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jueves, 12 de febrero de 2009

La primera impresión es la que cuenta

Al bajar por la escalera del avión, percibió el olor del combustible quemado. Fue a la zona de arribos, buscó su equipaje y se dirigió a la salida. Una vez afuera respiró nuevamente, esta vez como abrazando una gran pelota. Se quedó pasmado a un paso de una puerta eléctrica que, indecisa, se abría y se cerraba. Un hombre gordo y pequeño pasó golpeándolo con una maleta. Olfateó su ropa mientras se apartaba de la puerta, el olor era tenue pero estaba ahí: el algodón del casimir, el desodorante. Definitivamente no había perdido el olfato, o al menos no del todo. Pudo ver, justo delante de su nariz, el gigantesco volcán en cuyas faldas descansaba la ciudad, pero no pudo oler nada. Sacó un pañuelo de su bolsillo y se sonó la nariz para deshacerse de cualquier duda. Buscó con la mirada. A pocos paso de allí había un kiosco. Compró un cigarrillo. Le dió una pitada... expulsó el humo perplejo, lo hizo de nuevo y con más fuerza, mas no logró sentir el humo en sus pulmones. Algo parecido sucedía con el aire, un sentimiento de angustia y frío lo invadió desde la cabeza hasta los pies.

Su primer deseo fue regresar por donde había venido. Si en ese mismo momento tomaba un vuelo de regreso nadie lo notaría y no tendría que dar explicaciones. Tal vez por eso no le contó a nadie a donde iba. La vida en la ciudad había vuelto desconfiado. Tomó un taxi. Desde la perspectiva del asiento, la ciudad se repetía: cemento, asfalto, plástico, metal, árboles y personas. Empezó a recordar, a modo de inventario, todo lo que había dejado atrás, en orden de importancia. Entonces entendió el error.

—Disculpe señor.
—¿Sí?
—De vuelta por favor.

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