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miércoles, 27 de julio de 2011

"Los peces de St. Vincent" (un relato de 1.930 palabras)


Matthew era hijo del predicador más influyente de los últimos treinta años, de la Iglesia Presbiteriana de St. Vincent, en Glasgow. No en vano George, su padre, se consideraba sino el mejor, al menos uno de los presbiterianos evangélicos calvinistas más rectos de la antigua Iglesia Reformada de Escocia. Demasiado honor para un hijo único, que apenas crecía bajo la sombra paterna.

George extendió los brazos desde el púlpito de su iglesia, a pesar de que celebraba una misa vespertina y ordinaria. Lucía una casulla verde bordada con hilo de oro y, sobre los hombros, una estola del mismo color. Para George… todos los días eran domingo.

—No te preocupes, Matthew —anunció Dios, con una sonrisa que jamás ser humano hubiera contemplado—. Yo haré de ti un gran pescador…

Normalmente, y a pesar de que el presbítero era un gran orador, capaz de mantener la atención con unos ojos que amenazaban rayos si intuía la formación de un bostezo, Matthew se perdía en pensamientos más mundanos durante la homilía. En esta ocasión, George, sorprendió a su hijo inclinado en el respaldo del banco anterior, con la boca abierta y las pupilas contraídas… ¡Loado sea Dios, al fin había llegado a su corazón!

—…¡Sí¡—Se arrancó en un arrebato de pasión—. Lo primero que tenemos que saber es… hasta qué punto el orgullo nos ciega y nos hace odiosos a los ojos de Dios… y de los hombres. Segundo; debemos conocer de cuántas maneras atentamos contra la humildad. Y por último, no olvidar actitudes y pensamientos para corregir tan desagradable defecto.

—Un pescador de almas… —insistía Dios, ignorando la palabrería de su ministro—. Por cierto, ¿sabes manejar una caña?

—¿Qué?

Fue una respuesta automática, y dicha a media voz. Para ser una revelación divina no podía ser cierto lo que había escuchado.

—Digo —gritó George desde lo alto del púlpito— que no debemos olvidar que la práctica hace la perfección…

—¡Ja, ja, ja! —rió Dios, y nadie, aparentemente, parecía percibir la reverberación de su carcajada en la iglesia—. Ríete, hombre, ¿no ves que es una broma?

—Sí, claro…

—¿Acaso alguien —tronó el presbítero mirando a su hijo— puede argumentarnos lo contrario?

—Je… je… —rió Matthew, casi con desgana. Más que una risa parecía una burla.

—Habéis perdido el sentido del humor... —dijo Dios, tras lo cual chasqueó la lengua—. Habrá que hacer algo… ¡Ya sé! A ver, mueve la cintura como si tuvieras un “hula hop”.

—¿Así está bien, Señor?

Lo que el pastor y la congregación apreciaron fue a un joven tímido con las manos en la nuca, agitando indecorosamente las caderas.

—¡No! ¡No está bien! —rugió George enrojecido por la vergüenza.

Dios desapareció, provocando que Matthew cuestionara el significado de su presunta omnipresencia; excitando con su marcha un sentimiento de soledad existencial hasta entonces desconocida.

En la intimidad del despacho parroquial, el joven no tuvo dificultad en justificar su conducta al sacerdote. No sabía mentir, y además su credo recogía la creencia de que Dios había escogido a unos pocos mortales, de manera gratuita y generosa, porque estaban predestinados a ser hijos de Dios, incluso antes de la creación del mundo. Matthew no podía ser más que uno de ellos… El problema es que George no le daba el mismo crédito.

—¿Qué dios es ese que te hace bailar como una cabaretera para su deleite?

—Padre, nos estaba dando una lección de humildad… Nos está enseñando a reír de nosotros mismos.

—Jamás he sentido tanto bochorno como el que me has hecho pasar… Si Margaret se hubiera levantado de la tumba, de buena gana habría vuelto a ella…

No solía hablar de su madre, pero cuando lo hacía era para condicionar la respuesta de su hijo. Juego sucio, incluso para un ministro de Dios.

