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Otra vez me vuelve a suceder. Siento que pronto estaré dentro de la zona oscura que no deja de perturbarme; que Aparece y Desaparece. Que cuando no esta no deja de ser luz, pero cuando Aparece me despedaza, mil destellos multiplicados en progresiones geométricas que dan la oscuridad que me aturde, que me aturde tanto que complica mi existencia. Y que suceda eso no es poco para mí, pero lo que más me inquieta es no saber de donde provienen ni hacía donde van esos angustiosos sentires . No dejo de preguntarme si estoy ante un trastorno esquizoide y paranoico, si es cuestión de medicina, o una cuestión de soledad de un hombre que ya está viejo.
Otra vez me vuelve a suceder. Siento que pronto estaré dentro de la zona oscura que no deja de perturbarme; que Aparece y Desaparece. Que cuando no esta no deja de ser luz, pero cuando Aparece me despedaza, mil destellos multiplicados en progresiones geométricas que dan la oscuridad que me aturde, que me aturde tanto que complica mi existencia. Y que suceda eso no es poco para mí, pero lo que más me inquieta es no saber de donde provienen ni hacía donde van esos angustiosos sentires . No dejo de preguntarme si estoy ante un trastorno esquizoide y paranoico, si es cuestión de medicina, o una cuestión de soledad de un hombre que ya está viejo.
El escenario de esta zona oscura reincide y se traslada desde la más insipiente significación de lo real hasta mis sueños. Anoche, por ejemplo, una pequeña quemadura en uno de mis dedos (producto de un cigarrillo urgentemente fumado) me arruinó el sueño, pues soñé mutilados cada uno de mis dedos en su primera falange, los cosía, pero el dolor insoportable no cesaba. Desperté una docena de veces para seguir soñando lo mismo. El mismo ardor delirante entre uno y otro destello de desvelo. Ya abatido me levante y preparé café. Ese aroma que me calma, y la primera taza de café que es mi excusa perfecta para fumar y fumar de madrugada. Repasé el sueño y trate de comprender porqué mi razón cede en los sueños ante el inconciente, porqué mi más mortal arma contra mis tormentos me abandona cuando duermo. Comprendí que es la misma soledad que encuentro el resto del día lo que me perturba y que al fin solo sus piernas desnudas me calman como a un niño. Quizás no pueda superar su ausencia, pero si reemplazar sus piernas. Con esa conclusión falaz decidí volver a la cama.
Hoy desperté sintiéndome incompleto. Los dedos aún me arden pero no hay a simple vista restos físicos del tormento. Decidí entonces que apuntar en mi libreta de mano los aspectos reales de mi sueño no significaría mayor esfuerzo. Dudé por un momento de mi redacción. ¿Rescataría aspectos más objetivos narrando en tercera persona lo sucedido?. Ya sin testigos y habiendo hecho manifiesta la soledad de un hombre que ya está viejo concluí que la traspolación subjetiva de los personajes restaría veracidad al relato. Y hasta aquí lo recuerdo todo con desmesurada claridad y conciencia. Lo sospechoso del relato comenzó cuando decidí salir de casa, comprar flores e ir al cementerio.
La incertidumbre azoró al cruzar el umbral de casa. ¿Cuándo fue la última vez que salí? ¿Estaba en flor el ciruelo?, cuestionamientos que quedaron inconclusos por mi urgencia y no en menor medida por temor a no encontrar respuesta. Ojeé a la americana mi libreta de mano pero solo vi dibujados pájaros, o bien una lista de compras en tinta roja. Nada que pueda ubicarme temporalmente. Silbando o balbuceando un tango caminé por la calle Casdañeda en dirección al canal, recuerdo que alguien me saludo o detuvo el 509. Subiendo el canal a no más de 5 cuadras estaba el cementerio municipal. Recuerdo que lo primero que olvidé fue comprar las flores. Entrando por la puerta principal a pocos metros y detrás de un ostentoso nicho oligarca es donde debería descansar su alma, y a su lado la pequeña parcela que espera por mí. Pero ni la puerta del cementerio estaba donde debería estar, ni era municipal sino privado y aromatizado con flores de estación. Recorrí sin éxito los mortecinos senderos de “La Posada del Eterno Descanso”, consulté una por una las lápidas del ala oeste hasta que mi actitud se torno exageradamente sospechosa, decidí entonces regresar a casa o dar un paseo por la ciudad para tratar de ordenar mi perturbado cerebro.
Al salir del cementerio creo que un aire de inseguridad invadió mi cuerpo, o una extraña sensación de olvido, quizás las flores, quizás mi orientación. Desconociendo el paisaje caminé evidentemente en sentido contrario al dispuesto. Palpando mis bolsillos me lamenté de no haber traído conmigo los cigarrillos, encendí uno y caminé tratando de no pensar en ella hasta llegar a casa. Increíblemente antes de terminar el cigarrillo me reconozco en la esquina de casa, otra vez el 509, asiento cordialmente con mi cabeza y una sutil sonrisa. Al abrir la puerta mis emociones se desparraman con el aroma del café, y ella de espaldas con un increíble vestido de flores amarillas, se da vuelta con una agilidad que me asombra, tan joven y tan hermosa, me sonríe y me besa dulcemente en la boca.




