Dehazte de las cosas
que a esta vida te atan,
que los cielos
que allá arriba te esperan
saciarán tus ganas
de todas las cosas vanas.
Despídete de la envidia
el egoísmo y el elogio,
la fama, el dinero y el gozo,
que allá arriba te sobran
los tesoros, los diamantes
los zafiros y el oro.
¿Cuánto vale la belleza,
que en esta vida terrenal
posees con tal presteza
si llegado el tiempo del invierno
las flores se marchitan,
los árboles se deshojan,
el vidente se vuelve ciego,
el oyente, sordo;
si todo lo caduco
se presenta ante tu puerta
si el corredor, ahora es cojo
y todo lo duro se vuelve flojo?
De qué te valen
ya en el sepulcro,
que más tarde nadie visitará,
que nadie limpiará
y las flores del recuerdo
en olvido se convertirán.
Que tan solo te custodiarán
los troncos de un viejo árbol,
y la hierba artificial.
¿A dónde fueron
todos los recuerdos,
todos los pensamientos cuerdos,
a dónde el primer rey de reyes,
a dónde el hijo de Dios,
a dónde todas las almas pobres?
pues ya esta vida dejaron,
vida de mentiras, suciedad,
lejos de la sabiduría espiritual,
cerca de los vicios,
las guerras, el silencio
y la soledad.
Alma mía vuela alto
que ya tuviste lugar
en este espacio
que la muerte no te atemorice,
se fuerte, enfréntate a ella
pues saldrás victoriosa
de gloria y vida eterna
allá en el mundo de los sueños
allá donde el tiempo no te afectará
y la vida no será un misterio.
Alma mía sincera
con los amigos sinceros,
fuerte con los males de amores,
débil con los indefensos,
astuta con los traicioneros
y honrada como los caballeros.
Que jamás serás dejada
caer en el olvido
de este pueblo vivo
y así serás recompensada,
con las tres vidas que al cielo imploré,
vida inmortal, espiritual y célebre.






