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jueves, 18 de diciembre de 2008

Los asusentes.

El relato les peude resultar familiar, incoherente o estúpido; en cualquier caso las tres impresiones son correctas. Es la historia de cualquier amigo mío. Espero alguién lo lea y me diga que piensa o a penas me insulte, porque son estos los dos únicos cuentos que pude terminar, y jamás los mostré. Slds.



Los ausentes.


Abatido por el color ceniza de sus ojos volvió a su casa algo estresado, algo aletargado, dispuesto a concluir solo con esa borrachera y esa furia de vómito violento. La noche le había resultado incómoda e imprevista, casi descontextualizada, tísica, así como infectada de repente. Ya antes de llegar supo que no entendía nada, que lo mejor hubiese sido una excusa sutil, sin demasiado brillo, inadvertida. Pero no, la invitación fue tan extraña que lo persuadió y lo convenció de que quizás podría ser una jornada destacada. De todos modos ya estaba allá, se apresuro a fumar y tocó el timbre.

Cuando entró y tal como lo esperaba fue victima de ese silencio atroz que acompaña el final de las burlas más crueles. Dejó pasar el momento de displicencia social camuflado en un individuo que acaba de llegar y no decide sacarse la campera, y luego cuando al fin lo decide la duda encuentra su lugar en dónde depositarla. Su costado más físico haciéndose presente para el resto de la noche: o una silla ¿a su lado? ¿Quizás una posición inadvertida? Marginada, eso es. Eterno por cinco minutos. Se concentra ahora en sus ojos que han desaparecido durante el episodio del vestuario. No están. Se sintió solo y ausente; anónimo entre tantas almas irrelevantes. La luz pálida y blanca inhibiría la más celestial clarividencia, su verdad tan simple no pudo más que acobardarse. Tuvo tiempo de volver a pensar y volvió a extrañarla.

Volvió, distinta y reconocible. Vestía flores sobre un verde oscuro y fuerte, pantalones negros y calzados blancos. Inquieta y observada intentó y logró la confusión y luego el anonimato. Para entonces las voces corrían a admirable velocidad, aprovechó y se acostumbro a las miradas. Las voces concluyeron que su belleza era certera a pesar de sus propias dudas.

Quizás él no estaba tan convencido de aquella belleza, al menos no ahora, invadido por un rechazo omnipotente, absoluto y universal. El salón se fue completando con figuras cada vez más ajenas y hostiles. Ya para ese entonces se sentía insultado, irritado; abocado a la bebida para luego volverse más inadvertido comentando sobre música, adulando y repartiendo carcajadas dibujadas, esas que luego hacen doler la cara. Insoportable sensación.

Ella se sentó algo distante, en un vértice del salón, pregunto por él cuando salio a fumar, luego intento cruzar las miradas, pero lo noto tan incómodo que eligió dejarlo en paz.

...Supo entonces que esos ojos que fue a buscar, intermitentes esa noche, no esperaban nada de él. La duda bajo la alquimia social de esas cuatro paredes se despejo y transformó en una humillante certeza inquisidora. Tomó entonces la decisión de irse, de caminar un rato por la ciudad y luego volver a su casa a concluir la noche, darle un digno final, más no sea en soledad pero ebrio y volado, desconectado de la repulsión hacía sí mismo, preparado para dormir hasta tarde y que todo sea un recuerdo o un sueño de esa misma noche, la intención de despertarse confundido y sin nada para hacer.

Cerca de la una se despertó con dolores en todo el cuerpo y sin ninguna convicción, como todos los mediodías. Escupió dos flemas oscuras de tabaco. Seguía invadido por esa repulsión hacia sí mismo, durmió entonces hasta más tarde. Confundidó despertó sientiendose misojeno y bruto, casí cavernícola. Sin dolres aparentes, físicamente bien, estable. La ducha fue en silencio y con la mente en blanco, se detuvo en el olor del shampoo y divago por un momento. Ahora sí mientras devoraba los restos de carne de ayer trató de recordar que fue entre las cuatro de la mañana y la hora en que se acostó. Pensó en si volvió a salir de su casa, estaba casi seguro de haberse quedado solo, tomando, fumando y seguro con algo de música; si, escuchó el último disco de Radiohead, lo recordó.

Termino de comer, intentó fumar y se mareó. Revisó el celular, chequeo posibles e inconcientes mensajes o llamados a algún amigo, o peor aún: a ella. Nada ocirrió. Pasó el resto del día tirado mirando televisión y jamás pudo recordar todo lo que le pasó esa noche a partir de las cuatro.

 
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