El árbol se secaba segundo a segundo, nada podía evitar que, hoja a hoja, comenzara el inicio de su fin. Ni el salto de los alegres niños sobre la superficie ni la supuesta luz mágica de aquellos focos que se consiguió en un antiguo bazar. Ni la aproximación de la seguidilla de religiosas que caminaba junto a el cada mañana en dirección al mercado. A veces pensaba que lo más útil sería convertirlo en mueble, pero a los minutos se retractaba, aquél árbol era como un chaleco de lana hecho por su madre, como el gusto azucarado de sus dulces o como los últimos paseos a pie que vivieron juntas. Mientras tomaba el té de las tardes, se fijaba detalladamente en las marcas de su armadura hasta que acuciosas miradas le recordaban que no podía demostrar tanto interés. Era cuando miraba al cielo en búsqueda de alguna nube que le distrajera, mientras una vieja perra, que más parecía loba, le lamía cada dedo de la mano, la que lejos de reflejar carne y hueso era como una rígida máquina de cal, lejana a un aparato gesticulador. De pronto se acordó de su hijo, el mismo que subía una y otra vez aquel árbol. Aparecía en su cama, con una pasta de menta caliente sobre la sien, ¡como no!, era la mejor cura para calmar la angustia. Extrañada, no lograba recordar que había ocurrido con el pequeño rufián, quizás se había hecho rey en tierras lejanas, un rey con mucho poder, con un fin ambicioso, como Luis el Grande, más conocido como el Rey Sol, no tan amigo del pueblo, con una cruz como guía. Casi terminado el té, que ya parecía sopa de alguna alga desconocida, sacó el dado de uno de sus bolsillos y lo lanzó por última vez. Miró al cielo, y tras el sonido del choque entre el tren y el riel, pronunció: estalactita… Se posicionó desde el mirador, al interior de su casa, sintiendo cada latido de su corazón. Un hombre pasó frente a ella como un rayo, tomó el peluche de felpa de su olvidado niño y lo tragó hasta el último resto de algodón. La sed provocada por dicho acto de gula, la llevó a tomar un líquido de extraña procedencia. Al salir nuevamente, sintió en cada extremidad un fuerte calor, parecido a una insolación, producto de un sol que quería parecer infierno. Chocó contra el árbol y un tanto confundida notó que su cuerpo se consumía gradual pero incesantemente. Descubrió un clavo en un rastrero bolsillo. Lo rozo entre sus piernas hasta provocar un último coito, invocó a Dios sin sentir el temor que siempre acompañaba dicha acción, subió el árbol. Espero unos minutos hasta que volvieran las devotas y se lanzó sobre una mujer que parecía ser la cabecilla del grupo. Al contacto inmediato desapareció de la faz de la tierra por motivo desconocido. Entre las religiosas se miraron, y entre risas dijeron “ha pasado un ángel”, mientras el árbol continuaba alfombrando el suelo con quebradizas hojas.
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