Rectilíneos alfileres.
-¡Buenos días… señor… señora…! Déjeme pasar, por favor. Gracias por su amabilidad. Ah, buenos días, es usted de Información ¿verdad?
Tengo mi número en orden. Sí, el turno me lo dieron para la Consulta número once, puerta cuatro. En la primera planta. Muy agradecido.
Oftalmología
-¿Cómo? No entiendo… ¿Se dirige a mí? Pues… ¿me pregunta “cómo estoy aquí”?
He entrado por la entrada principal como cualquier otro paciente, tengo aquí el informe de la cita… ¿Qué quién me lo ha dado? Pues la Trabajadora Social. Una chica muy amable, lo que es extraño, si lo pienso. La mayoría de ellas se fruncen con hocico amargo, al verme sentado frente a ellas, con todo el tiempo del mundo extendido en la mesa, sin dejarles tomar su café o charlotear por teléfono. Alguna se esconde entre los papeles o los archivadores. Golpean su bolígrafo con impaciencia.
Se repliegan como los contendientes en las guerras. Tierra por medio. Les impongo. Son demasiado jóvenes para tener empatía… tampoco para darse cuenta de que la vida no es lineal.
En realidad, es un zigzag que recorre todos los estados posibles de las anotaciones mentales que extraemos de la vida. Un recorrer abismos y tratar de caer en ellos. Es en la segunda oportunidad cuando lucharás por esquivarlos, si has conseguido sobrevivir a la primera caída…
Sus pupilas se encogen hasta el tamaño mínimo y fabuloso de las cabezas de alfiler, aguijoneando sin facilitarme sitio en sus pupilas. Tienen miedo de que algo mío les infecte por los ojos…
Perdone, me he distraído con mis pensamientos, que a veces se visten de sonidos, por la costumbre, sabe… Si no hay nadie que escuche… ¿Qué importancia tiene hablar o no hacerlo? Sí claro, yo lo entiendo, es usted el Vigilante de Seguridad y tiene que hacer su trabajo, en este caso preguntarme a qué parte de este edificio voy, con ropas de habitual arrugadas y mal barbeado. Recién salido del albergue; no señor, no huelo fuerte, como usted me dice, estoy oliendo a limpio reciente, pero con el poso de suciedad tardía.
Me han dado de desayunar, no se confunda… no soy un muerto de hambre ni mi objetivo es robar o mendigar. El albergue está limpio y tienen sus normas extrañas e insoportables:… siempre se vende una doctrina, sabe usted; pero el estómago lo contemplan como vía para sendear hacia el cerebro, ¿comprende? por eso no deseo tomarme algo aunque me invite… para obligarme a esperar al final de la consulta y darle tiempo al médico a decidir si tendrá ganas de atenderme o de escapar por otra puerta, rezando para no encontrarse con el "sintecho" que le han dicho está esperando; cuando no tenga al resto de citados esperando su turno, esos que estarán lanzándome cuchicheos y reojos curiosos.
Un acerico soy… diana de dardos de chismes y rechazos, aún sin conocer nada de mi vida, soy culpable, llevando mi culpabilidad a rastras en mis ropas, en mis modales supuestamente rudos y maleducados… en la suposición de que me merezco lo que vivo… solamente por verse protegidos de una situación que desean alejar de sus terrores.
El camino no se presenta recto, con frecuencia, es corto y esquinado. Crea sombras en los carteles indicadores. El fin se diluye en la lejanía, dejando quizás adivinarse con desgana.
Pero ¿importa? ¿Qué importa cuando me miran con curiosidad malsana o rechazan palabras que escribo en un cartón?
Me ensartan el corazón en alfileres, como si mi humanidad quedase en entredicho, en pura apariencia. En hilvanados preventivos.
Perdone, otra vez me dejo llevar por cavilar en alta voz, incontinente mi garganta para expresar lo que pienso. Converso conmigo mismo, pese a que me escuchen los demás.
Usted me dice: ¡Entienda, hombre…!
No sé que tengo que entender, si tengo que entender algo…
¡Disculpe! No tengo inconveniente en sentarme aquí, bajo su vista y sudorosa axila, en esta puerta de entrada e intentar hacerme invisible hasta el fin de la hora de mi cita. Pero quiero que me atiendan, tengo el papel que la confirma y me he presentado. Estoy aquí.
Soy un remiendo, pero aún… late mi pecho.
Quiero que el doctor me vea. Aunque sea de mala gana. Aunque ponga barrera de mascarilla y guantes de látex. Aunque arrugue la cara con gesto de asco no disimulada. He venido. Antes de la hora correspondiente, puntual, que yo sé comportarme, no crea. No soy un ser antisocial.
Y tengo raya en los pantalones y en la cabeza.
Vengo perfectamente rectilíneo. ¿Vé usted?
Espero que ahora, el médico no tenga una urgencia o un malestar de barriga increíble; amplia en el umbral del dolor, viéndose obligado a abandonar el centro sin poderme atender, o dejarme para que me vea otro colega, ése que seguro que le cae fatal o le debe un favor gordísimo.
Ese favor-error gordísimo sería yo… que estoy aquí incómodo, vigilado por un uniforme con autoridad, al lado de una máquina expendedora de agua, viendo a la gente pasar con prisa, cruzarse unos con otros, unos enfermos con otros más enfermos, tan similares en sus casos y no deseando verse ni conocerse por el miedo al contagio.
Si alguna lágrima abre un surco en el párpado inferior, mirarán hacia otro sitio. No por falta de humanidad, sino por vergüenza, por imposibilidad de consolar, por un no querer tocar las lágrimas de los demás…
Es la vida. Usted lo comprueba en cada jornada laboral.
Yo también he venido para que me examinen. Es el ojo izquierdo, está estropeado. ¿Ve? Tengo una nube de lluvia que nunca escampa. No es para volver a leer, aunque me gustaría poder ver nítidos los horóscopos del periódico, ¿sabe? … soy el que los cree… o los resultados de los partidos del fútbol, ni para ver de nuevo la estrella polar, que sé dónde aparecerá cada noche, entre el brillo sedoso del luto, no; es para verla a ella…
Distinguirla entre el resto de nosotros, de esa masa que se pierde por las manzanas de edificios, desbandadas de pájaros humanos, porque a veces no brilla con la fuerza habitual, entonces sé que está triste, que algo empaña su aura blanquecina de purpurina.
Quisiera limpiar el cristal con el que la miro, para advertir su tristeza y combatirla. Aniquilándola, pulverizándola, destruyéndola.
Blandiendo alguno de estos alfileres que me atraviesan.
Si no distingo rápido su cuerpo, entre los millones de personas que pueblan el mundo, cualquier otro puede acercarse a ella… y besar sus labios acariciando su imagen con ojos sanos.
Por eso estoy aquí hoy.
Quiero ser yo el que lo haga.
Dejar de ser muñeco alfileteado y sentirme héroe por un momento…
Relato de Susi Romero de la Torre
Lasosita.





