mezcla de mezclas, pero no había ninguno pequeño. Unos cuantos venían acompañando el auto desde la entrada, gruñendo, ladrándole a las gomas y a los brillos de los cromados. Tocó bocina y esperó a que su amigo apareciera -lentamente, como siempre- por un costado de la casa que daba la espalda al camino. Aquí y allá quedaban lamparones de ladrillo y piedra a la vista. El campo circundante estaba completamente abandonado y había recuperado su naturaleza cimarrona, intimidante para cualquier curioso o extraviado. Supo que venía hacia allí cuando los perros, todos juntos, comenzaron a ladrar mucho más que antes corriendo alrededor del coche como poseídos por una rabia vengadora. El amo diría qué hacer después.
Era imposible saber cómo luciría Carloncho, cuyo aspecto físico y su estilo vestimentario variaban según sus estados de ánimo o la sensación de confluencias astrales que estuviese percibiendo en cada momento antes que por el clima y mucho menos por la moda. Podía parecer un hombre recién fugado del más descuidado asilo para enfermos mentales, con barba y mugre incluidas, un atlético deportista que se entrena para competir en los 100 metros llanos olímpicos, un campesino envuelto en lana rústica y sobada con botas de goma hasta las rodillas en pleno verano o como esa mañana, mostacho de mariachi, cabello lacio y algo largo, camiseta de algodón enrollada hasta las tetillas de manera que el vientre esta vez potente tomase aire fresco, pantalón corto y unos zapatos viejos calzados como chancletas. El pañuelo blanco anudado en las cuatro puntas que le cubría la cabeza era una de sus prendas más habituales en los días soleados.
Caminó hasta el automóvil mientras agitaba los brazos dándole la bienvenida y al mismo tiempo alejando los perros que en un segundo entendieron que se trataba de una visita confiable. Sonreía, contento, mientras abría la puerta del coche.
—¿Qué haces, animal? ¿Te vas a quedar ahí todo el día?
Se abrazaron y se besaron. Los perros se le acercaron con el hocico bajo, olfateándole los pantalones y los zapatos.
—Dejá que te huelan, así se dejan de joder —dijo Carloncho viendo que su amigo miraba con desconfianza a aquellas bestias que hasta hacía un minuto amenazaban con tragárselo sin masticar.
Ya conocía la casa, pero cada vez que venía lo maravillaba el increíble talento de su amigo para enmascarar por delante en pocilga lo que por detrás era un vergel. Por el fondo, que quedaba oculto al camino de acceso, la casa era una hermosa construcción restaurada y reciclada con gusto y respeto por sus características arquitectónicas esenciales: simplicidad, robustez, nobleza de materiales. La piscina y otras instalaciones contemporáneas quedaban fuera de la vista desde la casa, ocultas con gracia tras un juego de desniveles del terreno, árboles, enredaderas y setos tan convenientemente dispuestos que parecían haber nacido allí por capricho de la naturaleza. Adentro, entre los gruesos muros, el fresco no sólo se debía a las bondades de la construcción sino a un sofisticado ingenio de aire acondicionado central alimentado con energía solar y controlado por un sistema computarizado que el propio Carloncho había inventado. Todo era orden y pulcritud, pisos de madera y cerámica resplandecientes, muebles rústicos y antiguos con perfecto mantenimiento y el hogar original de la casa ahora limpio, esperando sus meses de gloria, cuando albergaría gruesos leños quemándose lentamente, manteniendo un fuego que sólo se extinguiría cuando la estación caliente estuviese bien entrada.
Carloncho recibía muy poco, pero era un excelente anfitrión. Llenó dos pequeños vasos con ginebra holandesa fresca y brindaron como antes, como siempre:
—¡Por la puta madre que te parió!
Se habían conocido en el liceo. Carloncho dudaba entre convertirse en mormón y dedicarse a la educación de niños pobres, marginados e infractores, tres características que aunque a menudo andan juntas no se asocian instantánea ni obligatoriamente. El, contrariamente a su amigo, no tenía ninguna idea de lo que quería hacer; venía del caos y continuaba hacia allí, aunque entonces no lo sabía. Simpatizaron de inmediato; compartieron la grappamiel, el miedo de no servir para nada, la indignación ante cualquier cosa que oliera a adultez, algunas mujeres y combates. Mucho más que lo necesario para fundirse en una amistad sin claudicaciones, una fraternidad del corazón y el espíritu. Habían llegado muy pronto a un estado de comunicación tan intenso que no necesitaban hablarse para comprenderse, lo que a menudo les acarreaba problemas con sus novias de turno quienes les reprochaban súbitas explosiones de hilaridad que la conversación explícita no justificaba y para las cuales sólo había mediado entre ellos un intercambio rápido de miradas, un medio gesto, y sus pensamientos -malos o buenos- quedaban clandestinamente conectados.
