Es necesario respirar las cosas para escribir sobre ellas.
Privilegiado el poeta que viaja, y respira, por ejemplo, una montaña o una torre o una flor exótica. Entonces inhala el poeta – o el que así se hace llamar – la esencia de las cosas lejanas para otros. Retiene el aire hasta que, con el rostro un poco morado y las mejillas cómicamente infladas, encuentra un trozo de papel o un muro o su propia piel, y exhala allí, de a soplos, una mezcla de tierra y vértigo y clorofila, que oscila entre la vida y el artificio. Y para él o ella, eso forma parte de un ciclo elemental: el aliento que desprende de su boca regresa a las cosas y estas se dejan respirar nuevamente pero nunca de la misma forma.




