Caminando entre las sombras del oscuro cementerio,
flanqueado mi camino por cipreses, tan siniestros,
que alzaban su figura como tétricos espectros
sobre el Reino de la Muerte con triste majestad,
yo sentí un frío extraño morderme hasta los huesos
y la angustia indescriptible de tan honda soledad,
que mi mente trastornada no dio cauce al pensamiento,
y en el silencio infinito de tanto sonidos inciertos,
el eco de un lamento detuvo mi caminar.
¿Qué desconsolada garganta
desde el abismo del sueño eterno
profirió aquel gemido,
que mi fantasía, exorbitada, delirante,
transformó cuando lo oía en quejido sepulcral?.
Mas, no fue un alma en pena
que maldita por los siglos errante vagase
arrastrando la condena de un pecado fatal.
No, fui yo mismo,
yo exhalé tan lastimero suspiro,
yo que de un mundo desconocido quise trasponer el umbral
y hallar la respuesta a un secreto prohibido,
yo profanando la quietud del último descanso,
navegante en las aguas estancadas del lúgubre remanso
donde flotan tantos cuerpos sin recuerdos,
tantos recuerdos, sin su envoltura carnal.
Yo que de la muerte
pretendí desentrañar el misterio,
y en la paz imperturbable del silente cementerio
buscar mi fe perdida...
Yo me quejé, ante su máscara brutal.
Pobre iluso,
si antes de traspasar las altas verjas puntiagudas
que desafiantes rodeaban la postrera morada
dudé por un instante, ¿qué hay después de muerto?,
con letras de molde en mil lápidas grabada,
allí, ante mí, como en un libro abierto
leí la verdad,
tras la muerte... no hay Nada.
Y en este Anfiteatro
donde a encontrarse vienen tras el último estertor,
tantos sueños e ilusiones,
tantas debilidades y miserias,
tanta alegría, tanto dolor,
reposan en húmedos agujeros los cuerpos olvidados
de aquello que jamás volverán.
Y el tiempo, asesino del recuerdo,
borrará las huellas del duelo,
apagará el eco del sollozo y la oración,
marchitará todas las flores...
Aquí nada sobrevive,
tan solo un acre ambiente de ruina y desolación.
No perdona la muerte,
el más allá, pura ilusión.
Así, sabiendo que llegaría el día
en que a este cementerio, - o a cualquier otro -,
¿qué más da?.
ensalzada mi figura por amigos y por deudos,
- ¿quién no es bueno cuando ha muerto? -,
a ser archivado en un hueco volvería,
me fui, más no había en mí pesadumbre ni tristeza,
pues comprendí que no hay mayor riqueza
que el amor y la ternura,
que nada material perdura
qué es tan corta la vida y tan fácil perderla.
Julio Ortega Fraile
Escritores anónimos para nosotros mismos, para los que nunca van a saber si lo son, pero escriben ya que las letras son "obreras contra la angustia, amigas de nuestra prisión y el consuelo en los bosques de la desesperación..."(Letras)
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lunes, 20 de julio de 2009
Y tras la muerte...
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