Carloncho había vivido en pensiones baratas y bulliciosas desde niño. Se empapó en los intersticios del alma humana mientras aprendía a hacer los mandados y a cruzar la calle, con la naturalidad de quien ve la vida ocurriendo delante suyo sin más velo que una puerta mal cerrada o la escasa intimidad que permite un delgado tabique de yeso entre dos habitaciones, dos mundos y sus penas, alegrías, glorias y miserias. Pero no hubiese alcanzado con ver y oír. El supo, además, entender.
No soportó la cincha del sistema educativo y se dedicó a estudiar filosofía devorando textos según su capricho, intuición o lógica, ¡qué más da! Su madre murió siendo él aún un joven y entonces afinó hasta el extremo su talento de sobrevivir sin negociar los principios. Pasó períodos muy difíciles. Hasta que dos cabos de su ecléctico espíritu investigador aparentemente caótico se unieron una tarde lluviosa mientras estaba concentrado en el olor a tortas fritas que subía por el pozo de aire del edificio de apartamentos de la Ciudad Vieja donde aguantaba el invierno.
Desde el inicio de su difusión masiva se había interesado en la informática. Leía cuanta cosa caía entre sus manos, aun sin entender cabalmente los textos más técnicos, seguro de que algo quedaría en su infinito subconsciente que fuera de alguna utilidad. Su muy personal itinerario de lecturas filosóficas, a su vez, lo había obligado a adquirir un método para ir fichando lo leído y lo que empezó siendo una cajita con tarjetas ordenadas alfabéticamente se había convertido en pocos años en un verdadero archivo, complejo, denso, con diferentes entradas y centenas de cruzamientos posibles. Le ocupaba todo un armario que había encontrado lugar definitivo en el baño. El olor a tortas fritas agitaba sus jugos gástricos hasta la desesperación. Y fue mientras luchaba por pensar en otra cosa cuando la idea le golpeó los ojos como un viento helado. Lo demás no fue sencillo, pero sí febril. El y un socio que supo seleccionar -un joven y astuto programador- patentaron unos meses después el “Arquiversal 1.1", un sistema de organización de archivos tan simple y eficaz que llamó la atención de las megaempresas informáticas. Se lo disputaron entre ellas para beneplácito de los creadores que terminaron recibiendo una suculenta cantidad de dinero por la mayor parte de la patente. Tuvieron el tino de reservarse un pequeño porcentaje de los derechos, previsión que les permitió convertirse en millonarios al cabo del primer año de explotación comercial del Arquiversal 1.1. Ahora, varios años después, el Arquiversal está comercializando su novena versión, mejorada y ampliada, pero que conserva en la base el sistema del original. Y la cuenta bancaria de Carloncho engorda sin que él deba hacer otra cosa que intentar disminuirla.
Viajó un tiempo por los confines del planeta sin pasar por París, Londres, Barcelona o Nueva York.
—Esas siempre van a estar ahí, puedo ir en cualquier momento; todo lo demás está desapareciendo —explicaba.
Y terminó instalándose en la chacra, repartiendo su tiempo entre la filosofía, la informática -de la que empezó apenas aficionándose por curiosidad y llegó a ser un verdadero experto en redes internacionales de hackers, convirtiéndose él mismo en un excelso ácrata cibernético- y su compañera, una mujercita pequeña, silenciosa y aindiada de la que se había prendado hacía tres años en una pasada por Solís de Mataojo, cuando ella tenía 17 años y trabajaba en el quilombo Apolo XII, frecuentado por los trabajadores de las plantas pesqueras de la zona. Ella, sin dejar de ser cortés, nunca pronunciaba más de tres o cuatro palabras seguidas delante de extraños, lo que en su concepto abarcaba a todas las personas que no fuesen Carloncho, el personal de servicio, y todos los animales.
Se amaban con reserva y misterio.
—Me agarraste tomando sol en la panza —dijo Carloncho sentándose en un gran sofá y moviendo la camiseta sobre el vientre como si fuese un abanico. Había cultivado un estilo crudo de expresarse porque amaba los contrastes.
—Estás hecho un chanchito burgués.
—Estoy... así, en un período oral, digamos. Necesito que el mundo me entre por la boca y me salga por el culo.
—Avisame cuando pases al período de tránsito inverso. En todo caso, hay una parte considerable de ese mundo que se te está atascando en la cintura.
