Feb/009. La historia del Pajuelazo.
No sé si ustedes han experimentado un diluvio mental.
Yo si, pasan algunos días bastante áridos y no se me ocurre mayor cosa.
De pronto, en una mañana que suele tener como encabezado algún sueño que remueve los recuerdos de todos los tamaños e inquietudes, que son verdaderos paseos oníricos del intelecto subconsciente que se niega a morir en silencio.
Huellas como de sombras amarradas, una pasión reprimida, un amor atormentado, una pena encadenada a un ritmo confuso, fintando de lado y luego avanzando.
A veces, una palabra cayendo en el centro del subconsciente, hace que el plop, origine ondas que barren con esa amorfa percepción con la que nos conducimos.
El piadoso olvido me ha despojado de muchísimas impedimentos inútiles.
Todo es describir esos paseos de la memoria y sentir un desmayo existencial.
¿He dicho que el olvido el olvido es clemente?
¿Y si fuera siniestro?
¿Y si existen experiencias, sentimientos, sensaciones, emociones, que fueron hondas y destacadas?
Y que sin embargo el olvido ya barrio de un solo golpe.
No tengo respuestas para esto, solo que entiendo que nadie le encargo a mi memoria que se quedara con lo mejor.
Hay cosas tan superficiales que el recuerdo se obstina en atesorar, que eso mismo me mueve a pensar que es muy probable que ciertos hechos ya se hayan ido a la basura sin que la memoria haya hecho el menor esfuerzo por salvarles.
Mis sueños, sus sombras, se han vuelto inalcanzables.
Cada ser humano tiene su Freddy Kruger.
Hoy no divagare, prefiero darle curso a algunas de inquietudes de esta semana que prolonga la grisura que el frío y la lluvia me han traído.
La primera es “El Pajuelazo”, así se llamaba una cantina que, en mi infancia, estaba en funcionamiento.
Y no es que yo acostumbrara visitarla, la conocí porque estaba frente a la alberca del Deportivo Cordobés, y cerca de la Cruz Roja.
Perímetro del barrio que marco la historia de mi vida, con amistades que aun la muerte no logra borrar y enemistades que siguen a través de la siguiente generación.
Punto de reunión de la bola de vagos desarrapados, como decía mi expresiva madre, pues en aquella alberca, se encontraban hámster acuáticos, ajolotes y champiñones que después florecían en las axilas, ingles y pies.
Existían otras albercas, como la “Del Corazón”, con sus 500 escalones, que en realidad, exagerada la raza, solo eran 486.
Lugar de ambiente totalmente familiar, y en Fortín, la “Abastecedora”, espacio”chic”, con agua filtrada, ambiente selectivo, y por ultimo, la alberca con gardenias del Hotel Ruiz Galindo, lugar que alguna vez visite, solo que mi predilecto era la alberca de mi barrio.
Por asociación de recuerdos, llegaron con estas albercas, esa cantina que conocí nada más por fuera. Repaso el nombre del tugurio con nitidez, porque cada vez que mis pasos sin rumbo por el barrio me colocaban frente al “Pajuelazo”, llegaban a mi mente las historias que contaba el papá de Manuel, el Mameyo, amigo que desaparecieron en los años de la guerra sucia en México.
El señor, era taxista, y contaba unas historias fantásticas que mucho divertían.
Se sentaba entre su hijo el Mameyo, el Gallo Vargas, otra victima con el tiempo del gobierno y sus sucias políticas, y yo.
Nos dijo una ocasión………. ¿Quieren saber por que “El Pajuelazo” se llama así?
Ahí tiene que hace algunos años, las calles empedradas llegaban hasta por aquí, lo demás eran caminos de terrecería, que llevaban a las fincas, de donde salían cargando en mulas, los racimos de plátanos, los bultos de café, costales de naranja, lecheros a caballo con los cantaros.
Un revolucionario de esos que andaban en la bola, con Agustín García, gatillero pacificador de la zona, a la orden de General Candido Aguilar, y que la patria olvido al triunfar los Generales, se dio cuenta de la abundancia de comercio que había en el camino, y de las buenas monedas que siempre loas arrieros traían.
Y el revolucionario, pensó que seria bueno poner un negocio de bebidas, infusiones como tejo, nanche, manzana, yerbas de marzo, yerba maistra, mientras se tomaban un descansito
Llegaban los arrieros, entraban, se echaban una copa, pagaban y seguían su camino.
Con el paso del tiempo, los arrieros, comenzaron a quedarse estancados aquí, y ustedes no pueden imaginar las escenas que se vieron.
Muchos caballos iban sin rienda de regreso, con el jinete dormido, meneándose como si hubieran recibido un pajuelazo entre ceja, oreja y media madre.
Esto no lo cuenten, porque nadie lo va a creer, solo que es la verdadera historia del Pajuelazo.
Sin quererlo yo, se aparecieron los recuerdos, y amigos de cuando dejaba la infancia y nacía a mi rebeldía de adolescente.
Mientras lo he ido narrando, sentí que me alejaba de este mundo de crisis financiera y horrores delictivos.
Mis compañeros de infancia me extendieron su mano y yo, espero haber sido lo suficiente mente despierta, como para recibirles en mis sueños.
Fue una hermosa época.
Andrea Guadalupe.
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jueves, 19 de febrero de 2009
La historia del Pajuelazo.
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