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domingo, 15 de marzo de 2009

Nuestro nido

Hoy regresé al apartamento a buscar unas cosas que pensé que necesitaba. Al entrar tuve la extraña sensación de que estabas al sentir el olor a limón de tu colonia, pero entonces recordé que dejaste de usarla. Ese fue el primer indicio de que la distancia entre nosotros era insalvable. Hasta entonces me había aferrado a los recuerdos flotando en el aire del espacio que un día fue nuestro nido.

Al mudarnos a él, me entregaste la llave, y me dijiste: “aquí estaremos siempre juntos”. Y recogí esa frase y la eché en la pequeña maleta que llevaba, porque a pesar de todo no quiero olvidar que un día nos quisimos. En el sofá encontré el “siéntate a mi lado”, de las noches en que nos sentábamos a ver televisión, prodigándonos en caricias que siempre terminaban en la cama. También la eché en la maleta, porque dejarla hubiera sido condenarla a una infinita soledad.

En el pasillo encontré un “te quiero”, y no sabiendo si era tuyo o mío me decidí a llevarlo. Entré a la cocina, por costumbre, porque cuando llegaba del trabajo era allí donde usualmente te encontraba, descorchando una botella de tu vino favorito. Tu saludo “¿qué cenamos hoy?”, acompañado de un guiño, me salió al paso. Y por qué no, me dije, si es un lindo recuerdo de los momentos que pasamos juntos, y recogí la frase y también me llevé el guiño, para que no quedara solo.

Entré al baño, y escuché nuestras risas, mientras olía el gel de fresas con que me encantaba frotar tu cuerpo. El espejo estaba opaco con el vapor del agua caliente. Envuelta en la cortina del baño, encontré una frase tuya, una que repetías cuando frotabas mi espalda, “me encanta lo suave de tu piel”, y la desenredé y también la eché en la maleta para recordar siempre esos momentos de extrema intimidad.

Con trepidación entré a la alcoba, y sobre la cama encontré nuestros suspiros y gemidos, confundidos con frases entrecortadas y ardientes y recogí las mías, porque no quiero dejar nada que me pertenezca. Por un momento me pareció que me mirabas desde el retrato sobre la mesa de noche en que estás tú con ella. Y entonces me di cuenta que, acurrucada en una esquina, dolorida, estaba mi respuesta la noche en que dijiste que la amabas. “No es necesario que me expliques, te comprendo. Sólo quiero que sepas que te amo y que te seguiré queriendo en la distancia, porque a tu lado fui feliz. Como feliz quiero que seas tú siempre.” La tomé en las manos con cuidado para que no tuviera miedo y supiera que, a pesar de todo, estaríamos bien. Una vez la eché en la maleta, miré a mi alrededor y vi que no quedaba nada mío y no es necesario que regrese. Por eso, al salir, te dejé tan solo una palabra; aquella que me faltó el valor para decirte la noche que me fui: Adiós.

 
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