—…Ya hablaremos con más calma en casa. Prefiero ir solo, tengo mucho en lo que pensar.

Matthew prefirió caminar, respirar un poco de ese aire frío que baja de las tierras altas del norte, que tomar un autobús y llegar a un hogar vacío quince minutos después. Andando tenía al menos una hora para encontrar un poco de sentido a lo que había sucedido.

—¿Por qué Dios, por qué no iluminaste a mi padre en mi lugar? Yo nunca he sentido su fe, ni soy capaz de trabajar como él lo hace… ¿Qué puedo aportar yo, que soy el más insignificante de entre los mediocres?

Como señal, una farola perdió la luz cuando llegó a su encuentro. Una segunda, y hasta una tercera, quedaron ciegas a su paso. Matthew, con el pulso acelerado, ralentizó el paso.

Las dos primeras farolas volvieron a brillar cuando se había distanciado lo suficiente de ellas. Sabía que el azar dejaría de tener sentido, en el caso de que se apagara una cuarta… ¡Sabría que algo le acechaba! Pero quién, ¿Dios o el diablo? Matthew tragó saliva.

“Dios no suele responder entre sustos… Quizás soy el peón olvidado de la eterna batalla entre el bien y el mal, y si antes se me apareció Dios… tal vez se me aparezca ahora Satán. ¡A lo mejor soy más importante de lo que parece”.

La cuarta farola levantaba sus brazos en una intersección con otra calle un poco más comercial, con más transeúntes. De alguna manera, intuyó que de la masa emanaba el poder de disipar los temores irracionales de un individuo. Pero acaso, cuando estaba en la iglesia, ¿los feligreses impidieron la intervención divina, con su sola presencia?

A su derecha se abría un solar adoquinado, una plazoleta cerrada al tráfico rodado en cuyo epicentro se alzaba una pequeña fuente ornamental. Sus farolas anaranjaban los forjados de los balcones y unos peces que boqueaban en la superficie de la fuente.

Era una parada obligada, una acción casi mecánica, como la de santiguarse ante la simple contemplación de una cruz. Tal vez no podía ignorar la fuente porque había olvidado que cuando era pequeño su madre solía llevarle a esa placita, para que viera nadar a los peces de colores.

Hoy no se acercaría a las carpas doradas. Tenía que llegar a la cuarta farola. Su luz o su oscuridad representaban de una manera familiar una realidad que lo asustaba. “Las mentes sencillas necesitan de buenos referentes para comprender la realidad, de lo contrario, puede suceder que cuando se les indique una estrella se pregunten por el dedo que señala”, se decía Matthew.

Eran pensamientos que emergían en momentos de zozobra, palabras repetidas por un padre severo, o por el presbítero más influyente de la iglesia de St. Vincent, o por un padre presbítero severo e influyente; palabras marcadas a fuego para iluminar el camino correcto. Porque Matthew no tenía opción a equivocarse.

Matthew llegó al cruce, y casi con alivio la farola confirmó la respuesta a sus sospechas, pero no de la manera esperada. La luz parpadeó unos instantes antes de extinguirse…

—¿Esto es todo lo que sabes decir? —gritó Matthew mirando hacia el cielo—. ¿Farolas que se apagan?

Algún transeúnte cercano volvió la cabeza hacia el joven que regañaba al alumbrado público.

—¡Farolas que se apagan! ¡Farolas que se apagan! ¡Farolas que se apagan! —cantó un coro de negros vestidos con túnicas de raso naranja fosforito, cerca, muy cerca del joven. Destacaba una joven obesa, de rostro alegre, por su increíble voz.

—¡Ahh! —no pudo reprimir un estremecimiento que lo encogió hacia el suelo.

—¿Estás bien, hijo? — se interesó una amable ancianita. El coro detuvo el baile y las palmadas, permaneciendo en un expectante silencio—. Sería mejor protestar en el ayuntamiento, aunque tampoco es muy seguro de que te vayan a escuchar…

—Sí, gracias… Estoy bien… creo…

—¡Creo! ¡Creo! ¡Creo! ¡Creo! —gritaron los negros en una sola voz, agitando las palmas hacia el cielo.

Matthew petrificó el asombro en la cara.

