Te pensé metódicamente en una primavera de lirios
con tu piel impregnada de antiguos gemidos.
A veces, cuando el silencio entornaba los ojos
cantaban suavísimas tus caderas en mis oídos.
Te añoré fervientemente en un otoño de hojas,
echaba de menos tus piernas enlazadas a mi cintura,
tus manos recogiendo cada una de mis dudas,
y el escalofrío de mi espalda intuyendo tu locura.
Te amé en la distancia de las frías noches de invierno,
en la ternura de mis guantes, en tu cuerpo ausente de mí.
Te amé con entrega absoluta, en el cielo y en el infierno.
Te amé, hasta en los gélidos amaneceres deshilvanados de ti.
¿Por qué permaneces aquí? ¿Quién te invito a venir?
Cuando el silencio me envuelve, tu voz me crece solemne.
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