
Me acomodo tras la espesura de mis pensamientos.
Una maraña de sensaciones se pasea ante mí, arrastrando mi mirada, embaucándola, sin dejar que se aleje para alojarse en los mundos oníricos.
Es algo hipnotizador.
Irremisiblemente marcho tras esa masa informe e invisible, pero presente, cuyo peso pudiera parecer un lastre, y sin embargo es ligera.
Misteriosamente liviana.
Me espera una barca de apariencia romántica en la orilla de mi alma, y ésta, propensa a desalojarme, se posa feliz en la popa, dispuesta a navegar por el río de mi vida.
Siento poéticamente que me introduzco en ese interior tan mío, tan particular, tan volátil…
Y me apodero del sueño.
Quizá es el sueño el que ha tomado el timón de mis desvelos, capitaneando el velero de mi mente, hasta llevarlo a la isla de mi corazón.
Allí, se instalará, llevándome consigo.
Una catarata de agua cristalina decora el paisaje rodeado de una neblina aparecida de la misma nada. Así de repente, su agua transparente refresca mi cuerpo, que sumido en la extrañeza ;la recibe refrescante y pura.
La quietud sobrecoge mi espíritu ensoñador. Ni un solo sonido entorpece mi concentración absoluta en la admiración del lugar en que me hallo.
Una luna impoluta aparece para mí. Es nacarada hasta doler en las pupilas. Parece estar llena de líquido lácteo, dispuesta a ser saboreada.
No entiendo nada de lo que ocurre.
Las sensaciones son mis acompañantes en estos momentos difusos e incomprensibles. Ellas, son el resultado de lo que mis pensamientos van dejando tras de sí.
Son muchos los que pasan por mi lado en este río privado de mi vivir, y ellos me dejan sentir lo que fueron, son y serán, puesto que ya hay pensamientos preparados para flotar sobre estas aguas inamovibles.
A lo lejos creo ver una luz anaranjada. Sin duda alcanzarla será la culminación de esta vivencia insólita que me acontece.
Arribamos mi barca y yo hasta esa luminosidad, que emerge desde ningún sitio y lo abarca todo con su grandiosidad insultantemente hermosa y cálida.
Mis manos no dudan en prodigarle una caricia temeraria, pues esa bola gigante deprende un calor intenso a medida que me acerco físicamente a ella.
Una explosión cegadora me rodea. Una fusión sucede en la isla corazonadora en la que habito.
El sol y yo, nos hemos hecho uno.
Ahora despierto al amanecer de mi lecho, sabiendo...
Que jamás marché de el…
Marinel.