—Tengo una dieta infalible y agradable. Cuando ya no me soporto más me paso una semana a puro té.
—¿Té? ¿De hierbas?
—Algo así, de hongos. Cucumelos. Estoy una semana alucinando y ni pienso en comer, fumar, cojer o cualquier otra cosa. Te juro, pierdo cinco o seis quilos al toque.
Rieron como si estuviesen sentados en el cordón de alguna vereda, con 16 años y todo el tiempo por delante.
Recién después del postre, al borde de la piscina, él le contó el propósito de la visita. La tarde estaba avanzada y las sombras de los árboles cubrían casi toda la superficie de agua verdiceleste. Carloncho estaba sentado al borde de la pileta, sus piernas iban y venían hacia adelante y hacia atrás, hacia los costados, como dibujando el agua.
—¿Te encajetaste con la guachita? —le preguntó.
El no respondió. Sabía que no era necesario.
—¿No me digas que al fin te enamoraste de alguien? —insistió Carloncho.
—No digas pavadas —contestó él demasiado seriamente para el tono con que había sido formulada la pregunta—. ¿Podés averiguar si tiene correo electrónico?
—Si querés te averiguo hasta de qué color prefiere las bombachas.
—Con el correo electrónico será suficiente.
—Pero, ¿qué querés hacer? Sos un perverso hijo de puta —dijo con una risa entrecortada—. Querés hacerle el bocho. Eso querés. Sos un hijo de puta... —calificativo que en la jerga de Carloncho era un verdadero cumplido.
Se despidieron mientras se ocultaba el sol. Ella le había dado un rápido beso en la mejilla derecha y había sonreído, toda una excepción que él supo apreciar. Carloncho lo acompañó hasta la portera y se quedó allí hasta que el auto dobló el primer recodo del camino de tierra que conducía hacia la ruta. Después regresó a su paraíso caminando despacio, olfateando los aromas del atardecer mientras los diez perros trillaban los alrededores de su amo como si fuesen guardaespaldas cuya principal diferencia y ventaja sobre los humanos dedicados a esa profesión era que ellos parecían distraídos.
Dos días después recibió la visita de Carloncho en su casa. Traía un cd. Lo introdujo en la computadora y desplegó centenares de direcciones electrónicas con sus respectivas claves. Los había de todos los continentes y de casi todas las capitales del mundo.
—Aquí tenés. Te aclaro una cosa: esto no es para hacer pendejadas; usalo con criterio. Hay dos tipos de cuentas: las que tienen un asterisco son las que por alguna razón están en servicio pero sus titulares no las usan o las han abandonado y algún error burocrático las dejó habilitadas. Las que tienen un guión son de personas o instituciones que tienen un tráfico enorme, miles de comunicaciones mensuales, ¿entendés? El secreto es usar uno por uno y sólo para correos breves; si usás uno por día vas a tardar 477 días en volver al primero. De esa forma es casi imposible que alguien se percate de que estás utilizando su cuenta. ¿Cazaste, no? Uno cada día. Si las querés usar para meterte en internet con conexiones largas o arriesgarte tratando de entrar en servidores protegidos, entonces no te doy ninguna garantía.
Carloncho copió el contenido del cd en el disco duro de su amigo, lo retiró y lo guardó en una bolsa de nailon que después colocó delicadamente dentro de una gran saco de plastillera roja repleto de objetos indefinidos que cerraba una gruesa cuerda de nailon celeste en cuyo extremo había un nudo corredizo donde Carloncho colocaba un gancho de hierro.
—Es de lo más práctico para viajar en ómnibus llenos; en vez de andar arrastrando la bolsa la cuelgo del pasamanos y la voy corriendo con un dedo, ¿te das cuenta, botija? —dijo señalando la nada con el índice regordete de la mano derecha. Nunca había querido aprender a conducir. Sólo la inspiración del momento determinaba si haría cada desplazamiento en ómnibus, taxi, remise o helicóptero, pero siempre con chofer.
Se quedó tres días. Lavó la vajilla, barrió lo barrible de los pisos, surtió la heladera y el bar, cocinó, ventiló y sacudió el apartamento como si estuviese en su casa y sin hacer absolutamente ningún comentario al respecto. La tarde del tercer día la pasaron en la playa, y esa noche Carloncho se fue con su bolsa de plastillera al hombro fingiendo que nada había sucedido.
Apenas quedó solo en su apartamento fue hasta la computadora y escribió lo que parecía una carta. Siguió el procedimiento recomendado por Carloncho y envió el texto a la dirección que digitaba por primera vez y que desde ese momento quedaría grabada para siempre en su memoria.