—¿Pero es que no los ves? —gritó Matthew señalando al coro que se retorcía entre aleluyas.

—Los porros se fuman tu cerebro en cada calada, ¿sabes?… —rompió repentinamente la ancianita, y continuó su camino. Nunca había entendido bien a los jóvenes.

Cuando George llegó a casa, encontró a su hijo inquieto, sentado en la puerta de casa. “Buen chico, algo atontado… pero buen chico”. Parecía mostrar arrepentimiento, justo el bálsamo que su viejo corazón endurecido necesitaba. De haberlo encontrado fumando, con una cerveza en la mano mirando el televisor… le hubiera excomulgado, expulsado de su casa y de la parroquia.

—O sea, que ahora Dios se comunica a través de un coro Góspel… —resumió el presbítero, sentado en el rígido sofá capitoné de su salón.

Trataba de no ser cínico, pero las circunstancias no ayudaban demasiado… ¡La palabra de Dios a través de un coro Góspel! A él precisamente, que pertenecía a la estirpe más antigua del calvinismo anglicano, aceptar de buen grado una revelación incongruente de un puñado de patanes americanos se le hacía, cuando menos, inoportuno.

George se lamentó en silencio, no dejaba de preguntarse en qué había fallado.

—Comunicarse… lo que se dice comunicarse… más bien no —corrigió el joven—. Dios parece querer que reflexione sobre determinadas palabras.

—Ese coro… ¿está ahora aquí, con nosotros?

Matthew miró a su izquierda, después a su padre, de nuevo a su izquierda… Empezó a sudar.

Veinte o treinta negros, hombres y mujeres de todas las edades, apretaban sus túnicas naranjas unas contra otras en el estrecho espacio del salón. No perdían detalle de la conversación, mirando alternativamente a uno y a otro… esperando la palabra que los hiciera saltar y palmotear con alegría.

—Sí… sí.

—¿Y qué dice ahora?

—Nada…

—¿Nada? Dios te ilumina en mi iglesia diciendo que te hará pescador de hombres… ¿y ahora se calla?

—¡Ahh! —se estremeció de nuevo Matthew.

—¿Qué, qué pasa? ¿Es Dios o el coro góspel?

—No, es mi pierna, que se me ha dormido…

George golpeó con un periódico el sofá, levantándose y dando por concluida la reunión.

—Espera papá… —retuvo suavemente con una mano—. Dice la señorita, la más… —infló los mofletes con timidez— que vayamos a la fuente de los peces. Esa que está cerca de St. Vincent. Que allí encontraremos la respuesta a todas las preguntas.

George concedió la última oportunidad, a pesar de que era tarde y que era poco amigo de las improvisaciones. Necesitaba creer en el milagro, más que por desmentir el hecho estadístico de que las apariciones y revelaciones divinas estaban claramente anticuadas, en desuso para la sociedad actual; era por la necesidad paternal de creer que su hijo estaba sano, que no era un desequilibrado más.

Subieron a un autobús que los dejaba enfrente de la fuente de los peces, sabiendo que dependiendo de lo que tardaran en encontrar las susodichas respuestas, tal vez tuvieran que regresar a pie… Un precio muy pequeño con respecto a lo que ganaban.

—Bueno —dijo George—, ya hemos llegado. Veamos esos peces de colores.

—Carpas, son carpas doradas.

Se sentaron en el borde de la fuente, escudriñando la superficie oscura del agua, tratando de sorprender los misterios del universo en las evoluciones erráticas de aquellos peces, que parecían pequeños fantasmas cuando se acercaban a la frontera de su mundo. Dos de ellos, los más grandes, permanecían estáticos frente a las personas que los observaban.

—¿Por qué nos observan tan fijamente?

—No lo sé, tal vez quieran saber algo de nosotros.

—Tal vez nos echen un poquito de pan…

—No te quepa duda, he tenido una revelación…

—¿Qué viste?

— Al ser más hermoso que pueda existir… ¡Le salía luz de entre las escamas!

—¿De verdad? ¡Cuenta, cuenta!



Fin (los caminos del señor son inescrutables… je, je, je)





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