Eran tiempos agridulces, en que el deseo disfrazado mantenia la calma, y aquel fuego no era más que una pirotecnia cobarde de sentimientos rotos que iba perdiendo su fulgor a cada entrega.
De pronto todo pareció distinto: la cama, las sábanas, el silencio, la luz de la luna ésta vez sin máscaras. Podía respirar la soledad, el murmullo dulce de las golondrinas jugueteando, el oleaje marino azotando la memoria, el aire fresco, LAS ALAS ERGUIDAS.




