El sol cruje las maderas del barco
y el mar azota sus costados,
sacudiendo el polvo del desuso
del olvido y del pasado.
Están prisioneras en su ancla muerta
miles de algas, corales y arenas,
que despacio se mueven
cuando sube la marea.
El camarote está vacío
ya murieron los que vivían,
del capitán en el timón
al joven vigía.
Ya no suenan sus remos
surcar y aligerar el agua,
ya no suenan sus cañones
del enemigo arrebatar almas.
Ya todo está desierto,
ya todo quedó en calma,
ya todos recibieron muerte,
del comantante y su anteojo,
al abatido grumete.
Y arrastrado por las olas
se balancea acompasado,
pobre barco viejo
mohoso, podrido y oxidado.
Y poco a poco
con cada movimiento
va entrando el agua en sus maderas,
el mar se lo va comiendo
y se rasgan las velas,
se astillan sus bordes
y flotan las cubetas.
En la franja del cielo con el agua,
en un mar cualquiera,
asoma un mástil ligero
sin rastro de ninguna bandera,
y con un gruñido hueco
el mar lo devora hambriento,
de sus balanceos melodía
silba triste el viento
y así finaliza su travesía,
todos al fin han muerto.




