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miércoles, 18 de febrero de 2009

La canción que escribió mientras vendía su guitarra (1era. corrección)

Todas las tardes lo veía, triste, solo, viejo y sucio, no pretendo sonar despectiva, solo que así lo llegué a percibir al pasar.

Desde que entré a ese trabajo creo haberlo visto, era parte de paisaje urbano de aquellas calles que, hoy, muchos años después me siguen provocando un extraño escalofrío, miedo, risa, llanto, ya no se. Lo veía sentado a la puerta, invariablemente en el mismo incomodo banco de madera, y al verlo empezó por darme curiosidad, aunque los últimos días, solo tristeza.

La segunda cosa que llamó mi atención, después de su atuendo de vagabundo a pesar de estar vestido con ropas que a simple vista delataban su buena clase, solo que sucias, fue un llamativo letrero en una cartulina verde fluorescente con un enorme signo de pesos, y a los pies del mismo una muy hermosa guitarra, me gusta creer que era de Paracho, la cual definitivamente desentonaba con aquel andrajoso señor.

Por esos tiempos yo siempre andaba deprisa, casi trotando para alcanzar el transporte que me llevaba directo a casa, a comer rápidamente y de nuevo empezar la carrera de vuelta a mi trabajo, así que en ocasiones a penas si lo miraba de reojo. Pero al paso de los días unas extrañas ganas de develar los misterios que aquel hombre para mí escondía obligaron a mis pasos a bajar el ritmo y a la velocidad que me permitía la prudencia, pasaba a su lado mirándolo. Desde que mi mirada lo encontraba en el horizonte, hasta el momento en que se perdía a mis espaldas, segundos después de que pasaba a su lado. Pero su mirada siempre estaba fija en el piso, así que por mucho tiempo creí pasar desapercibida. Y por mucho tiempo, su rostro no pude ver, oculto tras su sombrero.

Un día fue diferente, algo de mi torpeza hizo que cayera sin razón aparente de mis manos mi cartera abierta regando en la banqueta todas las monedas que en ella cabían y forzándome a detenerme justo frente a él. Fue como encontré el pretexto perfecto para detenerme muy cerca, esperando que el aire me susurrara sus secretos mientras me inclinaba a recoger el montón de botones metálicos. Irremediablemente lo volteé a ver, y por supuesto que había captado su atención después de tan aparatoso incidente, entonces vi sus ojos… infinitamente azules como el cielo de una clara noche, también azules como los Blues, llenos de melancolía. Me detuve hipnotizada: no estaba tan sucio, no era tan feo, no era tan viejo, solo estaba triste, solo estaba solo… Apenas atiné a preguntarle por la guitarra, sobre el preció y procedencia, y quien sabe con que más tonterías pretendí llenar el incomodo silencio, sonrió sereno y me contestó con grave voz, como salida de una caja antigua que durante siglos no había visto la luz: "Niña, hagamos un trato, yo te doy una canción de esta guitarra si por una tarde me regalas la atención de tus inquietos ojos, ven y siéntate a mi lado, escúchala cantar"… no pude menos que obedecer. Nos sentamos refugiándonos en la sombra de la marquesina, detrás de la puerta sacó por fin una cómoda silla y el permaneció en su eterno banco, tomó la guitarra con cuerpo de mujer, y me empezó a cantar. Su voz era infinita, luminosa y brotaba de su pecho como el llamado de un caracol. Cantó de sus tristezas, de amores y dolores, redujo a palabras y notas las lunas y colores; me contó en cada rasgueo los sueños que veía reflejados en mi mirada; me cantó de cómo a su alma inspiraba tanta ternura, tristeza, cómo imaginaba que la vida mía, como la suya, era ingrata… E inconteniblemente, empecé a llorar. Fue un llanto que brotó irreprimible desde mis entrañas, constante y silencioso, que como arroyo fluía igual que nuestras penas, tan ajenas, tan diferentes, como agua de río, como agua de mar, que a fin de cuentas son lo mismo por ser hermanas. Me dí cuenta de que sus tristezas eran oscuras, como las mías, aunque yo era poco más que una niña y el poco menos que un venerable abuelito; en realidad no supe su edad, ni su nombre, y mucho menos el de sus enemigos… Solo supe que su voz sonaba, como mi alma sonaría si cantar pudiera. E inesperadamente, como mi llanto, se evaporó el dolor. Esa tarde no fui a comer a casa ni volví al trabajo. Antes de continuar mi camino, ya sin lágrimas para llorar ni notas para cantar, solo hubo entre nosotros un fuerte apretón de manos y un profundo “gracias” en la mirada. No hubo promesas, ni más palabras, ni despedidas.

Dejé ese empleo y me mudé muy lejos. Fue por casualidad que un par de años después volví por aquellos rumbos y pasé por su calle. Me detuve en seco cuando la reconocí y no lo vi en la puerta como antaño, además había un moño negro sobre la puerta. Me bajé del auto y toqué desesperadamente la puerta. Salió un joven no mayor que yo y cuando pregunté por él, concluyó que el hombre maravilloso del que hablaba debía ser su tío loco que antes ahí vivía. Me dijo que de él casi nada sabía, solo que murió de viejo, por causas naturales. A él, uno de sus tantos parientes, le había heredado todo con una única condición: cuando muriera, cosa que había sucedido no muchos días antes de mi visita, debían incinerarlo junto con su guitarra y unas hojas de papel. Cuando le pregunte por el nombre del difunto me dijo que se llamaba Amado, lo que me resultó sumamente paradójico, pero cuando inquirí por su apellido, le pareció sospechoso y no me lo quiso dar. Me disculpé por el atrevimiento y agradecí la información, desconcertada y sin más que decir, me di la vuelta. Había caminado solo unos cuantos pasos, cuando el joven me dijo: “Hey! niña, el viejo me contó de ti, dijo que alguna vez volverías, y también pidió que te dijera que las hojas que fueron incineradas junto con él, tenían escrita la canción que te escribió mientras vendía su guitarra”.

NOTA: LECTORES, POR FAVOR, DESTROCENLA SI ES NECESARIO... PERO SOLICITO CRITICAS Y SUGERENCIAS ... GRACIAS!!

 
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